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Una vez oída su conversación -continuaba relatando Pedro Fuguet en su correo electrónico- salí a cubierta con intención de confortarla, de decirle que lucharíamos juntos como otras veces, que la ayudaría en todo: «Tú y yo contra el mundo, Oli», ¿no es eso lo que solías decirme en tiempos? Verás cómo lo conseguimos, nunca se sabe con esta enfermedad, mira que…

La siguiente parte del testimonio de Fuguet era tan vivida que me permitió escenificar los últimos minutos de la vida de mi hermana como si estuviera presenciándolo todo desde una de las blancas tumbonas del Sparkling Cyanide. Vi entonces a Olivia sentada sobre la barandilla de popa, de espaldas al mar. Ya Pedro Fuguet de pie frente a ella. Olivia, aún con el teléfono en la mano, sonreía. «Ya ves, Fug -dijo encogiéndose levemente de hombros- así son las cosas. Por eso me alegro tanto de que estés conmigo. Como antes, como siempre.» Pedro redobló entonces sus palabras optimistas, sus protestas de que no podía ser cierto, que tenía que someterse a nuevas pruebas, consultar otros médicos, y ella detuvo sus argumentos con un único gesto de la mano: «Ya lo he probado todo, lo sé desde hace meses.» Y fue en ese momento cuando añadió aquellas dos palabras que yo había oído también en boca de Vlad Romescu: «Hazlo, Fug», acompañadas de una sonrisa. «Hazlo, te lo ruego», repitió mientras inclinaba su cuerpo levemente hacia él, como en una súplica, como en una plegaria. Lágrimas corrían ahora por ese rostro que un día fuera tan bello y hoy, extrañamente, volvía a serlo en todo su esplendor.

¿Se ha fijado, madame?-rezaban las últimas líneas de la confesión de Pedro Fuguet-. En los momentos más cruciales de la vida, las palabras siempre están ausentes. Lo están mientras viene uno al mundo, por supuesto, y también mientras se cumple con el postrero y más importante trámite por el que todos hemos de pasar. Incluso somos muchos los que elegimos callar mientras hacemos el amor. No me refiero ahora al físico, sino también y sobre todo al gran, el inmenso amor que me llevó ese día a inclinarme hacia ella y darle un último beso en la boca. Estoy seguro de que Oli se había preparado. No sólo por el lugar en el que estaba sentada que, ahora me doy cuenta, no era casual, sino por el aspecto que presentaba aquella tarde. Su vestido blanco, como una novia; su pelo suelto, al hacer del viento. Estaba tan guapa, y entonces fue cuando vi, una vez más, esa sonrisa de la que yo le decía siempre que poseía la virtud de derretir corazones y también conciencias. El resto ocurrió muy rápido. Soy médico, madame y quien está capacitado para preservar la vida lo está también para quitarla del modo más indoloro. Por eso puedo decirle que fue fácil. Primero tomé su cabeza entre mis manos, con todo el amor, con toda la devoción que siempre sentí por ella y fingí que deseaba besarla de nuevo. Luego un movimiento rápido, muy preciso, un crujido y ya está. Eso fue todo. A continuación empujé suavemente su cuerpo y cayó, furo que sonreía aún cuando golpeó la plataforma. Ése es mi mejor consuelo, ella siempre confió en mí…

Las lágrimas impidieron que continuara con la lectura. Me preguntaba ahora si Olivia le había contado a Fuguet lo de la póliza de seguros, su plan para favorecer a Cósima, su necesidad de que la muerte se produjera no por enfermedad sino por causa fortuita. Pedro Fuguet no hablaba de ello en las líneas que venían a continuación, pero yo me inclinaba a pensar que sí. Era el argumento perfecto, el más sólido sin duda, para que él la ayudara a cumplir su propósito.

«Dios mío -me dije entonces-. ¿Y ahora qué hago, cómo debo proceder?» Aquel correo electrónico estaba escrito horas antes pero yo no lo había leído hasta ese momento, las ocho y media de la tarde. En menos de una hora, Rapunzel, o lo que es lo mismo Pedro Fuguet, tocaría al timbre. Yo le abriría, cenaríamos, y si la velada se desarrollaba más o menos en la misma línea que mi encuentro con Vlad Romescu era probable que acabáramos en la cama, sólo que esta vez (y de verdad) yo estaría durmiendo con el asesino de mi hermana. El mismo que llevaba semanas intentando desenmascarar porque así lo había dispuesto Olivia al dejar tantas y tan evidentes pistas en mi camino. Como el libro de Roger Ackroyd, por ejemplo, en el que el asesino es un médico. O como el de Némesis que se encontraba en el camarote de doña Cristina y en el que, por un lado, una persona muerta encarga desde la tumba la investigación de un asesinato, y por otro al final resulta que el asesino mata a la víctima por lo mucho que la ama. Luego estaba también aquel almohadón de tira bordada con su leyenda explícita… sí, tantas y tan evidentes piedras de Pulgarcito dejadas por Oli, igual que en uno de nuestros lejanos juegos infantiles. Y aún había además otras piedritas menos evidentes pero igualmente útiles, como el nombre de Miranda de Winter o como el libro dejado a doña Cristina con una dedicatoria que sugería consultar con Mycroft Holmes en caso de dificultad. «¿También estos dos detalles los planeaste de antemano? -le pregunté a Olivia como si estuviera delante-. No, perdona, te considero hábil, Oli, pero no hasta ese punto. Más bien me inclino a creer que el apellido de Miranda, por ejemplo, fue el que te dio la idea de imitar la forma de morir de Rebeca, como bien señaló Miri cuando hablamos en Londres, y no al revés. En cuanto a que doña Cristina y yo nos encontrásemos por la calle para que ella me diera la idea que acabó resolviéndolo todo al modo de Mycroft Holmes, me parece más un guiño del destino que tuyo. De hecho, yo no necesitaba en absoluto la intervención del hermano listo de Sherlock, iba ya camino de ese Registro y en seguida descubriría tu bello gesto.

«Qué curioso -me dije entonces, y siempre en voz alta, como si hablara con mi hermana- resulta que, al final, va tener razón ella, doña Cristina, me refiero a eso del reloj parado. Porque tú cumples admirablemente con esa metáfora suya, Oli: has dado la hora exacta, y dos veces además. La primera es obvia, tu forma de planearlo todo para resarcir a Cósima, la segunda ya no lo es tanto y tiene que ver conmigo.» Entonces me puse a pensar en cuánto había cambiado mi vida desde la muerte de mi hermana. Por supuesto no creo en esa teoría de Pedro de que las virtudes positivas de Oli estuvieran traspasándose a mí de alguna manera misteriosa. Pero lo que sí es cierto es que, una vez muerta ella, me estaba convirtiendo en una persona desenvuelta y segura, más atrayente, incluso. «Porque yo siempre viví a tu sombra, Oli: la hermana guapa y la fea, el ángel y el conguito, la cigarra y la hormiga. No, más evidente aún: Abel el bello, el indolente, pero que está tocado por la caprichosa mano de Yavé, frente a Caín, el torpe, al que todo le sale mal por mucho que se afane. Sin embargo, ahora que no estás, ya no hay sombras a mi alrededor. Por eso pienso que no me queda más remedio que ser muy fiel a tu memoria y hacer exactamente lo que tú deseabas que hiciera. Y ¿cuál era tu idea al inducirme a investigar tu muerte? Por lo general un encargo de estas características tiene por finalidad desenmascarar al asesino y llevarlo ante la Justicia. ¿Es eso lo que quieres que haga, Oli, delatar a Pedro? ¿Por eso dejaste tantas pistas en mi camino, para que yo revelase la verdad y me ocupara luego de que se hiciera justicia? Dime, ¿cómo has podido hacerme semejante putada? Supongo que porque un reloj parado da la hora exacta dos veces, pero no más…»