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– Asombroso. Pero si se suponía que el tesoro escondido de Kidd era su seguro de vida, ¿por qué no le salvó del cadalso? -pregunté.

– Debido a una serie de confusiones, mala suerte, afán de venganza. Por una parte, nadie en Boston ni en Londres creyó que Kidd pudiera recuperar el botín del Caribe y, probablemente, estaban en lo cierto. Esa parte había desaparecido. Además estaba la reclamación del mogol y el problema político. Y el propio Kidd, que se pasaba de listo. Aspiraba a un perdón real completo contra la entrega del botín. Pero puede que el rey y los demás consideraran que, para proteger la empresa británica East India Company, debían entregar el botín al mogol, así que no tenían ningún interés en perdonar a Kidd a cambio de la información sobre el emplazamiento del tesoro. Preferían ahorcar a Kidd y lo hicieron.

– ¿Mencionó Kidd el tesoro escondido durante el juicio?

– No. Disponemos de las transcripciones del juicio y se puede comprobar que Kidd era consciente de que le ahorcarían, independientemente de lo que dijera o hiciera. Creo que lo aceptó y como último despecho decidió llevarse el secreto a la tumba.

– O se lo contó a su esposa.

– Existen muchas probabilidades de que lo hiciera. Ella tenía algún dinero propio, pero parece que vivió muy bien después de la muerte de su marido.

– Todas lo hacen.

– Sin comentarios sexistas, por favor. Dime tú lo que ocurrió con el tesoro.

– No tengo suficiente información -respondí-. Las pistas son demasiado antiguas. No obstante, me inclinaría por creer que todavía existe parte del tesoro oculto en algún lugar.

– ¿Crees que Kidd le contó a su esposa dónde estaba escondido todo?

– Kidd sabía que también podían detener a su esposa y obligarla a hablar -respondí después de reflexionar unos instantes-. De modo que no creo que se lo contara al principio, pero cuando estaba encarcelado en Boston y a punto de que lo mandaran a Londres, probablemente le facilitó algunas pistas. Como el número de ocho cifras.

– Siempre se ha supuesto que Sarah Kidd logró recuperar parte del tesoro -asintió Emma-. Pero no creo que le dijera dónde estaba todo, porque si la hubiesen detenido y obligado a hablar, habría desaparecido toda posibilidad de salvar su vida a cambio del tesoro escondido. Estoy convencida de que se llevó parte de la información a la tumba.

– ¿Lo torturaron? -pregunté.

– No -respondió Emma-, y la gente siempre se ha preguntado por qué no lo hicieron. En aquella época torturaban a la gente por mucho menos. Gran parte de la historia de Kidd nunca tuvo mucho sentido.

– Si yo hubiera estado presente, le habría encontrado sentido a todo.

– Si tú hubieras estado presente, te habrían ahorcado por crear problemas.

– Sé amable conmigo, Emma.

Procesé toda aquella información y reflexioné un poco. Pensé de nuevo en la detallada carta de Charles Wilson a su hermano.

– ¿Crees que Kidd podía recordar con exactitud todos los lugares donde había enterrado su tesoro? -pregunté-. ¿Te parece posible?

– Probablemente no. Bellomont buscó pruebas del tesoro escondido y documentos en los aposentos de Kidd en Boston y en el San Antonio, pero no encontró ningún mapa ni información alguna que indicara la ubicación del tesoro, o si lo hizo no se lo reveló a nadie. Debo mencionar que Bellomont falleció antes de que ahorcaran a Kidd en Londres, de modo que si tenía algún mapa del tesoro puede que desapareciera con su muerte -dijo Emma-. Como puedes comprobar, John, hay muchas pequeñas pistas, indicios y contradicciones. Las personas interesadas han jugado a detectives históricos desde hace siglos. ¿Ya lo has descubierto? -Sonrió.

– Todavía no. Necesito unos minutos.

– Tómate todo el tiempo necesario. Entretanto, necesito una copa. Vámonos.

– Espera un momento. Todavía me quedan algunas preguntas.

– De acuerdo. Adelante.

– Bien… Soy el capitán Kidd y navego por el canal de Long Island desde… ¿cuándo?

– Hace unas semanas.

– Bien. He estado en la bahía de Oyster, donde me he puesto en contacto con un abogado, y mi esposa e hijos han llegado de Manhattan y están a bordo conmigo. He estado en la isla de Gardiners y le he pedido al señor Gardiner que escondiera parte del tesoro. ¿Sé dónde lo ha enterrado?

– No, que es la razón por la que no era necesario ningún mapa. Kidd simplemente le dijo a Gardiner que se asegurara de que el tesoro estuviera a su disposición cuando regresara o de lo contrario decapitaría a algún miembro de su familia.

– Eso es mejor que un mapa -asentí-. Kidd ni siquiera tuvo que excavar el agujero.

– Efectivamente.

– ¿Crees que Kidd hizo lo mismo en otros lugares?

– Quién sabe El método más común consistía en desembarcar con un puñado de hombres, enterrar el tesoro en secreto y luego hacer un mapa del emplazamiento.

– Entonces hay testigos del lugar donde está enterrado el tesoro.

– El sistema tradicional de los piratas para asegurar el secreto -respondió Emma- consistía en matar a la persona que había cavado el agujero y sepultarla con el tesoro. A continuación, el capitán y su compañero de confianza tapaban el agujero. Se creía que los fantasmas de los marinos asesinados hechizaban el tesoro. En realidad, se han encontrado esqueletos junto a baúles enterrados.

– Presuntos indicios de homicidio -dije.

– Como ya he mencionado anteriormente -prosiguió Emma-, su tripulación había quedado reducida, con toda probabilidad, a unos seis o siete hombres. Si confiaba por lo menos en uno de ellos, para que vigilara el barco y a la tripulación y cuidara de su familia, pudo haber desembarcado perfectamente solo en un bote de remos y dirigirse a alguna bahía o entrar en alguna cala para enterrar el tesoro. Excavar un agujero en la arena no es un proyecto de alta ingeniería. En las películas antiguas generalmente desembarca un gran grupo de personas, pero según el tamaño del baúl, sólo se necesitan uno o dos individuos.

– La imprecisión de las películas ha afectado en gran parte a nuestra percepción de la historia -comenté.

– Es probable que tengas razón -dijo Emma-. Pero hay algo bastante cierto en las películas: toda búsqueda del tesoro empieza con el hallazgo de un mapa perdido desde hacía mucho tiempo. Nosotros los vendemos por cuatro dólares, pero a lo largo de los siglos se han vendido por decenas de millares de dólares a personas ingenuas.

Reflexioné unos instantes. Alguno de esos mapas, en su caso verdadero, pudo haber llegado de algún modo a manos de Tom y Judy o de Fredric Tobin.

– Has mencionado que la isla de Gardiners antes se llamaba isla de Wight.

– Sí.

– ¿Hay otras islas por aquí que tuvieran otro nombre antes?

– Naturalmente. Como es de suponer, originalmente todas tenían nombres indios, luego algunas recibieron nombres holandeses o ingleses, e incluso éstos cambiaron a lo largo de los años. Los nombres geográficos en el nuevo mundo eran un verdadero problema. Algunos capitanes de barco ingleses sólo disponían de mapas holandeses y en algunos de ellos, por ejemplo, el nombre de alguna isla o de algún río podía estar equivocado, además la ortografía era atroz y en ciertos mapas sencillamente no figuraban algunos nombres o contenían información deliberadamente errónea.

Asentí.

– Tomemos, por ejemplo, Robins Island o Plum Island. ¿Cómo se llamaban en la época de Kidd?

– No estoy segura respecto a Robins Island, pero el nombre de Plum Island era el mismo, aunque se escribía Plumbe. Procedía del nombre holandés anterior, que era Pruym Eyland. Puede que tuviera algún otro nombre aún más antiguo, y alguien como William Kidd, que no había navegado desde hacía muchos años cuando aceptó la misión de Bellomont, puede que tuviera o comprara cartas de navegación con varias décadas de antigüedad. Eso no era raro. Un mapa del tesoro pirata se dibujaba a partir de una carta de navegación y ésta podía tener imprecisiones. Además, no olvides que son pocos los auténticos mapas del tesoro actualmente en existencia, así que es difícil sacar conclusiones respecto a la precisión general de éstos. Depende del propio pirata. Algunos eran realmente estúpidos.