Jane observó su nuca y sus amplios hombros mientras se marchaba.
– Hasta mañana por la noche, Martineau.
Él se detuvo y la miró por encima del hombro.
– ¿Tienes pensado entrar en el vestuario?
– Por supuesto. Soy cronista deportiva y eso forma parte de mi trabajo. Como si fuese un hombre.
– Pero no lo eres.
– Pues espero que me traten como si lo fuese.
– Entonces acepta un consejo: no bajes la vista -dijo él, volviéndose de nuevo y echando a andar-. De ese modo no te sonrojarás como si fueses una mujer.
La siguiente noche, Jane se sentó en las cabinas para la prensa y presenció la batalla de los Chinooks contra los Kings de Los Ángeles. Los Chinooks salieron fuerte y metieron tres goles en los dos primeros tiempos. Daba la impresión de que Luc mantendría la portería a cero por sexta vez en la temporada, hasta que un extraño disparo chocó contra el guante del defensa Jack Lynch y pasó entre las piernas de Luc hasta alojarse en la red. Al final del tercer tiempo, el resultado era de tres a uno, y Jane dejó escapar un suspiro de alivio. Los Chinooks habían ganado.
Ella no era gafe. Al menos, no lo fue esa noche. Seguiría conservando el trabajo cuando se levantase por la mañana.
Recordó con todo detalle la primera vez que entró en el vestuario de los Chinooks, y sintió un nudo en el estómago al abrir la puerta. Los otros periodistas ya estaban entrevistando al capitán del equipo, Mark Bressler.
– Al final hemos jugado bien -dijo mientras se quitaba la camiseta-. Hemos sacado ventaja de las superioridades numéricas y hemos aprovechado nuestras ocasiones. El hielo estaba blando esta noche, pero no ha afectado nuestro juego. Vinimos aquí sabiendo lo que teníamos que hacer y lo hemos hecho.
Sin apartar la mirada del rostro de Mark, Jane se acercó con la grabadora. Sacó las notas que había tomado durante el partido y les echó un vistazo.
– Vuestra defensa les ha permitido disparar treinta y dos veces a puerta -dijo, levantando la voz para hacerse escuchar-. ¿Están intentando los Chinooks hacerse con los servicios de un defensa con experiencia antes de que se cierre el mercado de pases el 19 de marzo?
Pensó que la pregunta ponía de manifiesto que estaba informada y conocía el tema.
– Ésa es una pregunta que sólo puede responder el entrenador Nystrom -contestó Mark.
Había sido demasiado optimista.
– Has marcado tu gol trescientos noventa y ocho esta noche, ¿cómo te hace sentir eso? -preguntó. Conocía aquel detalle porque había oído hablar de ello a los reporteros de televisión en las casetas de prensa. Supuso que el capitán haría algún comentario ante aquel alagador recordatorio.
– Bien -se limitó a responder.
De nuevo había pecado de optimista.
Se volvió y se dirigió hacia Nick Grizzell, el escolta que había marcado el primer gol. Los calzoncillos de los jugadores fueron bajando uno tras otro, mostrando sus atributos, a medida que avanzaba, como si se hubiesen sincronizado. Mantuvo la mirada en alto y al frente al tiempo que ponía en marcha la grabadora y registraba las preguntas de otros periodistas. Su editor del Times ignoraría si aquellas preguntas las había formulado ella. Pero ella lo sabía, y los jugadores también.
Grizzell acababa de recuperarse de una lesión, y ella le preguntó:
– ¿Cómo te has sentido al volver al equipo y marcar el primer gol?
– Bien -respondió él, mirándola por encima del hombro y quitándose el calzoncillo.
Jane ya tenía suficiente de esa mierda.
– Estupendo -dijo-. Citaré tu declaración.
Miró hacia la taquilla que había a unos metros de distancia y vio a Luc Martineau riéndose de ella. No había ninguna posibilidad de acercarse a él y preguntarle qué le causaba tanta gracia.
Además, no tenía la menor intención de saberlo.
5. Hazlo sonar
Jane se repantigó en su asiento, se puso las gafas y estudió la pantalla del ordenador portátil. Leyó lo que había escrito hasta ese momento:
SEATTLE PONE EN JAQUE A LOS KINGS
Los Seattle Chinooks se impusieron en las seis ocasiones en que los jugadores de Los Ángeles contaron con superioridad numérica y su portero, Luc Martineau, detuvo 23 disparos a puerta. Los Chinooks terminaron imponiéndose por tres a uno. Los Kings lograron colocar un tanto en su marcador en los últimos segundos del partido, cuando un mal disparo rebotó en el guante del jugador de Seattle Jack Lynch y acabó alojado en la red de los Chinooks.
Los Chinooks jugaron con rapidez, sin miedo, imponiéndose a sus oponentes a fuerza de habilidad y coraje.
En el vestuario, lo que les gusta es intimidar a las periodistas bajándose los pantalones. Sé de una de esas periodistas a la que le gustaría darles una buena patada donde más duele.
Retrocedió con el cursor y borró el último párrafo. Sólo serían seis días, se dijo. Los jugadores eran muy supersticiosos y recelosos. Sentían que les habían impuesto su presencia, y en realidad estaban en lo cierto. Pero era el momento de aparcar esas cuestiones y hacer su trabajo.
Echó un vistazo a los jugadores, la mayoría de los cuales roncaban agotados en el avión. ¿Cómo iba a ganarse su confianza o su respeto si no hablaban con ella? ¿Cómo resolver aquel entuerto y hacer que su vida y su trabajo fuesen más sencillos?
La respuesta la obtuvo de Darby Hogue. La noche que llegaron a San José telefoneó a su habitación para decirle que algunos de los jugadores irían a un bar del centro de la ciudad.
– ¿Por qué no te vienes? -propuso.
– ¿Contigo? -dijo ella.
– Sí. Podrías ponerte algo más sexy, de ese modo los jugadores tal vez olviden que eres periodista.
Jane no llevaba nada sexy en la maleta, y aunque así fuera, no quería que los jugadores la viesen como esa clase de mujer. Necesitaba hacerles saber que debían respetarla como a cualquier otro periodista profesional.
– Dame quince minutos y nos encontramos en el vestíbulo -dijo Jane, imaginando que relacionarse con los jugadores fuera de la pista seguramente ayudaría.
Se puso unos pantalones elásticos y un jersey de lana y sus botas, todo ello negro. Era su color favorito.
Fue al lavabo y se recogió el pelo en la nuca. No le gustaba que le tapase la cara, y no quería que Luc pensase que le importaba su opinión. Se miró en el espejo y apoyó una mano en el lavabo. El pelo le cayó sobre los hombros formando oscuras y brillantes ondas y rizos.
La había llevado a su habitación. Convencido de que se encontraba mal o estaba borracha, la había acompañado para asegurarse de que llegaba sana y salva. Aquel acto de inesperada amabilidad afectó a Jane más de lo que cabría esperar, sobre todo porque lo había hecho, en realidad, para disfrutar de su velada en el local de strip-tease. Aquel sencillo gesto la había impresionado, sin importar si deseaba que la impresionasen o no.
Incluso siendo tan estúpida como para caer rendida ante un hombre como Luc, con todas las posibles repercusiones emocionales y profesionales que ello entrañaría, él jamás se sentiría atraído por una mujer como Jane. Y no era porque ella pensase que no era lo suficientemente atractiva o interesante. Pero era realista. Ken conectaba con Barbie. Brad se había casado con Jennifer y Mick salía con supermodelos. Así era la vida. La vida real, y ella nunca había sido una mujer preparada para soportar los dolores que ocasiona un corazón roto. Nunca había querido ser una de esas mujeres a las que se puede dejar atrás cuando acaba la relación. Siempre se había ido ella primero. Dolía menos. Tal vez Caroline estuviera en lo cierto respecto a ella. Pensó en sus palabras y sacudió la cabeza. Caroline veía demasiada televisión.
Cogió el cepillo una vez más y se peinó hacia atrás. Se puso crema de cacao en los labios, cogió el bolso y fue a encontrarse con Darby en el vestíbulo. En cuanto lo vio, casi echó a correr en la dirección contraria. Jane sabía que ella no era una diosa de la moda, pero tampoco intentaba serlo. Darby, por su parte, no era un dios de la moda, pero sí intentaba serlo. Lo que sucedía era que los resultados no eran nada afortunados.