– Siento decírtelo tan claro, Ágata, pero, como la casualidad nos ha juntado, y como yo no tengo pelos en lengua…
Desde luego no era la casualidad la que nos había juntado, en absoluto. Es más, me había costado bastante dar con el nombre del establecimiento en el que él trabajaba ahora. Según sabía, después de varias averiguaciones aquí y allá, Kardam y Sonia se habían conocido cuando él era camarero en una de esas exclusivas y carísimas casas de reposo en las que se internan los privilegiados de este mundo cuando sufren algún revés. Sin embargo, al enterarse sus jefes de que salía con una de las pacientes (una con tentativa de suicidio, además) no le habían renovado el contrato y ahora trabajaba en una cafetería cerca de Manoteras. Qué contraste tan grande entre el decorado en el que nos habíamos visto la última vez y éste, pensé, pero según me dijo, él estaba orgulloso de su empleo y, sobre todo, de mantenerse fuera del círculo social de su novia. «Este es el mundo real -añadió- el otro se vuelve calabaza todas las mañanas.»
No supe si lo de la calabaza era una metáfora tomada del cuento de Cenicienta o si obedecía a su forma de construir el idioma castellano, que era correcta pero bastante particular. En cualquier caso, no me detuve a averiguarlo. En realidad, lo que me había traído hasta allí era intentar descubrir, de la forma más sutil, de la que menos suspicacias levantara, cómo había llegado el reloj de mi hermana a la muñeca de Sonia San Cristóbal. Ya sé que cuando uno tiene sospechas de este tipo lo normal es acudir a la policía o, más novelísticamente, a un detective privado. Pero no tenía pruebas sólidas para hacer lo primero, y tampoco dinero para lo segundo, de modo que no me quedó más remedio que encarnar yo misma a la inefable señorita Marple. Un poco menos vieja que ésta y bastante menos gorda, espero (al menos en su encarnación Margaret Ruthernford), pero dispuesta a seguir en todo su conocido método. Como creo haber dicho alguna vez, no me interesa especialmente Agatha Christie, pero no hace falta ser gran experta en su obra para darse cuenta de en qué consiste el método Marple. Al crear este personaje, sin duda mi tocaya eligió dotarla de una de las armas femeninas más antiguas que se conoce y también una de las más eficaces: hacerse la tonta despistada y fluster around, como dicen los ingleses.
Por eso a mí, siguiendo su ejemplo, no me había costado mucho hacerle creer a Kardam Kovatchev que mi presencia en aquel barrio tan apartado se debía a que estaba aprovechando mis largas vacaciones como profesora de instituto para elaborar un estudio sobre el comportamiento de los jóvenes del extrarradio durante el verano, «algo muy necesario para nosotros los docentes, bla, bla, bla y ¡…Qué increíble casualidad encontrarte aquí!», le dije plantándole dos besos que le cogieron completamente por sorpresa. Desde los besos hasta el momento en que hizo aquel comentario tan poco amable sobre mi hermana que he transcrito más arriba, habían mediado un café con leche (desnatada, eso sí) y una coca-cola light. El tiempo suficiente para alterar por completo mis buenos propósitos de no tomar nada entre horas, pero también para poner en marcha mi estrategia Marple y llevar la conversación de temas generales a otros terrenos más propicios a la confidencia.
– Espero que no tomes a mal lo que te he dicho de Olivia -se disculpó él por segunda vez-. Al fin y al cabo, eres tan opuesta a ella como la noche y la mañana -explicó con su particular forma de hablar.
Por supuesto aproveché para decirle que no me molestaba en absoluto su comentario. También para añadir que mi mundo se parecía infinitamente más al suyo que al de Oli, y así, la conversación fue derivando hacia un terreno muy conveniente para mis intereses, uno que sin duda compartíamos Kardam y yo. Me refiero a aquel que transitan los que pertenecen a un ambiente pero tienen a una persona muy allegada en otro.
– … Por eso yo, las pocas veces que visitaba a Olivia, me sentía siempre incómoda -le confesé-.Jamás hubiera elegido para mí ese mundo, tan falso y a la vez tan previsible. Pero se trataba de mi hermana y no tenía más remedio que pisarlo de vez en cuando. ¿Qué pasó cuando tú entraste en el de Sonia? Por lo poco que te conozco, apuesto que hubieras preferido que ella se moviera en otros círculos ¿Cómo fueron vuestros comienzos?
La explicación que me dio duró una segunda coca light y un croissant a la plancha, chorreante de colesterol, mucho me temo. Era esa hora tonta de las once de la mañana cuando las cafeterías terminan de servir desayunos y aún no han empezado con los aperitivos, por lo que no había nadie más que yo en el local. Tampoco al jefe de Kardam se le veía en el horizonte, a Dios gracias. Y es que, por lo que dijo Kardam, deduje que se trataba de uno de esos castellanos viejos a los que no les gusta malgastar saliva, y mucho menos que la malgasten sus empleados. Una suerte en lo que a mí respecta porque, aunque sólo fuera por llevarle la contraria, Kardam se había mostrado muy locuaz. Así, comenzó contándome cómo, contra todo pronóstico, había sido Sonia quien primero se interesó en él, y luego pasó a explicarme que si se había fijado a su vez en ella no era por las razones por las que cualquier hombre se interesaría en una muchacha tan bonita. «Fue por Cósima», dijo, mencionando un nombre que todos habíamos oído en boca de Olivia la noche antes de su muerte. Esta vez me costó una cerveza 00 y un montón de panchitos conocer los detalles, pero creo que la sobredosis de calorías valió la pena. Por lo visto, Sonia le recordaba mucho a su hermana internada como ella en una institución, aunque en el caso de Cósima, de forma permanente e irremediable.
– Con dieciocho años sigue teniendo la edad mental de cuando pasó «aquello» en lo que tanto tuvo que ver la hija de puta de tu hermana -afirmó Kardam bajando la voz como siempre se hace cuando alguien desvela un gran secreto y a pesar de que no había nadie más presente-. La otra persona culpable de «eso» pagó hace tiempo por lo que hizo y, para que lo sepas todo, era mi propio padre. Yo no puedo, yo no sé olvidar ni perdonar, Ágata.
Inmediatamente me di cuenta de que mi interlocutor pertenecía a ese tipo de persona que prefiere sustituir artículos neutros o adjetivos demostrativos lo que no es capaz siquiera de nombrar. Por eso yo, al continuar con nuestra conversación, procuré evitar deliberadamente la palabra «parto» o la palabra «robo», o cualquier otra que pudiera resultarle dolorosa. Él debió agradecérmelo aun sin palabras porque fue relatando con detalle cómo había sido aquel singular alumbramiento.
– Qué historia tan terrible -dije sin poder evitar un escalofrío cuando por fin terminó de desgranar su relato-. Pero dime, tu…
– …Tú, tú deberías haber conocido a mi hermana entonces -me interrumpió-. Era un ángel de trece años, una verdadera belleza con el pelo muy negro y los ojos claros. Ni te imaginas en lo que se ha convertido.
Dejé que un silencio se interpusiera entre nosotros. Todo lo que tenía que ver con Cósima me interesaba cada vez más, por las muchas veces que aparecía relacionada, no sólo con Olivia, sino también con otro de los pasajeros del Sparkling Cyanide. Y es que una de las primeras cosas que yo había hecho a mi vuelta a Madrid fue consultar mi archivo de Corazones Solitarios y comprobar que, lo que Olivia dijo la noche antes de su muerte sobre el doctor Fuguet y aquel extraño parto, coincidía punto por punto con lo que le había escrito, apenas unos días atrás, uno de aquellos solitarios Corazones a la inefable madame Poubelle. Y a su vez, esta historia enviada por internet bajo el nick «Rapunzel», encajaba también con lo dicho por Olivia sobre Kardam Kovatchev y su hermana Cósima. ¿Era posible que se hubieran producido en nuestras vidas una sucesión de carambolas tan reiteradas e inverosímiles por las que personas en apariencia distantes y distintas coincidieran por azar a bordo del Sparkling Cyanide? Yo, la verdad, creo cada vez menos en las carambolas y más en la mano que las provoca: claramente la de mi hermana Olivia.