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—Hey, usted. Puede mirar el álbum mientras tanto. Niña, dale el álbum. Por su (gesto con el cuchillo) vuelta a la escuela nuestro querido huésped le ha hecho —le ha hecho un— perdóneme Pyotr Petrovich, he olvidado como lo llamó a usted.

—Un fotohoróscopo —dijo M'sieur Pierre modestamente.

—¿Dejo dentro el limón? —preguntó la esposa del director.

La colgante lámpara de kerosene cuya luz no alcanzaba a iluminar el fondo del comedor donde solamente relampagueaba en péndulo al cortar los sólidos segundos, bañaba con luz familiar la mesa hogareña donde se cumplía el ritual del té.

CAPÍTULO XVI

Tengamos calma. La araña había chupado una pequeña polilla afelpada de alas marmóreas y tres moscas, pero aún estaba hambrienta y no hacía más que mirar a la puerta. Tengamos calma. Cincinnatus era una masa de rasguños y escoriaduras. Ten calma, nada ha ocurrido. La noche anterior, cuando le volvieron a la celda, dos empleados estaban terminando de revocar el lugar donde abriera su boca el agujero. Dicho sitio estaba ahora marcado solamente por remolinos de pintura más gruesos y redondos que el resto, y tenía una sensación de ahogo cada vez que contemplaba la pared que nuevamente era ciega, sorda e impenetrable.

Otro vestigio del día anterior era el álbum de cocodrilo con su grueso monograma de plata oscura que trajera en un rapto de distracción: ese singular fotohoróscopo armado por el hábil M'sieur Pierre, esto es, una serie de fotografías que describían la progresión natural de la vida entera de una persona determinada. ¿Cómo se hacía? Así: instantáneas muy retocadas de la cara actual de Emmie eran complementadas por fotografías de otras personas —a los efectos de la vestimenta, moblaje y paisaje— de modo que se creaba la decoración y el escenario de su vida futura. Pegadas consecutivamente en las poligonales ventanitas del sólido cartón de bordes dorados, con fechas elegantemente escritas, estas claras y, a primera vista, genuinas fotografías describían a Emmie como era en la actualidad; luego a los 14, con un portafolio en la mano; luego a los 16, con malla y tutu de gasa en la espalda, sentada plácidamente sobre una mesa, alzando una copa de vino rodeada de libertinos; luego a los 18, con atuendo de femme-fatale, en una pasarela sobre una cascada; y luego... en muchísimos más aspectos y poses, hasta en la última, horizontal.

Con ayuda de retoques y otros trucos fotográficos, se habían obtenido lo que aparecían ser los progresivos cambios en la cara de Emmie (incidentalmente, el taumaturgo habían empleado las fotografías de la madre); pero no había más que mirar con cuidado y se notaba con repulsiva claridad cuán trivial era esta parodia de la labor del tiempo. La Emmie que salía por la puerta de Artistas, con pieles, con flores apretadas contra el pecho, tenía piernas que no habían danzado nunca, mientras que en la siguiente fotografía, que la mostraba en traje de bodas, el novio era alto y esbelto, pero la cara redonda era la de M'sieur Pierre. A los 30 ya tenía lo que se suponía eran arrugas, trazadas al azar, sin vida, sin conocimiento de su verdadera significación, grotescas para el experto, como un movimiento circunstancial de las ramas de un árbol puede coincidir con un gesto comprensible para un sordomudo. Y a los 40 Emmie moría —y aquí permítame felicitarlo por un error recíproco: ¡su cara en la muerte no podía jamás pasar por la cara de la muerte!

Rodion retiró el álbum, murmurando entre dientes que la jovencita partía, y cuando reapareció, consideró necesario anunciar que la jovencita había partido ya.

(Suspirando) —Partió, partió... (a la araña). Bastante, ya has tenido bastante... (mostrando su palma). Nada tengo para ti... (A Cincinnatus). Va a ser triste, tan triste sin nuestra hijita... Cómo revoloteaba por todas partes, qué música hacía nuestra querida mimosa, nuestra flor dorada. (Pausa. Luego en distinto tono). ¿Qué ocurre, buen señor, por qué no hace usted más esas preguntas difíciles? ¿Se encuentra bien? Más o menos —Rodion se respondió convincentemente a sí mismo y se retiró con dignidad.

Después de cenar, bastante formalmente, no ya vestido con ropa de prisión, sino con una chaqueta de terciopelo, una elegante chalina y botas insinuantemente crujientes, de taco alto y brillante caña (que le hacían parecer un leñador de ópera), entró M'sieur Pierre, y, tras él, dándole respetuosamente prioridad en la entrada, en la palabra, y en todo, entraron Rodrig Ivanovich y el abogado con su cartera. Los tres se acomodaron en sillas de mimbre (traídas de la sala de espera), mientras Cincinnatus paseaba por la celda, en solitaria lucha con el avergonzante miedo; pero al poco tiempo él también se sentó.

Algo torpemente (pero con una torpeza que era, sin embargo, ejercitada y familiar) afanándose con la cartera, abriendo su negra boca, apoyándola parte en la rodilla, parte en la mesa —se escapaba ora de un lugar, ora de otro— el abogado sacó un anotador y cerró, o mejor abotonó la cartera, la que accedió demasiado fácilmente, y le hizo errar el primer cierre; la estaba colocando sobre la mesa, pero mudó de opinión y, tomándola por el cuello, la bajó al piso, apoyándola en la pata de su silla, donde tomó la inestable posición de un borracho; entonces sacó de su solapa un lápiz esmaltado, al volver la mano alzó la tapa del anotador y, sin prestar atención a nada ni a nadie, comenzó a cubrir las hojas movibles con escritura pareja; sin embargo, esta misma desatención hizo aún más obvia la conexión entre los rápidos movimientos de su lápiz y la conferencia para la cual todos se habían reunido allí.

Rodrig Ivanovich estaba sentado en una butaca, ligeramente inclinado hacia atrás; ésta crujía por la presión de su fuerte espalda y una garra purpúrea descansaba sobre su brazo. Tenía la otra mano apoyada sobre el pecho bajo la levita; de vez en cuando sacudía sus flaccidas mejillas y su mentón espolvoreado como un polvorón, como para liberarlos de algún elemento viscoso y absorbente.

M'sieur Pierre, sentado en el centro, se sirvió agua de un botellón, colocó luego cuidadosamente sus manos sobre la mesa, los dedos entrelazados (una aguamarina artificial brillaba en su meñique) y, bajando sus largas pestañas durante unos diez segundos más o menos, elucubró reverentemente cómo empezar su discurso.

—Gentiles caballeros —dijo finalmente en alta voz sin alzar la vista— primeramente y antes que nada, permitidme delinear por medio de unos pocos y diestros trazos, lo que ya ha sido realizado por mí.

—Proceded, os lo rogamos —dijo el director sonoramente, haciendo emitir a su silla un torvo crujido.

—Vosotros, caballeros, estáis desde luego al tanto de las razones que motivan la graciosa mistificación que exige la tradición de nuestro oficio. Después de todo, ¿qué hubiera ocurrido de haberme identificado desde el principio y ofrecido mi amistad a Cincinnatus C? Esto, caballeros, habría dado seguramente por resultado su rechazo, su temor, su antagonismo —en una palabra, hubiera cometido un desatino fatal.

El disertante bebió un sorbo de su vaso y lo dejó cuidadosamente a un lado.

Continuó, parpadeando:

—No necesito explicar cuán preciosa es, para el éxito de nuestra labor común, esa atmósfera de cálida camaradería que, con ayuda de paciencia y gentileza, se crea gradualmente entre el sentenciado y el ejecutor de la sentencia. Es difícil o aún imposible, recordar sin estremecerse la barbarie de los tiempos idos, cuando estos dos seres, sin haberse visto jamás, extraños uno al otro pero unidos por la ley implacable, se encontraban cara a cara en el último instante antes del sacramento mismo. Todo esto ha cambiado, igual que la antigua y salvaje ceremonia de las bodas, que más parecía un sacrificio humano —cuando la sumisa virgen era arrojada por sus padres dentro dé la tienda de un extraño— ha cambiado con el pasar del tiempo.