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Miré el reloj. Las cuatro y media. «Carámbanos», me dije entonces, porque de pronto me di cuenta de que, a pesar de mi gran descubrimiento, la vida continuaba. Y de un modo muy agradable, además. La llamada de Pedro Fuguet a la que he hecho mención en el capítulo anterior tenía como finalidad quedar para vernos, y yo había aprovechado para invitarle a cenar a casa. Sí, yo, la de la dieta perpetua, la de la despensa yerma, a excepción de dos o tres productos de régimen y un par de frutas mustias. Y es que ahora, gracias al paso del bello Vlad por mi vida, había aprendido algunos trucos del fondo de despensa, como él lo llamaba, o de la cocina de la resurrección, que es como me gusta llamarla a mí por los milagros que obra con dos o tres cositas de nada. ¿Y Vlad? ¿He dicho ya que había vuelto a Mallorca sin éxito tras sus entrevistas de trabajo? Aun así, me llamó un par de veces más para preguntar cómo seguía su princesa. Asombrada, así estaba esta princesa que nunca ha sido otra cosa que rana, pero he aquí otro de los efectos de esta curiosa historia sobre mí. ¿También de esto te ocupas desde el más allá, Oli? De que aumente mi sex appeal, mi desbordante atractivo? Eso dije y me reí, claro, porque yo nunca he creído en el influjo de los espíritus desde el otro mundo. Además, mi intención en ese momento era de lo más terrenal. Tenía que pasar por el supermercado y comprar unas cuantas cosas para una cena que se anunciaba muy agradable. Como aún soy novata en esto de la «cocina fondo de despensa», pensaba ensayar una apuesta segura, los espaguetis a la Ágata que me había enseñado Vlad. ¿Y de bebida un clericot o tal vez un Sparkling Cyanide en honor a Oli? Bueno, eso ya tendría tiempo de decidirlo camino del súper. Lo único que tenía claro por el momento era que la señorita Marple no tendría más remedio que tomarse otras vacaciones forzosas, al menos mientras yo me dedicaba a mi segunda cena romántica.

No duraron mucho las vacaciones de Miss Marple, me temo. Apenas el tiempo que tardé en ir a la compra y volver con los ingredientes de la cena porque allí, en mi propia casa, me esperaba la última y fundamental pieza del puzle que configuraba la muerte de mi hermana Olivia. Debo decir que lo que sentí al encontrarme con ella fue, al menos al principio, sólo una alegría voyeur. Voyeur, sí, porque la piececita de la que hablo tenía forma de correo electrónico dirigido a madame Poubelle y el remitente no era otro que mi muy esquivo Rapunzel. «Consideraciones para antes de una cita romántica» era el asunto que figuraba en su encabezamiento, por lo que inmediatamente pensé que tampoco este correo añadiría nada a mis investigaciones detectivescas pero que, en cambio, prometía ser iluminador sobre nuestra cita. «Qué suerte que me escribas ahora, Pedro -me dije mientras lo abría-, esto es lo que yo llamo información privilegiada. Así sabré qué piensas de mí y cómo te planteas nuestro encuentro -añadí-, porque ¿no es esto lo que desea cualquier persona que comienza a conocer a otra que le resulta cada vez más atrayente? ¿Ser capaz de leer sus pensamientos, conocer sus más secretas intenciones? Y sin embargo, ahora empiezo a comprender por qué la Providencia, el Destino o quien quiera que se ocupe de estos menesteres, juiciosamente declinó concedernos este don.

Querida madame Poubelle -así decía el correo de Rapunzel escrito horas atrás y de forma tan atropellada que había descuidado incluso dejar los correspondientes espacios entre algunas palabras-, lescribo con cierta prisa y con la esperanza de que me conteste en cuanto reciba estaslíneas, porque sería de gran ayuda saber suopinión antes de la noche. Tengo una cita con una persona que me resulta no sólo agradable sino muy atractiva. (Qué bien, me dije al leer esta parte, igual que me ocurre a mí, esto promete). En mi último correo lepreguntaba a usted si creía posible que las cualidades positivas de una persona fallecida se transfirieran, una vez muerta ésta, a otra de su misma sangre. Juiciosamente me contestabausted que no creía en nada parecido pero -y reproduzco textualmentesuspalabras, «Carámbanos. Rapunzel. todos sabemos que el destino es un gran bromista al que siempre le han gustado las pequeña paradojas. Además, esa segunda persona de la que hablas suena de lo más interesante, ¿por qué no quedas con ella y a ver qué pasa?» Bien, madame, le he hecho caso, esta noche tenemos nuestra primera cita y sé que con ella podría llegar a ser feliz. Sin embargo, sé también que una sombra se interpondrá siempre entre nosotros y acabará un día ganándonos la partida y es ésta: yo maté a su hermana.

Yo maté a su hermana Yomatéasuhermana

Por más que lo intentaba se me hacía imposible continuar la lectura. Las letras en mi pantalla bailoteaban trenzándose y destrenzándose en un macabro e inacabable ballet. Por eso tuve que hacer un verdadero esfuerzo para volver a un texto que, a juzgar por su extensión y atropellamiento, presagiaba ser una confesión en toda regla.

…En una carta anterior me indicó usted que reparara bien en su nombre y en su muy conveniente significado. «Me llamo Poubelle, papelera en francés, caja de desperdicios», eso me dijo y es a esa particular virtud suya a la que quiero apelar. Toda alma necesita un estercolero, madame, y usted un día se ofreció para ser el mío. Por eso creo que, al final, sólo voy a pedirle que me escuche, no hace falta que me conteste, ni siquiera aspiro a que me comprenda, sé lo difícil que sería hacerlo.

Sin duda recuerda la historia que le conté de aquella persona a la que tanto amaba y que tanto me hizo sufrir. Sabe también que ella me invitó a pasar unos días a bordo de un barco muy bien llamado Sparkling Cyanide junto a otros siete invitados. ¿Cree usted que se puede matar por amor, madame? No, no me conteste aún. Si lo hace ahora, seguro que se equivoca. Cuando se habla de algo así inmediatamente piensa uno en crímenes pasionales, en violencia machista, en «la maté porque era mía.» Y nada más lejos de mi caso, señora. Yo hablo de algo muy distinto. Escuche, se lo ruego:

Aquí la confesión de Fuguet relataba con más detalle que en correos anteriores los hechos que tuvieron lugar en el Sparkling Cyanide, haciendo hincapié sobre todo en las dos bromas de Oli. La primera, al confrontarnos a todos con nuestras razones para odiarla; la segunda, al fingirse muerta, broma que, en palabras de Pedro Fuguet, «fue la más reveladora de las dos».

Leer esto último me hizo recordar de pronto ciertas palabras de mi hermana pronunciadas mientras charlábamos en su camarote antes del desayuno el mismo día de su muerte: «Cuando uno se finge muerto, acaba viendo en las caras de las personas que están a su alrededor no sólo quién le quiere y quién no, sino incluso quién está dispuesto a darle matarile.» Sí, éstas fueron sus exactas palabras y, según Pedro Fuguet, algo muy similar le había dicho Olivia poco antes de morir. Fuguet relató cómo esa conversación se había producido en los diez o quince minutos previos al accidente. Pero todo había comenzado (según su propio relato) varios minutos antes con él sentado en el salón interior del barco desde donde tuvo oportunidad de oír la conversación que Olivia sostenía con su médico. «Claro -me dije al leer estas líneas-, he aquí otra minúscula piececita que aún le faltaba a mi puzle: Oli llamó a su médico, no para comentar su diagnóstico ni buscar en él consuelo, como yo erróneamente creía hasta ahora, sino para darle a conocer a Fuguet de esta forma indirecta su enfermedad, las características de la misma y el poco tiempo de vida que le quedaba.»