– ¿Qué catástrofe? -preguntó Max.
El doctor Zollner respondió, en mi opinión, muy a la ligera considerando la gravedad del tema y sin dejar de andar.
– En lo concerniente a enfermedades animales, por ejemplo, una epidemia de glosopeda podría acabar con gran parte del ganado de todo el país y dejar en la ruina a millones de personas. Probablemente se cuadruplicaría el coste de otros alimentos. El virus de la glosopeda es quizá el más contagioso y virulento de la naturaleza, por lo que siempre ha fascinado a los especialistas en guerra biológica. Un buen día para los partidarios de la guerra biológica será aquel en que los científicos logren elaborar genéticamente un virus de la glosopeda que infecte a los seres humanos. Aunque lo peor, a mi parecer, es que algunos de esos virus mutan por cuenta propia y se vuelven peligrosos para las personas.
Nadie hizo ninguna pregunta ni comentario alguno. Nos asomamos a otros laboratorios y el doctor Zollner siempre tenía unas palabras de aliento para los estudiosos de bata blanca, cuyo entorno laboral me ponía nervioso sólo de verlo.
– ¿Qué hemos descubierto hoy? -decía, por ejemplo-. ¿Algo nuevo?
Parecía caerles bien a los científicos o por lo menos lo toleraban.
Cuando pasamos por otra serie de pasillos aparentemente interminables, Zollner prosiguió con su conferencia.
– En 1.983, por ejemplo, se desencadenó una terrible gripe altamente contagiosa en Lancaster, Pennsylvania. Hubo diecisiete millones de muertos. Estoy hablando de pollos. Pero ya comprenden a lo que me refiero. La última gran epidemia de gripe humana en el mundo tuvo lugar en 1.918, fallecieron unos veinte millones de personas en el mundo entero, incluidas quinientas mil en Estados Unidos. Basándonos en la población actual, el número equivalente de muertos sería aproximadamente un millón y medio. ¿Cabe imaginar algo semejante hoy en día? Además, el virus de 1.918 no era particularmente virulento y, evidentemente, los desplazamientos entonces eran mucho más lentos y menos frecuentes. En la actualidad, las autopistas y los aviones pueden difundir un virus infeccioso por todo el mundo en pocos días. La buena noticia sobre los virus más mortíferos, como el Ébola, es que matan con tanta rapidez, que apenas tienen tiempo de salir de un pueblo africano antes de que todos sus habitantes hayan fallecido.
– ¿Hay un transbordador a la una? -pregunté.
El doctor Zollner soltó una carcajada.
– Está un poco nervioso, ¿no es cierto? Aquí no tiene nada que temer; somos muy precavidos, muy temerosos de los bichitos de este edificio.
– Suena como esa tontería de «Mi perro no muerde».
El doctor Zollner prosiguió sin prestarme atención.
– La misión del Departamento de Agricultura de Estados Unidos es evitar la llegada de enfermedades animales extranjeras a estas costas. Somos el equivalente animal de los centros para el control de enfermedades de Atlanta. Como pueden imaginar, mantenemos una estrecha relación de trabajo con Atlanta, debido a esas enfermedades que cruzan la barrera entre los animales y las personas, y viceversa. Disponemos de un complejo gigantesco en Newburgh, Nueva York, donde todos los animales que llegan al país deben permanecer cierto tiempo en cuarentena. La fauna que llega todos los días es tan diversa como la del Arca de Noé: caballos de carreras extranjeros, animales de circo, animales de parques zoológicos, ganado de cría, animales exóticos para vender como llamas y avestruces, animales de compañía exóticos como los conejos barrigudos de Vietnam y toda clase de pájaros de la jungla… Dos millones y medio de animales al año. Hay quien denomina a Newburgh la isla de Ellis del reino animal -dijo después de mirarnos-. Plum Island es el equivalente a Alcatraz. Ningún animal que llegue aquí procedente de Newburgh o de cualquier otro lugar regresa vivo. Debo decirles que esos animales importados por motivos recreativos nos han causado mucho trabajo y quebraderos de cabeza. Es sólo cuestión de tiempo… -agregó-. Ustedes mismos pueden extrapolar el reino animal a la población humana.
Yo sí podía.
– En otra época, los cañones de Plum Island protegían las costas de este país, ahora estas instalaciones hacen lo mismo -declaró después de unos momentos de silencio.
Me pareció bastante poético para un científico, hasta que recordé haber leído esas mismas palabras en uno de los folletos que Donna me había entregado.
A Zollner le gustaba hablar y mi trabajo consiste en escuchar, de modo que funcionaba de maravilla.
Entramos en una sala, que Zollner describió como laboratorio cristalográfico de rayos X y no sería yo quien se lo discutiera.
Había allí una mujer inclinada sobre un microscopio, que Zollner presentó como doctora Chen, colega y buena amiga de Tom y Judy. La doctora Chen tenía unos treinta años y me pareció bastante atractiva, con una frondosa cabellera negra recogida en la nuca en un moño, supongo que para facilitar su trabajo con el microscopio durante el día y quién sabe qué por la noche, cuando se lo soltaba. Tranquilo, Corey, es una científica y mucho más lista que tú.
La doctora Chen nos saludó, parecía bastante seria, aunque probablemente estaba sólo triste y afligida por la muerte de sus amigos.
Una vez más, Beth se aseguró de que quedara claro que yo era amigo de los Gordon y en ese aspecto, por lo menos, me ganaba mi dólar semanal. A la gente no le gusta que un montón de policías la interrogue, pero si uno de ellos es amigo de los difuntos, se dispone de una ligera ventaja. En todo caso, todos coincidimos en que la muerte de los Gordon era una tragedia y encomiamos a los difuntos.
Luego la conversación se centró en el trabajo de la doctora Chen, que se expresó en términos sencillos para que pudiéramos entenderla.
– Tomo radiografías de los cristales de los virus para obtener su estructura molecular. Entonces intentamos alterar el virus para que no pueda provocar ninguna enfermedad, pero si le inyectamos ese virus alterado a un animal, dicho animal podrá producir anticuerpos, que confiamos que ataquen la versión natural del virus causante de enfermedades.
– ¿Y es eso en lo que trabajaban los Gordon? -preguntó Beth.
– Sí.
– ¿En qué trabajaban concretamente?, ¿qué virus?
La doctora Chen miró fugazmente al doctor Zollner. No me gusta que los testigos hagan eso, es como cuando, en béisbol, el lanzador recibe una señal del entrenador para arrojar la pelota con efecto, baja o como sea. La señal del doctor Zollner debió de ser para un lanzamiento directo, porque la doctora Chen respondió sin rodeos:
– Ébola.
Se hizo un silencio.
– El Ébola de los simios, de los monos, naturalmente -dijo entonces el doctor Zollner-. Podía habérselo dicho antes -agregó-, pero consideré que preferirían una explicación más completa por parte de una de las colegas de los Gordon -añadió después de mirar a la doctora Chen.
– Los Gordon intentaban alterar genéticamente el virus Ébola de los simios para que no pudiera provocar la enfermedad -prosiguió la doctora Chen- pero produjera una reacción inmune en el animal. Hay muchas variantes "del virus Ébola y no estamos siquiera seguros de cuál de ellas puede cruzar la barrera entre especies…
– ¿Se refiere a infectar a las personas? -preguntó Max.
– Sí, infectar a los seres humanos. Éste es un primer paso importante para el desarrollo de una vacuna contra el Ébola humano.
– La mayor parte de nuestro trabajo se ha llevado a cabo con lo que ustedes denominarían ganado -agregó el doctor-, animales criados para la alimentación y el cuero. Sin embargo, a lo largo de los años, ciertos departamentos gubernamentales nos han encargado otras clases de investigación.
– ¿Como los militares interesados en la guerra biológica? -pregunté.