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Pensé en Tom y Judy. Miré al cielo y les mandé un bonito saludo, una especie de hola y adiós, y prometí hacer cuanto estuviera en mi mano para encontrar a su asesino. También les rogué que me dieran alguna pista.

Supongo que fue la sensación de completo relajamiento, de satisfacción sexual o, tal vez, el hecho de observar las constelaciones y conectar los puntos de luz, pero fuera lo que fuese ahora lo había logrado. La imagen completa, los tintineos, los puntos y las líneas se unieron en una especie de torrente y mi mente se aceleró de tal modo que no podía seguir el ritmo de mis propios pensamientos.

– ¡Eso es! -exclamé. Expulsé tanto aire que me hundí.

Volví a la superficie tosiendo y escupiendo y vi a Emma junto a mí con aspecto preocupado.

– ¿Estás bien?

– ¡Estupendo!

– ¿Estás…?

– ¡Los árboles del capitán Kidd!

– ¿Qué pasa con esos árboles?

La agarré del brazo mientras ambos agitábamos las piernas para mantenernos a flote.

– ¿Qué me contaste sobre los árboles del capitán Kidd?

– Dije que, según la leyenda, el capitán Kidd enterró parte de su tesoro bajo uno de los árboles en la cala de Mattituck. Se llaman los árboles del capitán Kidd.

– Cuando hablamos del capitán Kidd nos referimos al pirata, ¿no es cierto?

– Sí. William Kidd.

– ¿Dónde están esos árboles?

– Al norte de aquí. Donde la cala se junta con el canal. ¿Por qué…?

– ¿Qué se sabe del capitán Kidd?, ¿qué tiene que ver con este lugar?

– ¿No lo sabes?

– No. Por eso te lo pregunto.

– Creía que todo el mundo lo sabía…

– Yo no lo sé. Cuéntamelo.

– Pues se supone que su tesoro está enterrado por aquí.

– ¿Dónde?

– ¿Dónde? Si lo supiera sería rica. -Sonrió-. Y no te lo contaría.

Era abrumador. Todo encajaba… aunque podía estar completamente equivocado… No, maldita sea, cuadraba. Todo concordaba. Todas aquellas piezas desarticuladas, que parecían la teoría del caos en acción, se unían ahora para formar la teoría unificadora que lo explicaba todo.

– Sí…

– ¿Estás bien? Pareces pálido o azul.

– Estoy bien. Necesito una copa.

– Yo también. El viento empieza a ser frío.

Nadamos hasta la orilla, agarramos la ropa y corrimos desnudos por el jardín hasta la casa. Después de coger dos gruesos albornoces, saqué la botella de brandy de mi tío y dos copas. Nos sentamos en la terraza y contemplamos las luces del otro lado de la bahía. Un velero se deslizaba por el agua, con su fantasmagórica vela blanca a la luz de la luna, y unas pequeñas nubes surcaban velozmente el firmamento estrellado. Qué noche.

«Me acerco. Ya casi lo tengo», dije para mis adentros, dirigiéndome a Tom y Judy.

Emma me miró y levantó la copa.

– Háblame del capitán Kidd -dije después de llenarle la copa de brandy.

– ¿Qué quieres saber?

– Todo.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué…? Me fascinan los piratas.

– ¿Desde cuándo? -preguntó después de observarme unos instantes.

– Desde que era niño.

– ¿Tiene algo que ver con los asesinatos?

Miré a Emma. A pesar de nuestra reciente intimidad, apenas la conocía y no estaba seguro de poder confiar en su discreción. También me percaté de que había expresado demasiado entusiasmo por el capitán Kidd.

– ¿Cómo podría estar relacionado el capitán Kidd con el asesinato de los Gordon? -pregunté, con el propósito de enfriar la situación.

Emma se encogió de hombros.

– No lo sé. Era yo quien te lo había preguntado.

– Ahora no estoy de servicio. Sólo siento curiosidad por los piratas y cosas por el estilo -respondí.

– Yo tampoco estoy de servicio. Se acabó la historia hasta mañana.

– De acuerdo -dije-. ¿Te quedarás esta noche?

– Tal vez. Deja que me lo piense.

– Por supuesto.

Puse una cinta de una gran orquesta y bailamos descalzos en la terraza posterior, con nuestros albornoces, mientras tomábamos brandy y contemplábamos la bahía y las estrellas.

Era una de esas veladas embrujadas, como se dice, una de esas noches mágicas que a menudo son el preludio de algo menos agradable.

Capítulo 19

La señorita Emma Whitestone decidió pasar la noche en mi casa.

Se levantó temprano, encontró el elixir bucal y se enjuagó la boca con tanto ruido que me despertó. Se duchó, utilizó mi secador para el cabello, se peinó con los dedos, encontró carmín y rímel en su bolso y se los aplicó frente al espejo de la cómoda, completamente desnuda.

Mientras se ponía las bragas introdujo los pies en las sandalias y a continuación se puso el vestido por la cabeza. Cuatro segundos.

Era una especie de mujer de bajo mantenimiento, que no necesitaba muchos sistemas de soporte vital para pasar la noche.

No estoy acostumbrado a que las mujeres estén listas antes que yo y tuve que apresurarme en la ducha. Me puse los vaqueros más ajustados, una camiseta de tenis y unas zapatillas. Dejé el treinta y ocho encerrado en la cómoda.

Por sugerencia de la señorita Whitestone nos dirigimos en coche al restaurante Cutchogue, una verdadera reliquia de los años treinta. El lugar estaba lleno de granjeros, repartidores, comerciantes locales, unos pocos turistas, camioneros y tal vez otra pareja que empezaba a conocerse durante el desayuno, después del sexo.

– ¿No murmurará la gente si te ven con la misma ropa de ayer? -pregunté cuando estábamos sentados junto a una pequeña mesa.

– Hace años que dejaron de murmurar sobre mí.

– ¿Y qué me dices de mi reputación?

– Tu reputación, John, sólo puede mejorar si te ven conmigo.

Estábamos un poco inquietos esa mañana.

Pidió un desayuno de salchichas, huevos, patatas fritas y tostadas después de comentar que no había cenado la pasada noche.

– Te bebiste la cena -señalé-. Te ofrecí ir a por una pizza.

– La pizza no es buena para la salud.

– Lo que acabas de pedir tampoco es bueno para la salud.

– No pienso almorzar. ¿Cenamos juntos?

– Por supuesto. Iba a pedírtelo.

– Estupendo. Recógeme a las seis en la floristería.

– De acuerdo.

Miré a mi alrededor y vi a dos policías de Southold uniformados, pero ni rastro de Max.

Llegó la comida y desayunamos. Me encanta que cocinen los demás.

– ¿Por qué estás tan interesado en el capitán Kidd? -preguntó Emma.

– ¿Quién? Ah… los piratas. Bueno, es fascinante. Pensar que estuvo aquí, en el norte de Long Island. Creo que ahora lo recuerdo, de cuando era niño.

– Anoche estabas eufórico -dijo después de mirarme.

Después de mi explosión inicial de la noche anterior, que lamenté inmediatamente, había procurado actuar sosegadamente. Pero a la señorita Whitestone le parecía excesiva mi curiosidad.

– Si encontrara ese tesoro, lo compartiría contigo -dije.

– Eres muy galante.

– Me gustaría volver a la sede de la sociedad histórica -dije con la mayor despreocupación posible-. ¿Te parece bien esta tarde?

– ¿Por qué?

– Debo comprarle algo a mi madre en la tienda de regalos.

– Si te haces socio, te haré descuento.

– t›e acuerdo. ¿Qué te parece si te recojo a las cuatro?

– De acuerdo -respondió encogiéndose de hombros.

La miré a través de la mesa. La luz del sol bañaba su rostro. A veces, por la mañana, y realmente detesto reconocerlo, uno se pregunta en qué diablos pensaba la noche anterior o, en el peor de los casos, se pregunta si siente rencor por su pene. Pero esa mañana me sentía estupendamente. Me gustaba Emma Whitestone. Me gustó su forma de devorar dos huevos fritos, cuatro salchichas, una generosa porción de patatas fritas, tostadas con mantequilla, zumo de fruta y té con nata.