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Luc la miró a los ojos.

– Eso se debe a que soy un semental.

Todos tenían una cruz con la que acarrear, y desde el día en que se la colgaron, Luc no había tenido la energía suficiente como para hacerse el simpático y comprenderlo. No disponía de tiempo ni energía para preocuparse de los periodistas arrogantes. Tenía sus propios problemas, y uno de ellos era la mujer que en ese momento estaba frente a él.

Jane lo miró a su vez y se cruzó de brazos. La luz hacía brillar su melena corta y rubia. El azul de su camisa resaltaba el de sus ojos. Después de los dos martinis que se había tomado durante la cena, todo a su alrededor parecía deslumbrante. O, como mínimo, así había sido hasta que Luc insinuó que ella y Darby se acostaban juntos.

– Si tuviese pene -dijo-, nadie pensaría que me he ido a la cama con Darby.

– Yo no lo tendría tan claro. No estamos del todo seguros acerca de la orientación sexual de esa rata. -Luc se inclinó para coger su cerveza y Jane sintió que le daba un vuelco el corazón cuando la camisa se le abrió permitiéndole entrever la clavícula, la parte superior del hombro y el musculoso cuello.

Jane podría haberle aclarado a Luc sus dudas sobre ese tema, pero no estaba dispuesta a decirle que durante la cena Darby le había pedido que le aconsejase sobre chicas.

– ¿Cómo están tus rodillas? -preguntó al tiempo que apoyaba los antebrazos sobre la mesa.

– Perfectamente -respondió él, llevándose la botella a la boca.

– ¿No te duelen nada?

Luc bajó la botella y se limpió con la lengua una gota que había quedado en su labio superior.

– ¿Qué pasa? ¿No estás al corriente? Pensé que habías estado hurgando en mi pasado.

Su presunción era desmesurada; sin embargo, por alguna razón que no podía explicarse, Jane encontraba a Luc más interesante que cualquier otro jugador de los Chinooks.

– ¿Realmente crees que no tengo nada mejor que hacer que malgastar mi tiempo pensando en ti? -inquirió Jane-. ¿Escarbando en la pequeña historia de Luc Martineau?

– Cariño, no hay nada pequeño en la historia de Luc -dijo él, sonriendo.

La Jane que escribía la columna «Soltera en la ciudad» habría esgrimido una ingeniosa réplica. Bomboncito de Miel lo habría tomado de la mano y lo habría llevado hasta la habitación para la ropa blanca. Le habría desabrochado la camisa y habría posado la boca sobre su cálido pecho. Habría respirado con fuerza sobre su piel, percibiendo el olor de su caliente y fuerte cuerpo. Habría comprobado personalmente cuánto de lo que se decía de él era verdad. Pero Jane no era ninguna de esas mujeres. La Jane auténtica era demasiado inhibida y consciente de sí misma, y odiaba que el hombre capaz de dejarla sin aliento fuese el mismo que podía ver en su interior y la encontraba tan deficiente.

– ¿Jane?

Ella parpadeó.

– ¿Qué?

Él alargó la mano por encima de la mesa y rozó las puntas de sus dedos.

– ¿Te encuentras bien?

– Sí.

Luc apenas si la había rozado, pero Jane sintió que una especie de corriente eléctrica recorría la palma de su mano y le llegaba a la muñeca.

– No. Me voy a mi habitación.

El alcohol, la presencia de Luc y el agobio de los últimos cinco días formaron una mezcla que estalló en su cerebro mientras buscaba con la mirada los ascensores. Por unos segundos se sintió desorientada. En los últimos cinco días se habían alojado en tres hoteles diferentes, y de repente no conseguía recordar dónde estaban los ascensores. Miró hacia el mostrador de recepción y los localizó a la derecha. Sin pronunciar una palabra, salió del bar. Aquel encuentro no había sido nada bueno, se dijo mientras recorría el vestíbulo. Luc era tan corpulento y abiertamente masculino que la había alterado por completo. Se detuvo frente a las puertas de los ascensores; sentía que las mejillas le ardían. ¿Por qué él? No le gustaba. Sí, lo encontraba interesante, pero eso no significaba que le gustase.

Luc se acercó a ella por la espalda y apretó el botón del ascensor.

– ¿Vas arriba? -le susurró al oído.

– Sí. -Jane se preguntó cuánto tiempo debía de haber permanecido allí como una tonta antes de caer en la cuenta de que no había apretado el botón.

– ¿Has bebido? -quiso saber él.

– ¿Por qué?

– Hueles a vodka.

– Me he tomado un par de martinis mientras cenaba.

– Ah -dijo Luc al tiempo que se abrían las puertas y entraban en el ascensor-. ¿A qué planta vas?

– Tercera.

Jane se miró las botas, después desplazó la mirada hacia las zapatillas deportivas, azules y grises, de Luc. Mientras las puertas se cerraban, él se apoyó contra la pared del fondo y cruzó una pierna sobre la otra. El dobladillo de sus Levi's rozó los lazos de los cordones. Alzó la vista y recorrió sus largas piernas y sus muslos, el bulto de la entrepierna y los botones de su camisa hasta llegar a la cara. Desde los confines del ascensor, sus ojos azules la miraban fijamente.

– Me gustas con el pelo suelto.

Ella se puso un mechón de pelo tras la oreja.

– No me gusta mi pelo. No puedo dominarlo, siempre cae sobre mi cara.

– Eso no tiene nada de malo.

¿De modo que no? Como cumplido, sonaba como si le hubiese dicho «tu culo no es tan grande». Entonces, ¿por qué el cosquilleo que había sentido en la muñeca había llegado hasta su estómago? Las puertas se abrieron, evitándole el mal trago de encontrar una respuesta. Ella salió primero y él la siguió.

– ¿Cuál es tu habitación?

– La trescientos veinticinco. ¿Y la tuya?

– Yo estoy en la quinta planta.

Ella se detuvo.

– Te has equivocado de piso.

– No, no me he equivocado. -Luc la cogió por el codo con su manaza y recorrió con ella el pasillo. A través de la tela del jersey, ella sintió el calor de su palma y sus dedos-. En el vestíbulo daba la impresión de que estabas a punto de caer al suelo.

– No he bebido tanto. -Jane se habría detenido otra vez si él no hubiese seguido arrastrándola por el pasillo-. ¿Me estás escoltando hasta mi habitación?

– Sí.

Ella recordó la primera mañana, cuando él le llevó el maletín y le dijo que no estaba intentando ser amable.

– ¿Estás intentando ser amable en esta ocasión?

– No. He quedado con los chicos dentro de un rato y no quiero estar comiéndome el coco todo el rato pensando si habrás llegado o no a tu habitación.

– Eso te fastidiaría la diversión, ¿no es así?

– No, pero durante un rato no me permitiría concentrarme en Candy Peaks y sus movimientos de animadora cachonda. Candy se lo toma muy en serio, y sería una descortesía por mi parte que no le prestase toda mi atención.

– ¿Estás hablando de una de esas chicas que hacen strip-tease?

– Ellas prefieren que las llamen bailarinas.

– Ya.

Luc le sacudió el brazo.

– ¿Vas a escribir sobre eso? -preguntó.

– No, no me importa tu vida privada. -Jane sacó del bolsillo su llave magnética. Luc se la quitó de la mano y abrió la puerta antes de que ella pudiese quejarse.

– Bien. En realidad voy a encontrarme con los chicos en un bar que no queda muy lejos de aquí.

Ella alzó la vista hasta las sombras que se formaban en el rostro de Luc debido a la oscuridad de la habitación. No sabía cuál de las dos historias creer.

– ¿Por qué me cuentas eso?

– Para ver la arruga que se forma en tu frente cuando frunces el entrecejo.

Jane sacudió la cabeza cuando él le devolvió la llave.

– Nos veremos, campeona -dijo él girando sobre sus talones.