De las dos, la primera tiene por protagonista a Vlad Romescu y unos deliciosos huevos rancheros con chile poblano, la segunda… La segunda es mejor ir por partes, porque Ágata, a pesar de los, sin duda, mucho más trágicos acontecimientos del día, aún tiembla al recordarla.
Todo comenzó con ella tomando asiento en la única silla que quedaba libre en ese momento en la mesa, una que estaba entre Cary Faithful (que por fin había dejado su BlackBerry y se dedicaba a mirar con más intensidad de lo que la buena educación aconseja los bíceps de Kardam Kovatchev) y el siempre silencioso doctor Fuguet. Se trataba de un desayuno-buffet, por lo que era necesario que cada uno de los presentes se acercara a una segunda mesa que había instalada al fondo, junto a la barandilla de popa. Y allí, en posición de revista podía verse todo un repertorio de delicias: frutas tropicales, huevos preparados de tres formas y cocciones distintas, también beicon, salmón, caviar, fiambres de diversas clases, y hasta unos arenques a la crema que hicieron relamerse a Ágata. Todo estaba al alcance de los comensales salvo las bebidas e infusiones que, según pudo ver ella, eran servidas por marineros que iban y venían entre los invitados ofreciendo dos termos, uno con agua para el té, el otro con humeante café. «Yo acababa de regresar con un plato que daba gusto verlo -recuerda ahora Ágata, y al hacerlo casi puede revivir el delicioso entrevero de aromas de todas aquellas exquisiteces-. Tres miniblinis con caviar compartían espacio escénico con una gran cucharada de arenques a la crema y luego, dorados, crujientes y rodeados de frijoles negros por todos lados como una isla, reinaban en mi plato dos soberbios huevos rancheros con mucho chile.
Mientras daba cuenta de los arenques a la crema y a la espera de que llegara el café, hice dos cosas: primero, tomarme la mágica píldora homeopática que me había recomendado mi vecina, y después me entretuve en observar la llegada de Vlad Romescu, que acababa de hacer su entrada en cubierta. «Mirar es gratis, me dije, al tiempo que recordaba que, de ser verdad lo que Olivia había apuntado la noche anterior (y por qué no iba serlo), este guapísimo Vlad del que yo no lograba apartar la vista ni un segundo y que tenía un aire tan masculino, habría sido un buen hoplita en los ejércitos de Esparta, digamos. Tonta, más que tonta, me dije, ya verás lo que ocurre cuando pase por delante de Cary, que también es de la misma cofradía y sus cuerpos se rocen. Qué mundo éste en el que es más difícil encontrar un tío heterosexual que un rinoceronte albino, añadí con un suspiro y, a la espera de tener la confirmación de mi teoría, recuerdo que enterré un gran trozo de pan en la anaranjada yema de uno de mis huevos rancheros como quien intenta cegar un ojo demasiado iluso. Llegó entonces el momento en que Vlad se disponía a acercarse a Cary, y yo venga mirar. Pero por más atención que puse, lo cierto es que no logré detectar nada, ninguna reacción delatora en él. Qué raro, continué cavilando muy asombrada mientras aquella perfección de hombre se acercaba a mí.»
Aquí Ágata hace otra pausa en sus pensamientos. Y es que lo que viene a continuación lo quiere paladear despacio, muy poco a poco, como un manjar. No culinario pero igualmente exquisito, porque lo cierto es que después de acercarse a darle los buenos días, fue él quien la rozó a ella y, no una, sino dos veces. Sí, sí, no había duda posible. Vlad había dejado que su brazo se deslizara sobre el hombro de Ágata demorando el contacto y lo retuvo ahí mientras le hablaba de algo que Ágata ni siquiera recuerda porque estaba atenta a otro tipo de lenguajes que poco tienen que ver con las cuerdas vocales, la verdad.
«Vamos, querida -se reconvino entonces mientras engullía una cantidad considerable de arenques a la crema revueltos con la yema de dos huevos-, más vale que pares ahora mismo de hacerte la novelita rosa. No sólo tú no le gustas (cosa bastante comprensible) sino que te recuerdo una vez más, por si no te has enterado, que el tío es g-a-y» -deletreó como si intentase tatuar esas tres letras en su iluso y, según ella, bastante patético corazón.
Entonces es cuando Ágata cree que comenzó a fraguarse su desastre. No la muerte de su hermana, eso vendría unas cuantas horas más tarde, sino otra calamidad. Una anterior y no tan terrible pero que sin duda jugaría un papel decisivo en su percepción de todo lo ocurrido aquel día. Quizá la culpa fuera de aquel roce imprevisto que le regaló Vlad Romescu. O tal vez del café, que estaba muy cargado. Quizá se debiera a que había engullido casi sin masticar dos huevos rancheros con arenques a la crema. Aunque lo más probable es que se debiera a todo eso unido a aquella píldora homeopática de efectos, oh, Dios mío, laxantes. Pero lo cierto es que en cuanto Vlad se alejó un par de metros para servirse unas tostadas, Ágata sintió los primeros indicios de una suerte de turbulencia. De un tsunami que comenzaba a manifestarse no en el mar, que estaba en perfecta calma, sino en su estómago o, más concretamente, en sus intestinos. Uno siempre sabe cuándo se avecina este tipo de catástrofe. Primero fue un eructo perfumado al café y revuelto con chile poblano. Después un ruido como de cañería obturada, seguido de una especie de desplome o «plop» interior que la hizo estremecerse de arriba abajo y romper a sudar en frío. «Oh no», se dijo, y a partir de ese momento ya todos sus recuerdos son de los que no se pueden rememorar ni siquiera a solas sin enrojecer de espanto. Sucedió de modo tan repentino y a la vez fugaz que tal vez hubiera sido posible («sí, sí, ojalá, ojalá, Dios mío») que a nadie le diese tiempo de observar cómo por su pareo (de color kaki, qué gran bendición) se extendía infamante cierta mancha parda que fue creciendo, creciendo, antes de que ella acertara a levantarse y correr como alma que lleva el diablo.
Ágata ahora, sentada al borde de su cama a la espera de la llegada del cabo Padilla y su superior, el teniente Gálvez, para comenzar con la ronda de preguntas, cierra de modo instintivo sus rodillas y contrae los glúteos. No. Nada de todo esto piensa contárselo a la Guardia Civil, ni loca que estuviera. Por eso es necesario que invente alguna otra razón que explique por qué, desde la hora del desayuno hasta el momento en que se descubrió el cadáver de su hermana Olivia, hacia las cinco de la tarde, ella no había estado con los demás.
«Verá, cabo, después del desayuno me sentí levemente mareada (sí, eso dirá. Tan digno el mareo, tan socorrido, y en un barco más que comprensible)… muy levemente, pero claro, usted ya sabe lo desagradable que puede llegar a ser esa sensación. He ahí la causa de que pasara tantas horas sola en mi camarote.» «¿Entonces desde la hora del desayuno hasta las cinco, cuando se descubrió el cuerpo de su hermana, usted no vio ni oyó nada?» Seguramente Padilla y su superior preguntarán algo parecido a esto y a continuación tal vez añadan: «Y dígame, señora Uriarte, ¿nadie en todo ese tiempo se acercó a su camarote a ver cómo estaba usted? ¿Tampoco a través del ojo de buey vio o escuchó algo, una conversación, un grito, un golpe?»
Y, si los policías de la vida real se parecen en algo a los de las películas -piensa Ágata-, tras la pregunta anterior es muy posible que Padilla o quizá su jefe se asomen al ojo de buey de su camarote, con lo que comprobarán que, en efecto, desde allí sí se alcanza a ver al menos la mitad de la plataforma de madera. La misma que ella había visto esta mañana antes de su baño matutino, la misma en la que apareció por la tarde el cuerpo sin vida de su hermana Olivia.