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Esa mañana nadie habló mucho. Especialmente después del rapapolvo que les soltó el entrenador Nystrom en el vestuario. El entrenador había cerrado la puerta a los periodistas y había procedido a hacer temblar las paredes con su voz huracanada. Pero no dijo nada que no mereciesen oír. Habían cometido faltas estúpidas y tuvieron que pagar el precio.

Luc dobló el periódico y se lo puso bajo el brazo. Se desabrochó los botones de la americana al tiempo que la señorita Alcott salía por la puerta giratoria, a su izquierda. El sol de Tejas cayó sobre ella con su brillante luz, y la ligera brisa jugó con las puntas de su cola de caballo. Vestía una falda negra que le llegaba hasta las rodillas, una chaqueta negra y un jersey de cuello de cisne. Calzaba zapato plano, acarreaba un enorme maletín y llevaba en la mano una taza de papel con café. Llamaba la atención por las horribles gafas de sol que llevaba. Los cristales eran redondos y de color verde mosca. Seguía pareciendo absolutamente poco sexy.

– Interesante partido el de anoche. -Dejó el maletín en el suelo, entre los dos, y alzó la vista hacia su cara.

– ¿Te gustó?

– Como he dicho, fue interesante. ¿Cuál era el lema del equipo? ¿«Si no puedes ganarles, dales una paliza»?

– Algo así -repuso él con una sonrisa-. ¿Por qué vistes siempre de negro o de gris?

– El negro me sienta bien -contestó Jane.

– Pues pareces el ángel de la muerte.

Ella bebió un sorbo de café y dijo con toda la cortesía de que fue capaz, como si las palabras de Luc no le hubiesen afectado:

– Podría vivir el resto de mi vida sin los comentarios sobre moda de Lucky Luc.

– De acuerdo, pero… -Luc no acabó la frase. Meneó la cabeza. Levantó la vista al cielo y esperó a que ella mordiese el anzuelo.

No tardó en hacerlo.

– Sé que voy a arrepentirme de esto. -Suspiró-. ¿Pero qué?

– Bueno, creo que si una mujer tiene problemas para encontrar hombres, lo más adecuado es que arregle un tanto el envoltorio del regalo. Entre otras cosas es mejor que no lleve gafas de sol horrorosas.

– Mis gafas de sol no son horrorosas, y mi envoltorio no es cosa tuya -dijo mientras se llevaba el vaso de café a los labios.

– O sea, que yo sólo puedo iniciar la conversación. Tú pones los límites.

– Eso es.

– Eres un poco hipócrita, ¿lo sabías?

– Sí, claro, cómo no.

Él la miró directamente y preguntó:

– ¿Qué tal tu café esta mañana?

– Está bien.

– ¿Sigues tomándolo solo?

– Sí -respondió ella, mirándolo de reojo y cubriendo el vaso con la mano.

4. Un golpe con el stick

A Jane casi le asustaba echar un vistazo alrededor. Esa mañana, mirar a alguno de los jugadores de los Chinooks era como mirar los restos de un accidente ferroviario. Resultaba horrible, pero no podía darse la vuelta. Se sentó cerca de la parte delantera del avión, al otro lado del pasillo frente al ayudante del director deportivo del equipo, Darby Hogue, con un ejemplar del Dallas Morning News abierto sobre el regazo en la página de deportes. Ella ya había enviado su crónica del sangriento partido de la víspera, pero estaba interesada en saber qué habían dicho al respecto los reporteros de Dallas.

La noche anterior, ella y el resto de los periodistas deportivos habían esperado en la sala de prensa una oportunidad para entrar en el vestuario de los Chinooks. Habían tomado café y Coca-Cola y comido algo parecido a una enchilada, pero cuando el entrenador Nystrom por fin salió, les informó de que no concederían entrevistas.

Durante la espera, los periodistas de Dallas habían estado bromeando con ella, contándole batallitas. Incluso le dijeron qué jugadores se mostraban dispuestos a colaborar y contestaban a las preguntas. También le hablaron de aquellos que nunca respondían. Luc Martineau ocupaba el primer puesto en la lista de los más arrogantes.

Jane dobló el periódico y lo metió en el maletín. Tal vez los periodistas de Dallas habían sido amables con ella porque no la consideraban una amenaza. Quizá la habrían tratado de modo diferente si hubieran estado dentro del vestuario haciendo entrevistas. Ella no tenía modo de saberlo, y tampoco le interesaba. Fue agradable descubrir que no todos los reporteros del sexo masculino se sentían incómodos en su presencia. La alivió saber que cuando escribiese su siguiente columna acerca de sus experiencias, podría decir que algunos hombres habían evolucionado y que no todos la veían como una amenaza para su amor propio.

Había enviado ya dos artículos al Seattle Times. Y no había tenido noticias del editor. Ni una sola palabra de aliento o crítica, lo que ella entendía como una buena señal. Había visto que los jugadores se pasaban de mano en mano su primer artículo, pero ninguno había hecho comentario alguno.

– Leí tu primera crónica -dijo Darby Hogue al otro lado del pasillo.

Jane calculó que Darby Hogue medía poco más de metro sesenta. Metro sesenta y cinco con sus botas de vaquero. Su traje azul marino tenía todo el aspecto de ser hecho a medida, y debía de costar lo que el sueldo de trabajador corriente. Su pelo rizado era del color de las zanahorias y su piel incluso más blanca que la de Jane. A pesar de sus veintiocho años, aparentaba diecisiete. Sus ojos pardos reflejaban inteligencia y astucia, y tenía unas largas pestañas pelirrojas.

– Hiciste un buen trabajo -añadió.

Por fin alguien le decía algo de su artículo.

– Gracias.

Él se inclinó hacia el pasillo.

– La próxima vez deberías mencionar nuestros tiros a puerta -dijo en voz baja.

Darby era el más joven de los ayudantes de director deportivo de la NHL, y Jane había leído en su nota biográfica que era miembro de MENSA, el club de personas que tienen un alto coeficiente intelectual. No lo dudó ni por un segundo. Aunque parecía haberse esforzado mucho para desprenderse de su aire de empollón, no lo había logrado por completo pues llevaba un protector para bolígrafos en el bolsillo de la camisa.

– Te diré una cosa -dijo ella acompañando sus palabras de lo que esperaba fuese una encantadora sonrisa-. Yo no me meteré en tu trabajo si tú no te metes en el mío.

Él parpadeó.

– Es justo.

– Sí, eso creo.

Él se enderezó y colocó el maletín sobre su regazo.

– Por lo general, te sientas en la parte de atrás con los jugadores -observó.

Siempre se sentaba en la parte de atrás porque los asientos delanteros ya habían sido ocupados por los entrenadores y directivos cuando ella embarcaba.

– Bueno, estoy empezando a sentirme persona non grata allí atrás -confesó.

El incidente de la noche anterior le había dejado muy claro cuáles eran los sentimientos de los jugadores. Él se volvió y la miró a los ojos.

– ¿Ha pasado algo de lo que yo debería estar al corriente?

Además de las molestas llamadas, había encontrado el cadáver de un ratón frente a la puerta de su habitación la noche anterior. Por su aspecto debía de llevar bastante tiempo muerto. Obviamente, alguien lo había encontrado en algún lugar y lo había llevado hasta su puerta. No había sido como encontrar la cabeza cortada de un caballo en su cama, aunque tampoco creía que fuese una coincidencia. Pero no quería que los jugadores pensasen que era una chivata que había ido corriendo con el cuento a los directivos.

– Nada que no pueda sobrellevar.

– Cena conmigo esta noche y hablemos del asunto.

Jane lo miró fijamente. Por un instante se preguntó si sería uno de esos hombres que daban por sentado que ella quedaría con él sólo porque los dos eran bajitos. Su última cita había sido con un tipo de poco más de metro sesenta con todos los complejos napoleónicos imaginables, estropeado como persona por esos mismos complejos. Lo último que necesitaba era una cita con un tipo bajito. En particular, con un tipo bajito que fuese directivo de los Chinooks.