Para proseguir con el retrato descriptivo del Château Tobin, más allá, a la izquierda, había un pequeño restaurante, que tanto las mujeres como los críticos catalogaban de atractivo. Para mí era presuntuoso y cursi. Pero no importaba, porque no sería una de mis alternativas en el supuesto de que el Departamento de Sanidad clausurara la Olde Towne Taverne.
El restaurante tenía una terraza cubierta, donde la gente que viste Eddie, Tommy, Ralph, Liz, Carole y Perry puede sentarse a fanfarronear sobre el vino, que, por cierto, no es más que zumo de uva con alcohol.
Detrás del «atractivo» restaurante había un comedor de mayores dimensiones, ideal para bodas, bautizos o ceremonias de iniciación judías, según el folleto, firmado por Fredric Tobin, propietario.
En julio, había asistido a una de las catas del señor Tobin en dicho comedor, en la que se celebraba la presentación de unos nuevos vinos, lo que supongo que significaba que estaban listos para salir al mercado y ser saboreados. Tal vez haya mencionado que asistí como invitado de los Gordon y que había unas doscientas personas presentes, la flor y nata del norte de Long Island: banqueros, abogados, doctores, jueces, políticos, varios personajes de Manhattan con segunda residencia en la isla, comerciantes y agentes de la propiedad adinerados, etcétera. Mezclados con la flor y nata local había algunos artistas, escultores y escritores, que por diversas razones no alternaban en Hampton, al otro lado de la bahía. Probablemente, muchos de ellos tenían suficiente éxito económico para hacerlo, evidentemente, pero afirmaban que su integridad artística se lo impedía. Menuda farsa. Max había sido también invitado pero no pudo asistir. Según Tom y Judy, ellos eran los únicos de Plum Island presentes.
– Los anfitriones evitan al personal de Plum Island como la peste -dijo Tom y ambos nos reímos.
Maldita sea, echaba de menos a Tom. Y también a Judy. Era inteligente.
Recordaba que en aquella ocasión Tom me presentó a nuestro anfitrión, Fredric Tobin, un caballero soltero que a primera vista parecía de la acera de enfrente. El señor Tobin llevaba un absurdo traje escarlata, camisa blanca y una corbata con racimos de uvas. Para caerse de espaldas.
Era educado, aunque un poco frío con moi, lo que siempre me molesta en esas reuniones de petimetres. Un detective de homicidios cruza toda clase de barreras sociales y a la mayoría de los anfitriones les gusta que asista a sus veladas, para animar el ambiente. A todo el mundo le encantan los asesinatos. Pero Fredric se desentendió de mí antes de que pudiera exponerle mi teoría sobre el vino.
Les conté a Tom y Judy que el monsieur no había tenido siquiera la delicadeza de hacerme alguna insinuación. Pero ellos me informaron de que Freddie, como nadie osaba llamarle a la cara, era en realidad un heterosexual acérrimo. Algunas personas, según Judy, confundían el encanto y los modales refinados de Fredric con un indicio de homosexualidad o bisexualidad. A mí nunca me ha ocurrido.
Descubrí por los Gordon que el apuesto y afable señor Tobin había estudiado vinicultura en Francia y que había conseguido varios diplomas como experto en zumo de uva.
Tom me mostró a una joven, que era en aquel momento la concubina del señor Tobin. Su belleza era sobrecogedora: unos veinticinco años, alta, rubia, ojos azules y con un cuerpo que parecía moldeado. Ah, Freddie, pillín, ¿cómo pude haberte confundido?
Aquél había sido mi único encuentro con el señor de las abejas. Me pareció comprensible que Tom y Judy hubieran cultivado su amistad. Por una parte, a los Gordon les encantaba el vino y Tobin elaboraba algunos de los mejores. Pero, además, había un trasfondo social relacionado con el mundo del vino, como aquella fiesta, cenas privadas, conciertos al aire libre en los viñedos, extravagantes meriendas en la playa, etcétera. Sorprendentemente, los Gordon parecían sentirse a gusto en ese ambiente y, aunque no adulaban ni lisonjeaban a Fredric Tobin, tampoco tenían mucho en común con él desde un punto de vista social, financiero, profesional, ni en ningún otro sentido. Me resultó un poco fuera de lugar que Tom y Judy se relacionaran con un individuo como Fredric. En cuanto a su nombre, había prescindido de una E, cuando los demás solían agregarla. En resumen, Fredric la Uva parecía un cretino pomposo y me atraía la idea de bajarle un poco los humos. Además, llevaba barba y tenía probablemente un coche deportivo blanco.
Estaba ahora en la tienda de curiosidades e intentaba encontrar algo bonito para mi amor perdido, como por ejemplo un sacacorchos en cuya empuñadura se leyera: «Me jodieron en el norte de Long Island.» En su lugar encontré una baldosa esmaltada con el dibujo de un águila blanca sobre un palo. La verdad es que era un poco rara, pero me gustó porque no tenía ningún motivo vinícola.
– ¿Está aquí el señor Tobin? -pregunté mientras la atractiva cajera envolvía el regalo.
– No estoy segura -respondió la joven.
– Creo haber visto su coche. Un deportivo blanco, ¿no es cierto?
– Puede que esté por aquí. Serán diez noventa y siete, impuestos incluidos.
Pagué los diez noventa y siete, impuestos incluidos, y recogí el cambio y el paquete.
– ¿Ya ha visitado las cavas?-preguntó la cajera.
– No, pero en una ocasión vi cómo elaboraban cerveza -respondí sacando la placa del bolsillo y mostrándosela-. Policía, señorita. Quiero que pulse el botón de su teléfono que la conecta con el despacho del señor Tobin y le diga que venga aquí rápidamente. ¿De acuerdo?
La joven asintió y obedeció.
– Marilyn, aquí hay un policía que quiere ver al señor Tobin -dijo.
– Que baje echando leches -aconsejé.
– Cuanto antes -tradujo-. De acuerdo… sí, se lo diré -agregó por teléfono antes de colgar-. Bajará inmediatamente.
– ¿Por dónde se sube?
– Esa puerta conduce a las habitaciones de la torre, a los despachos -respondió señalando una puerta cerrada en la pared del fondo.
– Bien, gracias.
Me acerqué a la puerta, la abrí y me encontré en una especie de amplio vestíbulo redondo con paredes de madera, que constituía la base de la torre. Una puerta daba a la sala de fermentación y otra al área de recepción, donde acababa de estar. Una puerta acristalada conducía a la parte trasera. Había también una escalera y, a su derecha, un ascensor.
Se abrió la puerta del ascensor y apareció el señor Tobin, que, con las prisas por dirigirse a la tienda, apenas me miró. Me di cuenta por su expresión de que parecía preocupado.
– ¿Señor Tobin?
– Sí -respondió después de volver la cabeza para mirarme.
– Detective Courtney.
A veces pronuncio mal mi propio apellido.
– Ah… claro. ¿Qué puedo hacer por usted?
– Sólo necesito un poco de su tiempo, señor.
– ¿De qué se trata?
– Soy detective de homicidios.
– Ah… los Gordon.
– Sí señor.
Al parecer no recordaba mi cara, que es la misma que tenía en julio cuando nos conocimos. Es cierto que mi nombre había cambiado ligeramente, pero no sería yo quien se lo aclarara. Respecto a mi autoridad, jurisdicción y toda esa basura técnica, simplemente no había oído el mensaje que Max había dejado en mi contestador.
– Tengo entendido que usted era amigo de las víctimas -agregué.
– Bueno… nos veíamos en sociedad.
– Comprendo.
En cuanto a Fredric Tobin, lamento reconocer que vestía de forma muy parecida a la mía: un montón de prendas de diseño y mocasines. No llevaba ninguna corbata con motivos vinícolas, pero sí un absurdo pañuelo lila en el bolsillo superior de su chaqueta azul.
El señor Tobin tenía unos cincuenta años, puede que menos, y una altura inferior a la media, lo que explicaba probablemente su complejo napoleónico. Era de una corpulencia media, con la cabeza completamente cubierta de cabello castaño corto, aunque no todo original, y una barba impecable. Sus dientes, tampoco todos originales, eran blancos como perlas y su piel, morena. En general, era un individuo educado, bien hablado y de buenos modales. Sin embargo, toda la cosmética y cuidados del mundo no podían cambiar sus pequeños ojos oscuros y movedizos, que parecían estar sueltos en sus cuencas.