Echó una ojeada al reloj de detrás del mostrador y me di cuenta de que ni siquiera llevaba reloj de pulsera. Esa dama era muy libre de espíritu y, al mismo tiempo, presidenta y archivera de la Sociedad Histórica Peconic. Bonito contraste, pensé.
Me percaté de su popularidad por la cantidad de gente que le sonreía y la saludaba. Siempre era un buen indicio. Parece que me estaba enamorando por segunda vez en una semana y puede que fuera cierto. Sin embargo, me pregunté por el criterio de Emma Whitestone sobre los hombres, particularmente Fredric Tobin, y puede que también yo. Posiblemente no juzgara a los hombres, ni a la gente en general. Tal vez le gustaban todos. Ciertamente, Fredric y yo no podíamos ser más diferentes. Supuse que lo que le atraía de Fredric Tobin era el bulto en el bolsillo de sus pantalones, mientras que en mi caso era seguramente el bulto delante de los pantalones.
En cualquier caso, charlamos un rato y estaba decidido a dejar para la tarde el tema de los piratas y el capitán Kidd. Pero se apoderó de mí la curiosidad. Acudió a mi mente una posibilidad remota, le pedí un lápiz a la camarera, escribí el número 44106818 en una servilleta y se lo mostré a Emma.
– ¿Ganaría si jugara a este número de la lotería? -pregunté.
– El gordo. -Sonrió entre mordiscos de tostada-. ¿Dónde has conseguido esos números?
– Algo que leí. ¿Qué significan?
Miró a su alrededor y bajó la voz.
– Cuando el capitán Kidd estaba en la cárcel de Boston, acusado de piratería, hizo llegar clandestinamente una nota a su esposa Sarah y al final de la página figuraban esos números.
– ¿Y?
– Y todo el mundo intenta descifrarlos desde hace trescientos años.
– ¿Qué crees que significan?
– Lo más evidente es que estén relacionados con su tesoro escondido.
– ¿No podría ser el número del resguardo de la lavandería?
Levantó la mirada al cielo. En realidad, era demasiado temprano para mi sentido del humor.
– No quiero hablar aquí de ese tema -dijo Emma-. La última vez que se desencadenó la fiebre del capitán Kidd fue en los años cuarenta y no quiero ser responsable de otra búsqueda masiva del tesoro.
– De acuerdo.
– ¿Tienes hijos? -preguntó.
– Probablemente.
– En serio.
– No, no tengo hijos. ¿Y tú?
– Tampoco. Pero me gustaría tenerlos.
Y así sucesivamente. Al cabo de un rato volví al tema de los números y le hablé en un susurro.
– ¿Podrían ser las coordenadas de un mapa?
Estaba claro que no quería hablar de ello pero respondió:
– Es lo más evidente. Unas coordenadas cartográficas de ocho cifras: minutos y segundos. Corresponden, por cierto, a algún lugar cercano a la isla de los Renos, en Maine. Los desplazamientos de Kidd cuando regresó a la zona de Nueva York en 1.699 están bastante bien documentados, día a día, con testimonios fiables -agregó después de inclinarse sobre la mesa-, de modo que una visita a la isla de los Renos para enterrar el tesoro parece improbable. Sin embargo, existe otra leyenda respecto a esa isla. Se supone que John Jacob Astor encontró el tesoro de Kidd, o de algún otro pirata, en la isla de los Renos y ése fue el origen de la fortuna de los Astor -añadió y tomó un sorbo de té-. Hay docenas de libros, obras de teatro, canciones, rumores, leyendas y mitos sobre el tesoro enterrado del capitán Kidd. El noventa y nueve por ciento no es más que eso, mitos.
– De acuerdo, ¿pero esos números que Kidd le escribió a su esposa no son la prueba indiscutible de algo?
– Sí, algo significan. Pero, aunque sean coordenadas cartográficas, la navegación en aquella época era demasiado imprecisa para señalar un lugar concreto con exactitud, especialmente la longitud. Puede haber centenares de metros de margen en unas coordenadas de ocho cifras, con minutos y segundos, según los métodos disponibles en 1.699. Incluso hoy en día, con instrumentos de navegación por satélite, puede haber un desfase de entre tres y seis metros. Cuando uno excava en busca de un tesoro, un desfase de seis metros puede suponer muchos agujeros. Creo que se ha abandonado la hipótesis de las coordenadas en favor de otras teorías.
– ¿Por ejemplo?
Suspiró exasperada y miró a su alrededor antes de responder.
– Observa -dijo al tiempo que agarraba el lápiz y una servilleta, y le daba a cada número su letra correspondiente del abecedario, para obtener la combinación D-D-A-O-F-H-A-H-. Creo que la clave está en las tres últimas letras.
– ¿H-A-H?
– Efectivamente.
Examiné las letras en ambas direcciones e invertidas.
– ¿Era Kidd disléxico?
Emma soltó una carcajada.
– Pierdes el tiempo, John. Mejores cerebros que el tuyo y el mío han intentado descifrarlo desde hace trescientos años. Que sepamos, puede tratarse de un número carente de significado, de una broma.
– ¿Pero por qué? Kidd estaba en la cárcel, acusado de un delito que se pagaba con la horca…
– Bien, de acuerdo, no carece de significado ni es una broma. Pero sólo tenía sentido para Kidd y su esposa. Ella pudo visitarle varias veces en la cárcel, hablaron. Sentían devoción el uno por el otro. Puede que le hubiera dado alguna pista verbalmente o en otra carta perdida desde entonces.
Eso era interesante; parecido a lo que hago, salvo que aquella pista tenía trescientos años de antigüedad.
– ¿Hay otras teorías?
– La más aceptada es que los números representan pasos, que era la forma tradicional de los piratas para señalar el lugar donde escondían sus tesoros.
– ¿Pasos?
– Sí.
– ¿Pasos desde dónde?
– Eso es lo que sabía la señora Kidd y tú no.
– ¡Caramba! -exclamé mientras contemplaba los números-. Son muchos pasos.
– También hay que conocer el código personal -respondió y examinó la servilleta-. Podría significar cuarenta y cuatro pasos en dirección a diez grados y sesenta y ocho pasos en dirección a dieciocho. O viceversa. O leído a la inversa. Quién sabe. Poco importa si uno desconoce el punto de partida.
– ¿Crees que el tesoro está enterrado bajo uno de esos viejos robles, los árboles del capitán Kidd?
– No lo sé. O el tesoro ha sido encontrado y la persona que lo descubrió no divulgó su hallazgo o nunca ha habido ningún tesoro o sigue sepultado y así permanecerá eternamente.
– ¿Tú qué opinas?
– Creo que debo ir a abrir mi tienda.
Arrugó la servilleta y me la puso en el bolsillo de mi camisa. Pagué la cuenta y salimos. El restaurante estaba a cinco minutos de la Sociedad Histórica Peconic, donde Emma había dejado su furgoneta. Entré en el aparcamiento y ella me dio un beso en la mejilla como si fuéramos más que amantes.
– Te veré a las cuatro -dijo Emma-. Floristería Whitestone, calle Mayor, Mattituck.
Se apeó, subió a su furgoneta, tocó la bocina, saludó con la mano y se alejó.
Me quedé un rato sentado en mi Jeep mientras escuchaba las noticias locales. Me habría puesto en camino, pero no sabía adónde ir. La verdad es que había agotado la mayoría de mis pistas y no disponía de un despacho donde sentarme a mover papeles. No recibiría ninguna llamada de testigos, del forense ni de nadie. Incluso eran muy pocos los que sabían dónde mandarme una pista anónima. En resumen, me sentía como un detective privado, aunque no disponía siquiera de permiso para ello.
No obstante, a pesar de todo, había hecho algunos descubrimientos sorprendentes desde que había conocido a Emma Whitestone. Si tenía alguna duda respecto a la causa del asesinato de los Gordon, aquel número, 44106818, escrito en sus cartas de navegación, debía disiparla.
Por otra parte, aunque fuera cierto que Tom y Judy Gordon eran buscadores de tesoros, y todas las pruebas indicaban que sí, no podía llegarse necesariamente a la conclusión de que su búsqueda de tesoros fuera la causa de su muerte. ¿Cuál era el vínculo probable entre las excavaciones arqueológicas de Plum Island y los balazos que habían acabado con sus vidas en el jardín de su casa?