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– Ya basta, Oli -la había interrumpido ella a punto de perder la paciencia-, ni siquiera yo, que soy tu hermana, me creo este cúmulo de frivolidades y provocaciones en el que has convertido tu vida. ¿Además, qué quieres decir con eso de verles las caras? ¿Y qué carámbanos ganas con escenas absurdas como la de anoche o como la de hace un rato?

– ¿Aún usas esa exclamación del paleolítico inferior?, ¿carámbanos? Qué deliciosamente absurda eres, mi sol.

– Déjate de tonterías y contesta a lo que te he preguntado.

A continuación Olivia aspiró profundamente y, como quien intenta hacer acopio de paciencia, continuó diciendo:

– Veamos, querida, a ver si esta vez captas la idea. Nadie va por ahí diciendo lo que verdaderamente piensa o siente. ¿No es así? La hipocresía, o lo que es exactamente lo mismo, la buena educación, es un gran invento que sirve, sobre todo, para evitarnos el molesto espectáculo de los pensamientos ajenos. Hasta ahí estamos de acuerdo, ¿verdad? Sin embargo, cuando se rompen las reglas, cuando alguien, como hice yo anoche, dice a las claras lo que posiblemente nadie se atreve siquiera a confesarse a sí mismo, las formas saltan por los aires. Y existe además otro momento aún más interesante en el que no hay disimulo que valga: al producirse una muerte, ya sea real o fingida como la mía de hace un rato. Por eso lo que viste en la cara de todos esos lobos hambrientos minutos atrás no es más que el ensayo general de lo que sucederá dentro de muy poco si los acontecimientos se producen según mis planes.

– ¿Y qué demonios va a suceder? Nada, en absoluto. Ninguna de las cosas que dices tiene pies ni cabeza, a mi modo de ver.

– Precisamente ahí está el problema. En tu forma de ver, en tu forma de pensar, mejor dicho; tú nunca piensas fuera de la caja, tesoro.

– ¿De qué caja? Explícame por favor qué nueva y superferolítica teoría tuya es ésa -retrucó Ágata, más sarcástica que curiosa.

– No es ninguna teoría mía, aunque yo siempre la he practicado. Pensar fuera de la caja significa no razonar como todo el mundo, salirse del dos y dos son cuatro. En otras palabras, es relacionar cosas dispares, sumar peras con manzanas para solucionar lo que aparentemente no tiene solución.

– Vaya estupidez -respondió Ágata, ya muy irritada, y acto seguido se dedicó a descartar con un vaivén hastiado de la mano derecha todo lo que acababa de oír.

Es más, lo archivó en cierto apartado mental suyo muy antiguo, muy misceláneo y molesto que, de tener un rótulo, rezaría algo así como «Cosas de Olivia» o «Disparates de mi hermana». ¿Para qué seguir escuchando tonterías? Eran casi las once y con toda seguridad ya estaría servido en cubierta (y, con un poco de suerte con la presencia en la mesa de Vlad Romescu, como anoche) un gran desayuno. Uno de esos que se disfrutan en sitios pijos y caros y en los que abundan excentricidades como rollmops, arepas, quién sabe si incluso blinis con caviar o huevos rancheros. «A Olivia siempre le ha gustado -ironizó Ágata- mezclar "cuisines". ¿Podré tomarme otro Nongrass 321?», se preguntó, mientras cerraba la puerta del camarote de su hermana para subir a cubierta. Al hacerlo le pareció oír, al otro lado de la hoja, una risa ahogada y a la vez amarga, pero una vez más archivó el dato en el apartado «Cosas de Oli» mientras ponderaba si tomarse un Nongrass o ensayar, en cambio, algún otro nuevo milagro adelgazante. Probar, por ejemplo, una cápsula homeopática, carísima, que le había recomendado su vecina de rellano y que, según había leído en el prospecto que la acompañaba, tenía efectos controladamente laxantes.

«Uno de estos días voy a tener que dejar de hacer experimentos con las dietas-milagro -se dijo (por supuesto sin la menor intención de cumplir su propósito)-. Mañana, juro que mañana seré buena -añadió antes de concluir-: Y ahora, ¡a desayunar!, estoy muerta de hambre. Me pregunto qué pasará con los invitados a la hora de sentarse a la mesa después de todas las bromitas de Olivia.»

En este punto, Ágata detiene sus recuerdos. ¿Iba a contarle todo lo anterior al cabo Padilla y a su jefe, el teniente Gálvez, cuando la interrogaran? Sí, por qué no, de este modo podrían conocer la personalidad de Olivia. En las películas, al menos, la policía siempre intenta averiguar este tipo de detalles. «Lo que no pienso mencionar de ninguna manera -se dijo Ágata a continuación- son mis problemas con los adelgazantes. A nadie le importan. Pero bueno, ¿por dónde iba? Ah sí, me dirigía a cubierta a desayunar.»

– Esperen y van a ver -recuerda Ágata que estaba diciendo doña Cristina Sosa cuando emergió del interior del barco-. Yo no estoy educada en el Sacrè Cur (así lo pronunció ella) ni en ningún colegio platudo como ustedes, de modo que no tengo naditita así de pelos en la lengua. Tampoco tengo edad de aguantar cojudeces de niñas ricas y aburridas. De modo que, o esa mujer nos pide a todos disculpas por el susto que nos ha dado esta mañana así como por sus palabras de anoche, o a mí que me llevan a puerto ahoritita nomás.

– Vamos, mami, no eran más que bromas sin importancia -eso le dijo Sonia San Cristóbal, quien con unos shorts blancos y una camisa celeste descuidadamente abierta resplandecía como un sol.

Pero a juzgar por la cara de al menos tres de los presentes (Miranda de Winter, Kardam Kovatchev y hasta el doctor Fuguet), Ágata no tuvo más remedio que deducir que el resto estaba más de acuerdo con madame Serpent que con su adorable hija.

Cary Faithful, por su parte, continuaba con su habitual política de hacer como si nada de lo que ocurriera a bordo le afectase en lo más mínimo. A ello contribuía el hecho de que, una vez más, sus ojos se encontraban ocultos tras sus Ray-Ban, que hoy parecían, si cabe, aún más inescrutables. Y, para completar la impresión de «esto no va conmigo», su atención estaba acaparada por una BlackBerry (¿querría eso decir que por fin había cobertura?) en la que se entretenía en escribir larguísimos textos a los que acompañaba con pequeñas exclamaciones, a veces de fastidio (oh shit) y otras de infantil impaciencia (oh, come on, for Christ, sake, fucking, shit).

– Por fin aparece su señoría -empezó diciendo doña Cristina en cuanto vio a Olivia hacer su entrada en cubierta pocos minutos más tarde-. Venga para acá que le voy a decir un par de cositas. Olivia respondió distraídamente «Sí, claro, ahora voy», pero lo cierto es que continuó su camino deteniéndose tan sólo ante el doctor Fuguet, al que dedicó una de esas maravillosas sonrisas que su hermana tan bien conocía de antaño. «Qué guapa está -recuerda Ágata haber pensado en ese momento sin prestar ya más atención a las protestas de madame Serpent, que se fueron diluyendo poco a poco-. Es curioso, pero Oli tiene ahora un aspecto completamente distinto del ajado y tenso que presentaba anoche o incluso hace un rato en su camarote. Casi parece una niña -pensó, aunque inmediatamente tuvo que rectificar esta impresión porque, una vez que la sonrisa dedicada al doctor se apagó, la cara de su hermana volvió a tener su aspecto desmejorado de antes. Ágata miró entonces a Fuguet. ¿Habría él visto lo mismo que ella? Por la expresión desconcertada de su rostro estaba segura de que sí-. El pobre está loco por Oli» -se dijo antes de preguntarse a qué podía deberse la sonrisa de su hermana. Tal vez tan sólo a la cortesía, no había que buscar más explicaciones.

Ágata detiene aquí sus recuerdos por segunda vez: «¿Le interesarán estas lucubraciones mías al cabo Padilla? -se preguntaba-. Por Dios, qué difícil es decidir qué debe uno contar a la policía y qué no.»

Sea como fuere, lo que sí tiene claro Ágata en ese momento es que los dos recuerdos que vienen a continuación no piensa contárselos a la policía ni a nadie. Y no lo hará «porque lo que más podría interesar a alguien que investiga un accidente -se dice- son, supongo yo, las conversaciones que hubo entre los invitados pero éstas yo no las recuerdo en absoluto.» («Cómo es posible, señora, tiene usted aspecto de ser una persona muy observadora», tal vez le diga Padilla que, a su vez, parece perspicaz), «pero es la pura verdad, no recuerdo ni una palabra -enfatiza Ágata antes de repetirse que lo que «recuerda en cambio no piensa contárselo a nadie, así la aspen-. Porque vamos a ver -se dice-. ¿Cómo cuenta uno las dos situaciones que vienen a continuación y que son una buena y otra muy mala sin provocar más de una carcajada?»