Llamé para comprobar mi contestador automático. Había dos mensajes: uno de Max, para preguntar dónde debía mandar el cheque de un dólar y otro de mi jefe, el teniente de detectives Wolfe, para insistir en que le llamara urgentemente a su despacho y recordarme que estaba con el agua al cuello y no dejaba de hundirme.
Puse el coche en marcha y empecé a conducir. A veces es bueno circular simplemente.
«Últimas noticias sobre el doble asesinato de dos científicos de Plum Island en Nassau Point -decía el locutor por la radio-. La policía local de Southold y la policía del condado de Suffolk han hecho público un comunicado conjunto.»El locutor, que sonaba como Dom el martes por la mañana, leyó dicho comunicado. Si lográramos que las estrellas de los medios de comunicación de la ciudad leyeran los mensajes sin comentarios, estaríamos en el cielo de las relaciones públicas. El comunicado conjunto era como un globo aerostático, sin nadie en la cesta salvo los dos cadáveres. Hacía hincapié en el robo de la vacuna contra el Ébola como motivo del asesinato. En otro mensaje, el FBI declaraba que se desconocía si los culpables eran del país o extranjeros, pero que disponían de algunas pistas fiables. La Organización Mundial de la Salud expresaba su preocupación por el robo de esa «vacuna vital y de gran importancia», tan necesaria en muchos países del tercer mundo. Y así sucesivamente.
Lo que me molestaba era que la versión oficial calificaba a Tom y a Judy de ladrones cínicos y despiadados: en primer lugar, habían robado tiempo y recursos del laboratorio donde trabajaban; luego, después de elaborar en secreto una vacuna, habían robado la fórmula y supuestamente algunas muestras, que se proponían vender por una fortuna. Entretanto, millares de africanos morían de aquella terrible enfermedad.
Me imaginé a Nash, a Foster, a los cuatro individuos trajeados que había visto apearse del transbordador y a un puñado de dirigentes de la Casa Blanca y del Pentágono saturando las líneas telefónicas entre Plum Island y Washington. Cuando descubrieron que el trabajo de los Gordon estaba relacionado con vacunas genéticamente alteradas, a aquellos genios se les ocurrió la tapadera perfecta. Para ser justos, pretendían evitar el pánico a una plaga, pero habría apostado mis tres cuartos potenciales de pensión vitalicia por inutilidad a que nadie en Washington había considerado la reputación de los Gordon o de sus familias al elaborar la historia que los calificaba de ladrones.
La paradoja, si es que la había, era que Foster, Nash y el gobierno estaban todavía convencidos de que los Gordon habían robado uno o varios gérmenes patológicos. Los altos mandos de Washington, empezando por el propio presidente, dormían todavía con los trajes de biocontención encima de sus pijamas. Bien. Que se jodan.
Paré en una tienda de Cutchogue para comprar un frasco de café y un montón de diarios: el New York Times, el Post, el Daily News y el Newsday de Long Island. En los cuatro periódicos, el caso de los Gordon había quedado relegado a unas pocas líneas en páginas interiores. Ni siquiera el Newsday prestaba mucha atención al asesinato local. Estaba seguro de que mucha gente en Washington se alegraba de que la noticia se apagara. Y yo también me alegraba; dejaba mis manos tan libres como las suyas.
Y mientras Foster, Nash y compañía buscaban agentes y terroristas extranjeros, yo me regiría por mi corazonada y por mis sentimientos respecto a Tom y Judy Gordon. Me alegraba, y no me había sorprendido demasiado, descubrir que era cierto lo que había pensado desde el primer momento: que aquello nada tenía que ver con la guerra biológica, con drogas, ni con nada ilegal. Bueno, no excesivamente ilegal.
De todos modos, seguía sin saber quién los había asesinado. Pero era igualmente importante saber que no eran delincuentes y estaba decidido a limpiar su reputación.
Me tomé el café, arrojé los periódicos al asiento trasero y emprendí la marcha. Me dirigí al Soundview, un motel junto al mar de los años cincuenta. Me acerqué a la recepción y pregunté por los señores Foster y Nash. El joven recepcionista me respondió que los caballeros que le había descrito ya se habían marchado.
Conduje, me resisto a reconocer que sin rumbo fijo, pero si uno no sabe hacia dónde va ni por qué, o es funcionario del gobierno o deambula sin rumbo fijo.
Decidí dirigirme a Orient Point. Hacía de nuevo buen día, un poco más fresco y ventoso, pero agradable.
Fui hacia la estación del transbordador de Plum Island. Deseaba controlar los coches del aparcamiento, comprobar si había alguna actividad inusual o tal vez encontrarme con alguien interesante. Cuando me acerqué a la puerta de la estación, un guardia de seguridad de Plum Island se situó en medio del paso y levantó la mano. Soy tan amable que no quise atropellarle.
– ¿En qué puedo ayudarle, señor? -preguntó después de acercarse a la ventanilla del coche.
– Trabajo con el FBI en el casó Gordon -respondí, mostrándole la cartera con mi placa y el documento de identidad.
Observé su rostro mientras examinaba detenidamente la placa y el documento. Yo estaba claramente en su lista de saboteadores, espías y pervertidos, y no se lo tomaba a la ligera.
– Tenga la bondad de parar aquí -dijo después de mirarme fijamente unos instantes y aclararse la garganta-. Le conseguiré un pase.
– De acuerdo.
Paré donde me había indicado. No esperaba encontrarme con un guardia de seguridad en la puerta, aunque debería haberlo previsto. Cuando el individuo entró en el edificio, yo seguí hacia el aparcamiento. Siento aversión a la autoridad.
Lo primero que observé fue la presencia de dos carros blindados en la plataforma de embarque del transbordador. Vi a dos hombres uniformados en cada uno de ellos y, cuando me acerqué, comprobé que tanto ellos como los vehículos pertenecían a la infantería de marina. No había visto un solo vehículo militar en Plum Island el martes por la mañana, pero desde entonces el mundo había cambiado.
También avisté un gran Caprice negro, que podía ser el de los cuatro individuos trajeados que había visto el martes. Tomé nota de la matrícula.
Luego, mientras circulaba entre el centenar aproximado de coches aparcados, vi un Ford Taurus blanco de alquiler, que casi con toda seguridad era el que utilizaban Nash y Foster. Hoy sucedía algo importante en Plum Island.
Ninguno de los transbordadores estaba en el embarcadero ni se vislumbraba en el horizonte y, salvo los marines que esperaban para embarcar en sus carros blindados, no había nadie a la vista.
Pero, cuando miré por el retrovisor, vi cuatro guardias de seguridad con uniforme azul que daban voces y agitaban los brazos. ¡Maldita sea!
Conduje hacia ellos.
– ¡Alto! ¡Alto! -oí que gritaban.
Afortunadamente no desenfundaban sus armas.
– ¡Alto! ¡Alto! -respondí mientras conducía en círculos a su alrededor para que el informe a los señores Nash y Foster fuera entretenido.
Luego, después de describir un par de ochos y antes de que alguien cerrara la puerta de acero o decidieran utilizar sus armas, me dirigí a la salida. Giré a la izquierda por la carretera principal, apreté el acelerador y me encaminé de regreso al oeste. Nadie disparó. Ésa es la razón por la que adoro este país.
En menos de dos minutos llegué al istmo que une Orient a East Marión. A mi derecha estaba el canal, a mi izquierda, la bahía y muchas aves en medio. La ruta costera atlántica. Cada día se puede aprender algo nuevo.
De pronto, se me acercó una enorme gaviota blanca desde las alturas. Descendió en picado, con un vuelo perfectamente sincronizado y ejecutado, abrió ligeramente las alas para reducir el ángulo de descenso, niveló el vuelo y se elevó de nuevo; entonces, con una sincronización impecable, soltó su carga morada y verde sobre mi parabrisas. Hay días para todo.