– La ley me obliga a llevarlo -dije, lo que era cierto en la ciudad de Nueva York pero no necesariamente donde estábamos.
– Fredric va armado -comentó.
Interesante.
En todo caso, ahora estaba por otras cosas, cuando se me acercó y me acarició el pecho.
– ¿Es esto una quemadura? -preguntó.
– No, es el agujero de una bala -respondí y le mostré la espalda-. ¿Lo ves? Aquí está el de salida.
– ¡Dios mío!
– No es más que una herida muscular. Fíjate en éste -agregué mientras le mostraba el orificio del abdomen inferior y el de salida, en la nalga.
El de la pantorrilla era menos interesante.
– Pudieron haberte matado.
Me encogí de hombros. Gajes del oficio, señora.
Me alegré de que la mujer de la limpieza hubiera cambiado las sábanas, de tener preservativos en la mesilla de noche y de que don Pedro reaccionara ante la presencia de Emma Whitestone. Desconecté el timbre del teléfono.
Me arrodillé junto a la cama para rezar mis oraciones, Emma se acostó y rodeó mi cuello con sus largas piernas.
Sin entrar en detalles, nos compaginamos bastante bien y nos quedamos dormidos, abrazados. Emma tuvo mucho tacto y no roncó.
Cuando desperté desaparecía el sol por la ventana y Emma dormía a un lado de la cama, hecha un ovillo. Tuve la sensación de que debería haber estado realizando algo más provechoso que hacer el amor por la tarde. ¿Pero qué? En realidad, me estaban marginando y, a no ser que Max o Beth compartieran algunos datos conmigo, como la información forense, de las autopsias y demás, no me quedaba más remedio que proseguir sin ninguna de las ventajas técnicas de la ciencia policial moderna. Necesitaba informes telefónicos, huellas dactilares, más datos sobre Plum Island y acceso al escenario del crimen. Pero no creía que pudiera conseguir nada de eso.
Así que no me quedaba más remedio que recurrir a mascar chicle, llamar por teléfono y hablar con personas que pudieran saber algo. Había decidido seguir adelante, independientemente de si a alguien no le gustaba la idea.
Contemplé a Emma bañada por la pálida luz. Estaba dotada de una hermosura natural, e inteligencia.
Abrió los ojos y me sonrió.
– He visto que me mirabas.
– Eres muy guapa.
– ¿Tienes alguna novia por aquí?
– No. Hay alguien en Manhattan.
– Manhattan no me preocupa.
– ¿Y tú? -pregunté.
– Estoy entre varios compromisos.
– Bien. ¿Quieres cenar conmigo?
– Tal vez más tarde. Puedo preparar algo.
– Tengo lechuga, mostaza, mantequilla, cerveza y galletas.
Se incorporó, se desperezó y bostezó.
– Necesito nadar un poco -dijo antes de levantarse y ponerse el vestido-. Vamos a la playa.
– De acuerdo.
Me levanté y me puse la camisa.
Descendimos a la planta baja, cruzamos la sala de estar que conducía a la terraza, salimos al jardín y bajamos a la playa.
– ¿Éste es un lugar privado? -preguntó Emma.
– Bastante.
Se quitó el vestido y lo dejó al borde del embarcadero. Yo hice lo mismo con la camisa. Avanzó por la playa rocosa y se tiró al agua. La seguí.
Al principio, el agua estaba fría y me cortó la respiración. Nadamos más allá del dique, hasta penetrar en la oscura bahía. Emma era una buena y resistente nadadora. Sentí que se me entumecía el hombro derecho y me empezó a resoplar el pulmón. Creía estar bastante fuerte, pero aquel esfuerzo era excesivo para mí. Nadé hacia el embarcadero y me agarré a la vieja escalera de madera.
– ¿Estás bien? -preguntó Emma después de acercarse.
– Perfectamente.
Nos mantuvimos a flote cerca del dique moviendo las piernas.
– Me encanta nadar desnuda.
– No tienes que preocuparte de que algo te muerda el gusano.
– ¿Pescas?
– De vez en cuando.
– Puedes pescar platijas desde este embarcadero.
– Puedo conseguir platijas en el supermercado.
– Si sales en tu barco sólo unos centenares de metros, puedes pescar trucha, pagro y otros peces.
– ¿Dónde puedo conseguir unas buenas chuletas?
– La carne no es sana.
– Tú te has comido una hamburguesa para almorzar.
– Lo sé. Pero no es sana. Tampoco lo es hacer el amor con desconocidos -agregó.
– Soy una persona intrépida, Emma.
– Supongo que yo también lo soy; ni siquiera te conozco.
– Por eso te gusto.
Se rió.
En realidad, la mayoría de las mujeres se sentían seguras con un policía. Si, por ejemplo, una mujer conocía a un policía en un bar, era de suponer que no era un psicópata asesino, que probablemente estaba sano y que llevaba algunos billetes en la cartera. Las mujeres no piden mucho hoy en día.
Charlamos un poco, nos besamos y nos abrazamos. La sensación era realmente agradable, desnudos y medio sumergidos, flotando en el agua. Me gusta el agua salada, hace que me sienta limpio y lleno de vida.
Llevé una mano a su increíble trasero y otra a su pecho, sin dejar de besarnos y de mover los pies para mantenernos a flote. No había disfrutado tanto desde hacía mucho tiempo. Emma llevó una mano a mi trasero y otra a mi periscopio, que se irguió inmediatamente.
– ¿Podemos hacerlo en el agua? -pregunté.
– Es posible. Tienes que estar en buena forma. No debes dejar de mover los pies, conservar aire en los pulmones para mantenerte a flote y, al mismo tiempo, hacer el amor.
– Pan comido. Mi artefacto de flotación es suficientemente grande para mantenernos a ambos a flote.
Emma se rió. Logramos colmar nuestra hazaña acuática, asustando probablemente a muchos peces mientras lo hacíamos. En realidad, mi pulmón había mejorado.
Después nos tumbamos de espaldas y flotamos.
– Mira, mi timón sale del agua -comenté.
– Creí que eso era el palo mayor -respondió después de echar una ojeada.
Basta de travesuras náuticas. Levanté ligeramente la cabeza y vi cómo se alejaba de la orilla, arrastrada por la marea. Sus pechos parecían realmente dos islas volcánicas a la luz de la luna.
– Mira, John. Estrellas fugaces.
Miré hacia el cielo meridional y las vi.
– Pide un deseo -dijo Emma.
– De acuerdo. Deseo…
– No lo digas, si no, no se cumplirá.
– Ya se ha cumplido, Emma. Tú y yo.
¿No es eso romántico? Ya habíamos hecho el amor dos veces. Cuando desaparece la lujuria, lo que queda es odio o amor. Creo que estaba enamorado.
– Es muy bonito -dijo Emma después de unos segundos de silencio.
– Es verdad.
Seguimos flotando.
– Mira allí, en el firmamento de levante -dijo al cabo de un par de minutos-. ¿Ves la constelación de Andrómeda?
– No sin ponerme las gafas.
– Allí. Fíjate.
Intentó relacionar un montón de estrellas para que la distinguiera, pero si allí había alguien llamada Andrómeda, yo no la veía.
– Claro, ya lo tengo -respondí por cortesía-. Lleva zapatos de tacón.
Emma dirigió la mirada más hacia el este.
– Ahí está Pegaso. Ya sabes, el caballo alado de las musas.
– Lo conozco. Aposté por él en la quinta carrera de Belmont el sábado pasado. Llegó cuarto a la meta.
Emma había aprendido a no hacerme caso y prosiguió:
– Pegaso nació de la espuma del mar y la sangre de Medusa asesinada.
– Eso no constaba en el folleto.
– ¿Quieres volver a acostarte conmigo?
– Sí.
– Entonces deja de actuar como un listillo.
– Trato hecho -respondí sinceramente.
Vaya noche, con una brillante luna casi llena sobre nuestras cabezas, una suave brisa marina, el olor a mar y a sal, las estrellas que parpadeaban en un vasto firmamento azul oscuro, una mujer hermosa y nuestros cuerpos que se mecían rítmicamente en la superficie del agua, a merced de las olas. Difícil de mejorar. En general, mucho mejor que mi desagradable experiencia que casi me había costado la vida.