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– Tu hermana está mucho mejor muerta -dijo Cary Faithful con una de esas sonrisas torcidas que los ingleses de clase alta creen, y no sé por qué, que les hacen parecer muy sexys.

Seguramente debió de añadir algo más para completar esta sentencia, pero yo no me enteré. Me había quedado suspensa en aquellas seis palabras suyas, no sólo por lo poco caritativas que habían sido sino porque, curiosamente, eran las mismas que habían pronunciado tanto Kardam Kovatchev como Sonia San Cristóbal en mis conversaciones con ellos.

– …Aun así me alegro de verte -eso iba diciendo Cary cuando volví a sintonizar con sus palabras-. ¿Quieres un Pimm's? -añadió al tiempo que me extendía un vaso metálico lleno de un líquido amarillento en el que flotaba una gran lasca de pepino.

De mis lejanos tiempos de veraneo en el sur Inglaterra en casa de mi tía la cantinera, yo recodaba una observación interesante respecto de los ingleses y sus relaciones sociales. A pesar de que se dice que poseen, aún hoy, un sistema de castas más rígido incluso que el que impera en su antigua colonia india, existe un lugar en el que todas ellas confraternizan en alegre compañía y es, precisamente, en un jardín. O al menos eso pensé yo al observar el ambiente que me rodeaba. Nos encontrábamos en unos de esos maravillosos private gardens que existen en Londres, me refiero a esas parcelas de terreno valladas, bendecidas con grandes árboles y bellas flores que hay delante de algunas casas, con frecuencia las más caras de la ciudad. Se trata de jardines de disfrute privado a los que sólo pueden acceder los vecinos de los chalés más próximos (nunca demasiados). Seres que tienen en común tan urbano vergel y, por supuesto, el generoso bolsillo que se requiere para vivir en tan grandes como privilegiadas viviendas unifamiliares. Todas idénticas, todas blancas, como las que yo tenía ahora delante, igualitas a la casa de Mary Poppins. Aparte de estos detalles, cada uno de sus propietarios suele ser de su padre y de su madre, tanto en lo que respecta a nacionalidad como a educación u origen de su fortuna, algunas de ellas sospecho que bastante oscura. Aun así, yo no sé si será porque aquello parecía un oasis en medio del asfalto, o simplemente se debiera al indesmayable amor de los ingleses por el out doors que acaba contagiándose también a los extranjeros, pero lo cierto es que, según tuve oportunidad de observar esa mañana, todos los allí presentes compartían Arcadia con una mezcla de tolerancia e indiferencia que me pareció de lo más agradable. La consigna que flotaba en el ambiente era más o menos ésta: coincidimos junto a las petunias, nos saludamos brevemente, yo te ofrezco algo de beber o de comer de mi cesta de picnic, tú lo aceptas y me ofreces otra cosa a cambio, pero, a partir de aquí, cada uno a lo suyo, juntos pero no revueltos, que es como mejor se está.

Antes de explicar un poco más quiénes eran los integrantes de este minúsculo Edén, creo necesario detenerme unos minutos en relatar cómo logré acceder a él. Si sólo los propietarios tenían llave y la entrada estaba prohibida a extraños, a menos que fueran invitados por uno de los vecinos, la fórmula que se me ocurrió utilizar fue el viejo truco del pariente de los recién casados. Me refiero a esa argucia que muchas veces he observado que utilizan algunos para colarse en las bodas y que consiste en decirles a los parientes de la novia que son invitados del novio y viceversa.

Antes de comenzar con mi estrategia me entretuve unos minutos en observar prudentemente desde el exterior. Y lo que descubrí fue lo siguiente: tres grupos distintos de vecinos, tres cestas de picnic carísimas y tres conversaciones animadas: una en inglés (la de Cary y Miranda), otra en ruso (la de dos jóvenes parejas que parecían sacadas de las páginas de Vogue), y la tercera en árabe, a cargo de un par de mujeres veladas que debían de estar pasando un calor monstruoso en aquel húmedo julio londinense. Hecha la primera inspección ocular, el momento de pasar a la acción no tardó demasiado en presentarse cuando un muchacho del grupo de los rusos se dirigió a la cancela con la intención, según le oí decir, de subir a su casa por un frísbee. De algo me tenía que servir haber pasado dos años en las brumas soviéticas durante mi infancia. Mi ruso anda muy oxidado pero bastó no sólo para entender este asunto del frísbee, sino también para acercarme a aquel vecino con un amigable «izviniti payalsta» y luego preguntar, ya en inglés y con cara de despistada, si estaba allí adentro su vecino el señor Faithful. Le expliqué a continuación a aquel joven que había quedado con Cary en su casa pero que como nadie contestaba a mis timbrazos, imaginé que estarían en el jardín, puesto que hacía un día tan maravilloso. Dicho esto seguí perorando bla, bla, con esa morosidad llena de datos y detalles absolutamente irrelevantes que hace que un interlocutor, con tal de verse libre de plasta tan inoportuno diga basta, (jvatit!, en ruso) y luego franquee la entrada al tiempo que señala el interior del jardín. Y más concretamente al fondo, bajo un frondoso sauce, donde podía verse a Cary, ataviado con una especie de braga náutica muy poco favorecedora y sus sempiternas gafas negras, tumbado al sol. A su derecha había un joven dormido sobre una toalla que lucía un traje de baño idéntico al suyo mientras que, un par de metros a la izquierda de ambos, como una solícita nanny de niños traviesos, Miranda trasteaba con una gran cesta de picnic, organizando la comida de ambos, calculé yo.

Como el truco del pariente de los novios sirve lo mismo para un roto que para un descosido, una vez que me acerqué al grupo de Cary no me costó nada hacerles creer tanto a él como a Miranda que si me encontraba allí era porque conocía a una de las chicas rusas. ¡No sabéis qué increíble casualidad!, enfaticé señalando hacia el lugar en el que acampaban sus vecinos eslavos, todos jovencísimos, todos guapísimos, todos nuevorriquisísimos, a juzgar por la categoría del barrio. Figúrate que Irina, sí, sí, la de los shorts malva que está ahí, resulta que es hija de Liena Petrovna. ¿Te acuerdas, por supuesto, de nuestro colegio en Moscú y de Liena, la gorda que se sentaba conmigo en clase, verdad Cary? Hay que ver la de viejas y entrañables amistades que retoma uno a través de Facebook, qué gran invento. ¿A que es guapísima Irina? ¿Quieres que te la presente?, pregunté incluso en una atrevida jugada que podría haberme salido fatal si Cary llega a aceptar. Y es que no deja de ser curioso: cuando comienza uno a inventar trolas (y yo hasta ahora había sido una persona poco dada a ellas) se acaba volviendo temerario. Algo así como un tahúr, un timbero o un jugador de ruleta rusa, que viene más al caso dado el contexto. Sin embargo, y como también dicen los rusos, existe un dios de los tahúres porque, a mi imprudente pregunta Cary contestó que no, que le importaban un rábano Irina y Liena la gorda. Que lo mejor de vivir en Londres es que uno no tiene que confraternizar con los vecinos más que lo imprescindible, incluso cuando se comparte jardín, y que ya hacía un rato que les había ofrecido a los rusos un Pimm's, por lo que ahora cada uno se dedicaba a tomar el sol sin estorbarse.

– Supongo que eso no impide que le ofrezcas uno también a Ágata -intervino entonces Miranda, tan solícita como siempre. Y luego, al tiempo que se ponía de pie, añadió-: Venga Cary, aquí tienes los vasos, allí la jarra, sírveselo tú mismo. Yo vuelvo en seguida, que tengo que subir a casa por un cascanueces.

Si fuera amiga de las frases fáciles, ahora diría que aquel oportuno cascanueces me sirvió para acceder al interior de la hermética cabeza de Cary Faithful y descubrir qué secretos pensamientos escondía. Por lo general huyo de este tipo de metáforas pero creo que en esta ocasión la voy a dejar porque no se me ocurre mejor manera de explicar lo sucedido a continuación. Y es que gracias al asunto del cascanueces, desapareció Miranda camino de la casa y estuvo ausente por lo menos quince minutos. Tiempo suficiente para que Cary y yo habláramos de muchas más cosas de las que jamás habría imaginado.