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– Si escribes sobre mí en tu columna, hazme quedar bien -dijo Darby-. Yo haré que las cosas sean más fáciles para ti.

Jane cogió el tenedor y se llevó a la boca un poco de arroz.

– ¿Qué pasa contigo, tienes problemas para salir con chicas?

Lo había dicho en broma, pero al ver que a Darby se le encendían las mejillas, supo que había dado en el clavo.

– En la primera cita, las mujeres creen que soy un pirado.

– Pues yo no he pensado eso -mintió Jane temiendo que le creciera la nariz.

Él sonrió, lo que hacía que el riesgo aumentase.

– Nunca me dan una segunda oportunidad -dijo.

– Bueno, tal vez si no hablases de la MENSA y de tus títulos universitarios, tendrías mejor suerte.

– ¿Tú crees?

– Sí. -Había dado cuenta de la mitad del salmón cuando llegó la segunda copa.

– Tal vez podrías darme algunos consejos.

Sí claro, como si ella fuese una experta.

– Tal vez.

Darby posó en ella una mirada cargada de astucia.

– Podría facilitarte las cosas -dijo de nuevo.

– Estoy recibiendo llamadas molestas. Haz que acaben.

– Veré qué puedo hacer al respecto -dijo Darby, sin mostrarse sorprendido.

– Sí, porque son desagradables.

– Míralo como una especie de novatada.

Vaya vaya.

– Encontré un ratón muerto frente a la puerta de mi habitación anoche.

Él bebió un trago de cerveza.

– Quizá llegó allí solo.

Por supuesto.

– Quiero una entrevista con Luc Martineau.

– No eres la única. Luc es un tipo muy reservado.

– Pídeselo.

– No soy la persona más adecuada para hacerlo. No le gusto.

Jane cogió el limón y se lo llevó a los labios. A Luc tampoco le gustaba ella.

– ¿Por qué?

– Sabe que puse reparos a su fichaje. Fui muy franco al respecto.

Eso era toda una sorpresa.

– ¿Por qué?

– Bueno, es una historia antigua, pero se lesionó estando en Detroit. Yo no creía que un jugador de su edad pudiera recuperarse plenamente de dos difíciles operaciones de rodilla. Martineau fue muy bueno, quizás uno de los mejores, pero once millones de dólares al año es una apuesta demasiado fuerte por un hombre de treinta y dos años que tiene las rodillas fastidiadas. Habíamos fichado a un jugador en la primera ronda del draft, un defensa corpulento, y a un par de extremos. Eso nos debilitaba el ala derecha. No estaba seguro de que Martineau fuese lo que necesitábamos.

– Está jugando una buena temporada -señaló.

– Hasta ahora. ¿Qué pasaría si se lesionase? Un equipo no puede depender de un solo jugador.

Jane no sabía mucho de hockey, y se preguntó si Darby estaba en lo cierto. ¿Era posible que hubiesen montado el equipo alrededor de un portero de primera fila? ¿Acaso Luc, que parecía tan frío y calmado, sentía la tremenda presión de cumplir con las expectativas que se habían depositado en él?

Una llamada de la señora Jackson hizo saber a Luc que Marie llevaba sin ir al colegio desde que él se había marchado de Seattle. La señora Jackson le dijo que había acompañado todas las mañanas a Marie al colegio y que la había visto entrar en el edificio. Lo que también supo fue que la chica volvía a salir en cuanto se iba.

Luc pidió hablar con Marie y le preguntó dónde había pasado todo ese tiempo.

– En el centro comercial -fue la respuesta.

Cuando le preguntó por qué lo había hecho, Marie contestó:

– Todos me odian en el colegio. No tengo amigos. Son estúpidos.

– Vamos -dijo él-, ya verás como harás amigos y todo irá bien.

Marie empezó a llorar y, como siempre, Luc se sintió mal y torpe.

– Echo de menos a mi madre -dijo ella-. Quiero irme a casa.

Cuando acabó su conversación con Marie y la señora Jackson, Luc llamó a su agente, Howie Stiller. Al regresar a casa la noche del martes, le esperaban varias notificaciones del colegio enviadas por FedEx.

En ese momento la música del piano llegaba hasta el lugar en que estaba sentado, en un rincón del bar del hotel. Se llevó la botella de cerveza a la boca y dio un largo trago. Para Marie, regresar a casa no era una solución. Su hogar era el de Luc, pero estaba claro que no le gustaba vivir con él.

Dejó la botella en la mesa y se repantigó en el sillón. Tenía que hablar con Marie acerca del internado, y no tenía ni idea de cuál sería la respuesta de la chica. No sabía si le gustaría la idea o si vería la lógica y el beneficio que entrañaba. Sólo esperaba que no se pusiese histérica.

El día del funeral de su madre, ella había tenido un ataque de nervios, y Luc no supo qué hacer. La había abrazado torpemente y le había dicho que siempre cuidaría de ella. Y lo haría. Le daría cuanto necesitase, pero eso no impedía que fuese un pobre sustituto de su madre.

¿Cómo había podido complicársele tanto la vida? Se frotó la cara con las manos y, cuando las bajó, vio a Jane Alcott caminando hacia él. Sin duda era demasiado esperar que pasase de largo.

– ¿Aguardas a alguna amiga? -le preguntó ella mientras se acercaba al sillón opuesto.

Había estado aguardando, en efecto, pero había llamado para cancelar la cita. Tras su conversación con Marie, su humor no parecía el más adecuado para un encuentro amistoso. Había pensado que tal vez podría pasar un rato con sus compañeros en uno de esos bares del centro. Cogió su botella y miró a Jane al tiempo que daba un trago. La observó mirándolo, y se preguntó si suponía, erróneamente, que por el hecho de haber sido adicto a los tranquilizantes era, por extensión, alcohólico. En su caso, una cosa no tenía nada que ver con la otra.

– No. Sólo estoy aquí sentado, solo -respondió bajando la botella.

Había algo diferente en ella aquella noche. A pesar de la ropa oscura, parecía más dulce, menos altiva. Algo más guapa, incluso. Su pelo, por lo general recogido en una cola de caballo, le caía sobre los hombros formando una cascada de rizos. Sus ojos verdes parecían húmedos como hojas cubiertas de rocío, su labio inferior tenía un aspecto más turgente, y las comisuras formaban una ligera curva ascendente.

– Acabo de cenar con Darby Hogue -dijo como si él se lo hubiese preguntado.

– ¿Dónde?

¿En su habitación? Eso explicaría el peinado, su mirada y la sonrisa. Luc jamás habría imaginado que Darby supiese lo que había que hacer con una mujer, y mucho menos conseguir que tuviese esa húmeda mirada. Y nunca se le habría pasado por la cabeza que Jane Alcott, el ángel de la oscuridad y la muerte, pudiese parecer tan cálida y sexy.

– En el restaurante del hotel, por supuesto -respondió ella. Su sonrisa desapareció-. ¿Dónde habías pensado?

– En el restaurante del hotel -mintió él.

Jane no se lo tragó, y por lo que podía suponer, habida cuenta de lo que sabía de ella, tampoco iba a dejar pasar la cuestión.

– No me digas que eres de los que creen que me acosté con Virgil Duffy para obtener el trabajo…

– No -volvió a mentir Luc. Todos se lo preguntaban, aunque él no tenía muy claro si creerlo o no.

– Estupendo, y ahora me acuesto con Darby Hogue.

Él alzó una mano.

– No es asunto mío.

Mientras sonaban las últimas notas del piano, Jane se sentó en el sillón frente a él y soltó un profundo suspiro. Necesitaba algo de paz.

– ¿Por qué las mujeres tenemos que sufrir esa clase de estupideces? -dijo-. Si fuese un hombre, nadie me acusaría de acostarme con nadie para promocionarme. Si fuese un hombre, nadie pensaría que tengo que acostarme con mis entrevistados para obtener información. Se limitarían a darme una palmadita en la espalda, a estrecharme la mano y a decir… -Hizo una pausa, frunció el entrecejo y añadió-: Un buen artículo de investigación. Eres todo un hombre. Un semental. -Se pasó los dedos por el pelo para apartarlo de su cara. Los mechones cayeron hacia atrás dejando a la vista las diminutas venas azules de sus muñecas, y en su jersey se marcaron sus pequeños pechos-. Nadie te acusa a ti de haberte acostado con Virgil para conseguir tu trabajo.