Выбрать главу

Aquella tarde llevaba unos pantalones de cuero negros y una camisa de seda estampada con llamas y calaveras púrpura. Los pantalones de cuero eran un grave error para cualquier hombre que no fuese Lenny Kravitz, pero dudaba que ni siquiera éste se atreviera a ponerse aquella camisa. Al mirarlo, Jane comprendió por qué los jugadores de los Chinooks dudaban sobre la orientación sexual de Darby.

Tomaron un taxi desde el hotel al local Big Buddy's, un pequeño bar más allá del centro de la ciudad. Anochecía y el viento arrastraba gotas de lluvia y algo de polvo. Al apearse, Jane vio la puerta de un local y, encima de ella, un cartel que rezaba «Tenemos las mejores costillas». Se preguntó por qué los Chinooks habrían escogido aquel antro.

Dentro del local, había un televisor prácticamente en cada rincón y, tras la barra, un cartel de neón rojo y negro de Budweiser. Una tira de lucecitas de colores seguía colgada del espejo desde Navidad. Olía a tabaco y alcohol rancio, a salsa barbacoa y carne asada. Jane sintió asco.

Sabía que si la veían con Darby corría el riesgo de añadir leña al fuego del rumor según el cual eran amantes, pero también suponía que no había nada que pudiese hacer al respecto para evitarlo. Se preguntó qué era peor, que la considerasen la amante de un tipo que vestía como un macarra o la mantenida de Virgil Duffy, un hombre lo bastante mayor para ser su abuelo.

Oyó el tintinear de las máquinas del millón y vio a varios integrantes de los Chinooks jugando a hockey de mesa en un rincón. Otros cinco estaban sentados a la barra, mirando el partido de los Rangers y los Devils. Otra media docena rodeaba una mesa ante jarras de cerveza, cuencos vacíos de ensalada y pilas de costillas roídas.

– ¡Eh, chicos! -gritó Darby. Al oír su voz todos se volvieron hacia Darby y Jane.

Los Chinooks parecían cavernícolas después de darse un festín con un lanudo mamut, pues daban la impresión de estar llenos, contentos y relajados. Pero no pareció causarles mucha ilusión el ver a Darby, y menos a ella.

– Jane y yo hemos venido a tomar unas cervezas -prosiguió al tiempo que apartaba una silla para Jane, que se sentó junto a Bruce Fish y frente al novato de la rubia cresta de mohicano. Darby se sentó a su izquierda, en la cabecera de la mesa. Las rojas llamas y las calaveras color púrpura de su camisa brillaron bajo la tenue iluminación.

Una camarera que llevaba una ajustada camiseta con el nombre del local, Big Buddy, dejó dos servilletas sobre la mesa y tomó nota del pedido de Darby. En cuanto éste pronunció la palabra «Coronita», le preguntó si era mayor de edad. Darby le enseñó a regañadientes su carnet de conducir.

– Es falso -dijo uno de los Chinooks-. Sólo tiene doce años.

– Soy mayor que tú, Peluso -replicó Darby, guardando el documentó en la billetera.

La camarera se volvió hacia Jane.

– Apuesto a que pide un margarita -cuchicheó Fishy.

– O una copa de vino -apuntó alguien.

– Un zumo de frutas -aventuró otro.

Jane alzó la vista hacia el rostro de la camarera.

– ¿Tenéis ginebra Bombay Shapphire? -preguntó.

– Claro.

– Estupendo. Pues tomaré un dry martini, y con tres olivas, por favor. -Observó las caras vueltas hacia ella-. Me encantan las olivas -añadió con una sonrisa.

Bruce Fish soltó una carcajada.

– ¿No prefieres un Bloody Mary? Lo digo por el apio.

Jane hizo una mueca y negó con la cabeza.

– No me gusta el jugo de tomate.

Miró en dirección a Daniel Holstrom. Las luces de la barra le daban un tono rosado a su cresta rubia de mohicano. Se preguntó si aquel joven novato habría alcanzado la mayoría de edad. Tenía sus dudas.

Se presentaron dos camareras más, enfundadas en sus correspondientes camisetas ceñidas, para limpiar la mesa. Jane esperaba algún que otro piropo subido de tono, pues los jugadores de hockey eran conocidos por su rudo comportamiento con las mujeres, pero no dijeron nada aparte de algunos agradecimientos. La conversación se desarrolló alrededor de Jane, y no hablaron de nada más significativo ni más impresionante que el tiempo o la última película que habían visto. Se preguntó si se habrían propuesto aburrirla. Sospechaba que quizá se tratara de eso, y podía decir que lo más interesante hasta el momento había sido el reflejo de la luz en el pelo de Daniel.

Bruce, que captó el interés de Jane por la cresta del jugador sueco, le preguntó:

– ¿Qué te parece el peinado que lleva?

Jane creyó percibir que Daniel se ruborizaba levemente.

– Me gustan los hombres lo bastante seguros de su propia masculinidad para no importarles ser diferentes.

– No tuvo otra alternativa -explicó Darby al tiempo que llegaban su cerveza y el martini de Jane-. Es nuevo en el equipo, y todos los recién llegados tienen que pasar por una ceremonia de iniciación.

El joven asintió como si se tratase de algo completamente lógico.

– En mi primer año -prosiguió Darby-, llenaron mi coche con su ropa sucia.

Todos en torno de la mesa se echaron a reír.

– Mi primera temporada fue con los Rangers. Me raparon la cabeza y metieron mis suspensorios en la máquina de hielo -confesó Peter Peluso.

Bruce tomó aliento, y Jane supuso que podría haber puesto una protectora mano sobre su entrepierna si no hubiese estado sentado a su lado.

– Eso sí que es duro -dijo-. Mi año de novato lo pasé en Toronto, y me sacaron a la calle en ropa interior un montón de veces. Os aseguro que sé lo que es pasar frío. -Tiritó para enfatizar su afirmación.

– Vaya -dijo Jane bebiendo un sorbo de su bebida-. Me siento afortunada de que sólo me dejaseis un ratón muerto delante de la puerta y me llamaseis durante toda la noche.

Unas cuantas miradas culpables se posaron en ella por un instante.

– ¿Cómo está Taylor Lee? -le preguntó a Fishy, decidida a quitar hierro al asunto… por el momento. Tal como imaginó, él se lanzó a relatar los más recientes logros de su hija de dos años, que incluían el aprender a ir al lavabo y a repetir la conversación telefónica que había mantenido con la pequeña esa misma tarde.

Jane había leído un poco sobre Bruce. Sabía que había pasado por un desagradable divorcio, lo cual no le sorprendió. Una vez que conocía un retazo de sus vidas, suponía que debía de ser difícil mantener una familia unida pasando tanto tiempo de viaje, sobre todo si se tenía en cuenta las prostitutas que frecuentaban los bares de los hoteles.

Al principio Jane no se había percatado de su presencia, pero no le llevó mucho tiempo identificarlas. Solían llevar vestidos ceñidos, cortos y escotados, y todas tenían esa mirada típica de come hombres.

– ¿Alguien quiere jugar a los dardos? -preguntó Rob Sutter acercándose a la mesa.

Antes de que nadie respondiese, Jane ya se había puesto en pie.

– Yo -respondió, y por el gesto que se dibujó en la cara de Martillo quedó claro que no había contado con ella.

– No esperes que te deje ganar -dijo él.

Apostar con los dardos le había permitido a Jane acabar la universidad. No esperaba que nadie la dejase ganar.

– ¿No vas a ponérselo fácil a una chica? -dijo al tiempo que cogía la copa.

– Yo no le doy cuartel a ninguna mujer.

Ella cogió los tres dardos con la mano libre y cruzó el bar. Martillo no lo sabía, pero iba a sufrir un gran varapalo que se había ganado a pulso.

– Al menos me explicarás las reglas, ¿no?

Él le explicó cómo jugar al 501. Ella, por descontado, ya lo sabía, pero preguntó como si no tuviese ni idea, y él fue lo bastante magnánimo para dejarla empezar.

– Gracias -dijo Jane al tiempo que dejaba el martini en una mesa cercana y se acercaba a la línea. La diana colgaba de la pared a unos dos metros de distancia. Hizo rodar el dardo entre los dedos cogiéndolo del cañón, comprobando su peso. Era de una marca barata. Ella prefería los que estaban fabricados con un noventa y ocho por ciento de tungsteno, con asta de aluminio y voladores Ribtex. La diferencia entre los dardos de baja calidad como el que tenía entre las manos y los que ella poseía era la que puede haber entre un Ford Taurus y un Ferrari.