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En el tercer piso había un letrero que decía «Oficinas ejecutivas». Seguí hasta el cuarto piso, donde había otra puerta de acero sin distintivo alguno. Tiré del pomo, pero estaba cerrada con llave. Me percaté de que había una cámara de vigilancia y un intercomunicador.

Regresé al tercer piso, donde la puerta de las oficinas ejecutivas daba a una zona de recepción. Había un mostrador circular, sin nadie a la vista. Desde la zona de recepción, cuatro puertas daban a despachos que, según pude ver, tenían una especie de forma de tarta, como correspondía evidentemente a la planificación circular de las plantas. En cada despacho había una gran ventana al exterior de la torre. Había una quinta puerta que estaba cenada.

No vi a nadie tras los escritorios de los despachos cuyas puertas estaban abiertas y, puesto que era la una y media, supuse que habían salido a almorzar.

Entré en la recepción y miré a mi alrededor. Los muebles parecían tapizados en cuero auténtico, evidentemente purpúreo, y de las paredes colgaban reproducciones de Pollock y De Kooning o, tal vez, los garabatos de los hijos y nietos del personal. Una cámara de vídeo me observaba y saludé con la mano.

Se abrió la puerta cerrada y salió una mujer de aspecto eficaz que aparentaba unos treinta años.

– ¿En qué puedo ayudarle? -preguntó.

– Tenga la bondad de decirle al señor Tobin que está aquí el señor Corey.

– ¿Tiene una cita con él, señor?

– Tengo una cita permanente.

– El señor Tobin está a punto de salir para ir a almorzar. En realidad lleva retraso.

– Lo llevaré en mi coche. Por favor, dígale que estoy aquí y que es importante.

Detesto exhibir la placa en el despacho de alguien, a no ser que esté allí para ayudarle o para ponerle las esposas. Pero son los casos intermedios en los que la gente puede molestarse si uno asusta al personal y abusa de su autoridad.

Volvió a la puerta cerrada, llamó, entró y la cerró de nuevo a su espalda. Esperé un minuto entero, que es un alarde de paciencia para mí, antes de entrar en el despacho. El señor Tobin y la joven mantenían una conversación, de pie junto al escritorio. Él se frotaba la perilla, con un aspecto un tanto mefistofélico. Llevaba una chaqueta color borgoña, pantalón negro y camisa a rayas. Me miró, pero sin corresponder a mi amable sonrisa.

– Lamento irrumpir de este modo en su despacho, señor Tobin, pero tengo un poco de prisa y sabía que no le importaría.

Le indicó a la joven que se retirara y siguió de pie. Era un auténtico caballero y no demostró siquiera que estuviera enojado.

– Éste es un placer inesperado -dijo.

Me encanta la expresión.

– También para mí -respondí-. En realidad no esperaba verle hasta el día de la fiesta, pero entonces, de pronto, surgió su nombre.

– ¿Cómo surgió?

Cuando me acosté con su ex novia, pensé. Pero se me ocurrió algo más educado.

– Hablaba con alguien del caso. Ya sabe, sobre Tom y Judy, su afición al vino y lo encantados que estaban de conocerle, cuando la persona en cuestión mencionó que también le conocía a usted. De ese modo surgió su nombre.

No mordió el anzuelo.

– ¿Y ésa es la razón de su presencia?

– Pues no -respondí sin dar explicaciones.

Dejé que reflexionara. Seguía de pie, de espaldas a la ventana. Rodeé el escritorio y me acerqué a la ventana.

– Magnífica vista -comenté.

– La mejor del norte de Long Island -respondió-, a no ser que viva en un faro.

Desde la ventana del despacho del señor Tobin, que daba al norte, se podían contemplar sus enormes viñedos. Unas pocas casas de labranza y algunos huertos rompían la monotonía de las vides y creaban un efecto muy agradable. A lo lejos se vislumbraban unos promontorios y, desde aquella altura, llegaba a verse el canal.

– Desde luego -dije-. ¿Tiene unos prismáticos?

Después de dudar, se acercó a un aparador y sacó unos prismáticos.

– Gracias -respondí antes de enfocar el canal-. Se llega a ver la costa de Connecticut.

– Sí.

Dirigí la vista a la izquierda y enfoqué lo que podía ser el promontorio de Tom y Judy.

– Acabo de descubrir que los Gordon compraron un promontorio de media hectárea. ¿Lo sabía usted?

– No.

Eso no es lo que Emma me ha contado, Fredric.

– Podrían haber utilizado un poco de su sentido para los negocios -dije-. Pagaron veinticinco mil por una parcela en la que no se puede construir.

– Debieron haberse informado de si los derechos de construcción se habían vendido al condado.

– Yo no he dicho que los derechos de construcción se hubieran vendido al condado -dije después de dejar los prismáticos sobre la mesa-. Sólo he dicho que no se podía construir en su parcela. Podría deberse a la partición del terreno, falta de agua, de electricidad o a cualquier otra razón. ¿Qué le hace suponer que se habían vendido los derechos de su parcela?

– A decir verdad -respondió-, creo que oí algo al respecto.

– Ah. Entonces usted sabía que habían comprado un terreno.

– Creo que alguien lo mencionó. No sabía dónde estaba, pero oí que carecía de permiso de construcción.

Volví a levantar los prismáticos y enfoqué de nuevo los promontorios. Al oeste, descendía el nivel en la entrada de la ensenada de Mattituck y llegaba a verse la zona de los árboles y la Hacienda del Capitán Kidd. A la derecha, hacia el este, se distinguía con toda claridad Greenport y llegaba a vislumbrarse Orient Point y Plum Island.

– Esto es mejor que la plataforma de observación del Empire State Building -comenté-. No tan alto, pero…

– ¿En qué puedo servirle, señor Corey?

Hice caso omiso de su pregunta.

– ¿Se da usted cuenta de que está en la cima del mundo? Fíjese en todo esto. Doscientas hectáreas de tierra excelente, una casa junto al mar, un restaurante, un Porsche y a saber qué otras cosas. Y usted se sienta aquí, en esta torre de cinco plantas. Por cierto, ¿qué hay en el cuarto piso?

– Mi apartamento.

– ¡Caramba! Supongo que debe de impresionar mucho a las damas.

– Ayer, después de verle, hablé con mi abogado.

– ¡No me diga!

– Me aconsejó que no hablara con la policía, salvo en presencia de un abogado.

– Está usted en su derecho. Ya se lo dije.

– Cuando mi abogado hizo otras averiguaciones, descubrió que usted ya no trabaja para el jefe Maxwell como asesor en este caso y que, en realidad, no estaba usted contratado por el municipio cuando habló conmigo.

– Bueno, eso es discutible.

– Discutible o no, usted ya no goza aquí de ninguna responsabilidad oficial.

– Exactamente. Y, puesto que ya no actúo como policía, puede hablar conmigo. Todo tiene solución.

Fredric Tobin hizo oídos sordos a mis palabras.

– Mi abogado prometió cooperar con la policía local, hasta que descubrió que el jefe Maxwell no precisa ni desea su cooperación ni la mía. El jefe Maxwell está enojado porque viniera usted a interrogarme. Nos ha puesto a ambos en una situación embarazosa -declaró el señor Tobin-. Contribuyo generosamente a la política local y he sido muy magnánimo con mi tiempo y mi dinero en la restauración de monumentos históricos, la celebración de mercados históricos, la construcción del hospital y otras obras de beneficencia, incluida la Asociación de Beneficencia de la Policía. ¿Me expreso con suficiente claridad?

– Absolutamente. Desde hace diez frases. Sólo he venido para invitarlo a almorzar.

– Tengo una cita previa, gracias.

– De acuerdo, tal vez en otra ocasión.

– Debo marcharme -dijo después de consultar su reloj.

– Claro. Bajaré con usted.

Respiró profundamente y asintió.

Salimos de su despacho a la antesala y el señor Tobin se dirigió a la recepcionista:

– El señor Corey y yo hemos concluido nuestros asuntos y no será necesario que vuelva a visitarnos.