RuLeuin volvió a mirar a ZeSpiole de soslayo.
—No —dijo YetAmidous—. Creo que no es el caso, y no se gana nada hablando así. Dame más vino —dijo a Herae.
ZeSpiole le sonrió.
—Debo decir, Yet —dijo—, que tu talento para la sospecha casi iguala al de DeWar.
—¡DeWar! —resopló YetAmidous—. Otro en el que nunca he confiado.
—¡Oh, esto está empezando a rozar lo ridículo! —dijo RuLeuin. Apuró su copa, se sumergió bajo el agua y, después de salir, sacudió la cabeza e hinchó los carrillos.
—¿Qué puede estar planeando nuestro amigo DeWar en tu opinión, Yet? —preguntó ZeSpiole con una sonrisa—. Es imposible que desee la muerte de nuestro Protector, porque lo ha salvado de una muerte cierta en varias ocasiones, la última de ellas cuando nosotros dos estuvimos más cerca de enviarlo a los brazos de la Providencia de lo que ha estado nunca ningún asesino. A ti mismo te faltó un palmo para clavarle un virote en toda la cabeza.
—Apuntaba a ese orte —dijo YetAmidous con el ceño fruncido—. Y también me faltó muy poco para darle. —Volvió a estirar el brazo de la copa en dirección a Yalde.
—Estoy seguro de ello —dijo ZeSpiole—. Mi propio disparo pasó más lejos de su objetivo. Pero no nos has dicho qué sospechas albergas con respecto a DeWar.
—No confío en él, nada más —dijo YetAmidous con una voz que evidenciaba un auténtico malhumor.
—Pues a mí me preocuparía más que él no confiara en ti, Yet, viejo amigo —dijo ZeSpiole mirándolo a los ojos.
—¿Qué? —balbuceó YetAmidous.
—Bueno, podría tener la sensación de que habías intentado matar al Protector aquel día, durante la cacería, junto al arroyo —dijo ZeSpiole con voz queda y preocupada—. Podría estar vigilándote, ¿sabes? Si yo fuera tú, pensaría en ello. Es un sabueso astuto y tortuoso. Se acerca a sus presas silenciosamente y tiene unos colmillos tan afilados como navajas. No me gustaría ser el objeto de sus sospechas, te lo aseguro. Vaya, pasaría todo el tiempo temiendo no despertar al día siguiente.
—¿Cómo? —rugió YetAmidous. Arrojó a un lado la copa, que cayó sobre las aguas lechosas. Se incorporó, temblando de furia.
ZeSpiole miró a RuLeuin, que lucía una expresión de ansiedad. El comandante de la Guardia echó la cabeza atrás y rompió a reír.
—¡Oh, Yet! ¡Qué fácil es engañarte! Estoy burlándome de ti, hombre. Podrías haber matado a UrLeyn un centenar de veces. Conozco a DeWar. No cree que seas un asesino, ¡so burro! Toma. Cómete una fruta. —Recogió un níspero y lo lanzó sobre las aguas al otro hombre, quien la cogió y, tras un momento de confusión, se echó a reír también y se zambulló de nuevo con estruendosas carcajadas.
—¡Ja! ¡Pues claro! Ah, juegas conmigo como si fuera un tonto, ZeSpiole. ¡Yalde! —dijo—. Esta agua está helada. Dile a los criados que traigan más agua caliente. ¡Y ve a buscar más vino! ¿Dónde está mi copa? ¿Qué has hecho con ella?
La copa, hundida en el baño delante de él, había dejado una mancha de vino en las lechosas aguas que parecía un reguero de sangre.
19
La doctora
El verano pasó. En nuestro país era una estación relativamente suave, pero sobre todo en las colinas de Yvenir, donde las brisas eran agradablemente frescas o tolerablemente cálidas. Durante buena parte del tiempo, Seigen se unió a Xamis más allá del horizonte durante las noches, primero con cierto retardo, mientras nosotros completábamos la primera parte de la Gran Rondalla, luego casi a la par con su hermana mayor, durante aquellas lunas extrañas y llenas de sucesos trascurridas en Yvenir, y al fin por delante de ella, en lapsos de tiempo cada vez más grandes, durante el resto de nuestra estancia, que, felizmente, concluyó sin más incidentes significativos.
Cuando llegó el momento de empaquetar lo que había que empaquetar y guardar lo que era necesario guardar, la salida de Seigen precedía a la del mayor de los soles en una campanada larga, más o menos, lo que proporcionaba a las colinas un prolongado amanecer, repleto de sombras marcadas y alargadas, en el que el día parecía solo iniciado a medias, algunos pájaros cantaban y otros no, y los minúsculos puntos de luz que eran las estrellas fugaces podían verse de vez en cuando en el cielo violeta si las lunas estaban ausentes o a poca altura.
El regreso a Haspide se llevó a cabo con la pompa y el ceremonial acostumbrados. Hubo menos banquetes, ceremonias, investiduras, desfiles triunfales por puertas recién inauguradas, procesiones dignificadas por arcos recientemente construidos, largos discursos por parte de pomposos funcionarios, elaboradas ceremonias de entrega de regalos, actos formales de concesión de premios, condecoraciones, títulos, tanto antiguos como modernos y toda clase de asuntos, todos ellos agotadores pero también, según me aseguró la doctora (para mi sorpresa, hasta cierto punto), necesarios en el sentido de que ese tipo de rituales comunitarios, junto al uso de los símbolos compartidos, contribuían a cimentar nuestra sociedad. Si acaso, me dijo una vez, a Drezen le hacía falta un poco más de eso.
En el camino de regreso a Haspide, en medio de todo este ceremonial —en su mayor parte, sigo insistiendo, puro ornato vacío—, el rey estableció concejos municipales en numerosas ciudades, instituyó nuevos gremios profesionales y concedió a varios condados y pueblos el estatus privilegiado de burgo. En todas estas medidas no contó con la aprobación entusiasta de los duques y nobles de las provincias implicadas, pero él parecía más decidido a endulzar la medicina para aquellos que podían verse perjudicados por esta redistribución de las responsabilidades y a controlarlos de lo que se había mostrado en el camino de ida, y no menos decidido, con su natural jovialidad, a salirse con la suya, no solo porque era el rey, sino porque sabía que estaba haciendo lo que debía y antes de que pasara mucho tiempo la gente se daría cuenta de ello.
—¡Pero no hay ninguna necesidad de esto, señor!
—Ah, pero la habrá.
—Sire, ¿cómo podemos estar seguros de ello?
—Podemos estarlo como lo estamos de que los soles volverán a salir después de haberse puesto, Ulresile.
—En efecto, señor. Pero sin embargo, esperamos a que los soles hayan salido para levantarnos. Lo que vos proponéis equivale a preparar el día en mitad de la noche.
—Algunas cosas han de prepararse con más antelación que otras —dijo el rey al joven duque con mirada de jovial resignación.
El joven duque Ulresile había optado por acompañar a la corte a Haspide. A lo largo del verano, había desarrollado considerablemente sus capacidades de conversación y opinión, comparadas con las que mostrara cuando lo conocimos en el Jardín Oculto de la parte trasera del palacio de Yvenir. Puede que solo fuera el resultado de un proceso de maduración especialmente acelerado, pero yo creo más bien que esta nueva expresividad se debía en gran parte al hecho de haber vivido en el mismo sitio que la corte real durante una estación entera.
Estábamos acampados en la llanura Toforbiana, situada aproximadamente a medio camino de Yvenir y Haspide. Ormin, Ulresile, y el nuevo duque Walen, junto con el chambelán Wiester y una pléyade de criados, se encontraban en compañía del rey en la parte exterior del pabellón real, donde la doctora estaba vendándole las manos a su majestad. Las altas astas de bandera se combaban bajo la brisa, cálida y cargada con el olor de las cosechas, y las sombras de los estandartes reales que ondeaban en todas las esquinas de aquel espacio hexagonal se movían sinuosamente sobre las alfombras que se habían tendido sobre la tierra cuidadosamente alisada.