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Debo decir que, si las confidencias de Kardam me habían costado cafés con leche, cruasanes y otros engordantes alimentos, las de Sonia resultaron muy bajas en calorías: sólo dos batidos, uno de soja con cardamomo (no tan horrible como era de esperar dados los ingredientes) y otro de pepino con ginseng que aún no me había atrevido a probar. Pero no sólo tuve suerte en el aspecto dietético. No sé si se debió a las endorfinas, feromonas o cómo demonios se llamen esas sustancias opiáceas que por lo visto produce el ejercicio. O quizás se debiera a la camaradería que concita el deporte, o sencillamente al hecho de que Sonia es una de esas personas que no tienen demasiados filtros, pero lo cierto es que a los pocos minutos estábamos hablando de todos los temas que más me interesaban.

– … Sí, realmente fue una pena -comentó ella- que las cosas acabaran de un modo terrible cuando estábamos pasando unos días tan chulos. Un barco sensacional, unos invitados megainteresantes, y luego estaban las bromas superdivertidas de Olivia a propósito de su asesinato. Sólo ella era capaz de crear un ambiente tan superguay.

Eso dijo, y otra vez no tuve más remedio que preguntarme si hablaba en serio o me tomaba el pelo. A decir verdad, cada vez se me antojaba más difícil adivinar lo que podía esconderse dentro de aquella cabecita de belleza tan fuera de lo común. Y como era complicado, por no decir imposible, decidí recurrir por segunda vez al sistema que tan buen resultado me había dado con Kardam Kovatchev. Me refiero a ése del disparo por elevación o, lo que es lo mismo, a tirarle de la lengua -no sobre sus impresiones de lo ocurrido en el Sparkling Cyanide- sino preguntarle cuáles eran, según ella, las del resto de los pasajeros. Es un truco muy bueno, creo yo. Y es que la gente suele mentir mucho sobre sus propias apreciaciones, pero rara vez lo hace cuando reproduce las ajenas.

– ¿Que qué pensó la gente sobre la broma de Oli? -repitió Sonia mientras daba buena cuenta de su batido de pepino-. ¿Te refieres a la primera broma de decir que cada uno tenía motivos para mandarla al otro barrio o a la segunda de fingir que ya la habíamos asesinado? A mí me gustó más la primera, fue superimaginativa. Pero creo que a los demás no les pareció tan cool. ¿Te acuerdas, por ejemplo, de lo que pasó al día siguiente, después del desayuno? Eso sí que fue curioso.

Aquí le tuve que recordar a Sonia que yo había estado ausente desde la hora del desayuno hasta que se descubrió el cuerpo de Olivia a las cinco de la tarde.

– No sabes lo mal que me sentía, estaba supermareada -expliqué, copiando sin querer la especial predilección de mi interlocutora por los aumentativos-. Megamal -insistí en la misma línea-. Por eso hubo lo menos cuatro horas que los demás compartisteis con ella y de las que yo no sé nada. Cuéntame qué pasó, por ejemplo, empezando por después del desayuno. ¿Ocurrió algo interesante?

– Al principio fue bastante rollo -dijo Sonia encogiéndose deliciosamente de hombros-, y es que ya sabes cómo son las mañanas en un yate: mucho sol, mucho baño, poca conversación y cada uno a su bola leyendo o hablando por teléfono. Lo que sí recuerdo, por ejemplo, es que mami estaba furiosa con Oli a causa de sus bromas y yo tuve que insistirle más de una vez en que no tenían importancia, cosas que se dicen para hacer unas risas. También Cary era de mi opinión, sólo que él utilizó para convencerla un proverbio inglés supersabio que dice algo así como «a palabras necias, oídos sordos». Mami replicó entonces que ese refrán era español de toda la vida y se fue a su camarote dando un portazo pero no sin antes explicarnos algo así como que el relativismo y el buenísimo de nosotros los jóvenes está llegando a unos niveles de cretinez increíbles, por lo que ya nada tiene importancia y a ver adonde nos lleva eso. No volvió a subir a cubierta. Incluso pidió que le sirvieran el almuerzo en su camarote, y allí se quedó hasta la tarde, cuando mantuvo aquella larga conversación con Olivia.

– ¿Qué conversación? -pregunté extrañada porque, durante el interrogatorio policial no se mencionó ningún encuentro de Olivia con otras personas más allá de la hora del almuerzo. Sólo se dijo que varios de ellos la habían visto, brevemente, mientras hablaba por teléfono poco antes de su muerte, nada más.

– Corazón -dijo entonces Sonia, revolviendo con una pajita su batido de pepino (bastante más tolerable de lo que cabía esperar dada la hortaliza, debo decir)-. Corazón, quien más quien menos todos tuvieron su particular charlita con tu hermana esa tarde, pero, como comprenderás, no era cuestión de irle con el cuento a la pasma.

Me sorprendió notablemente que Sonia utilizara esta última palabra. Seré una desfasada y una antigua, pero tengo la impresión de que nadie llama «pasma» a la policía a menos que haya tenido una relación directa con ella. Parece lógico que un quinqui hable de la pasma, por ejemplo; también que lo haga un dìler o un camello, ¿pero una chica como Sonia? Aun así, no intenté indagar sobre la cuestión. Me pareció mejor seguir con mi táctica de hacer hablar a mi interlocutora de otros y no de ella. Además, sus próximas palabras explicaron, al menos en parte, por qué todos los invitados habían omitido dar a la policía información tan valiosa.

– Como es lógico, a la pasma había que contarle lo menos posible porque, si no, nos hubieran retenido allí vete a saber cuántos días. Y todo por un accidente muy triste, pero accidente al fin y al cabo. Eso al menos es lo que dijo mami, que siempre sabe lo que es mejor en cada caso. Y eso también debieron de pensarlos demás, porque, como ya viste, cada uno evitó mencionar sus conversaciones privadas con Oli a la policía.

– ¿Cuántos de ellos hablaron con mi hermana? -pregunté cada vez más sorprendida-. ¿En concreto a quién te refieres?

– Uf, yo qué sé, a mami, a Miranda, a Cary, a Kardam. Supongo que también a Fuguet…

– ¿Pero de qué hablaron?

Sonia nuevamente se encogió de hombros.

– Ni idea, pero lo que sí puedo decirte es que durante la hora de la siesta, cuando se suponía que no había nadie en cubierta con Oli, esa barandilla desde la que tuvo la mala suerte de caer fue como un confesionario, por allí pasaron cada uno de ellos, uno detrás de otro.

– ¿Quieres decir que todos mintieron al hacer su declaración a la policía?

– ¿Y por qué no? -dijo Sonia con el mismo tono inocente y encantador que había mantenido durante toda nuestra charla. Sin embargo, de pronto, me pareció notar un cambio muy sutil en ella, un casi imperceptible y nuevo brillo en sus ojos al decir-: Pero un momento. ¿No estarás pensando ni por asomo que la muerte de Oli no fue un accidente, verdad Ágata? Eso es lo único de lo que estamos todos seguros -añadió, y puso tal énfasis en esta última palabra que no tuve más remedio que dudar de su veracidad.