Se colocó en la línea, agarró mal el dardo adrede y se dispuso a tirar. En el último segundo se detuvo.
– ¿No soléis apostar con estas cosas?
– Sí, pero no quiero sacarte el dinero. -Rob la miró y sonrió como si hubiese dicho algo muy divertido-. Pero podemos jugarnos las bebidas. El que pierda tiene que pagar las cervezas de todos.
Ella esbozó una mueca de preocupación.
– Oh. Vaya. Bueno, sólo llevo cincuenta dólares. ¿Crees que alcanzará?
– Debería ser suficiente -respondió él con la arrogancia propia de un hombre seguro de su éxito.
Durante la siguiente media hora, Jane dejó que creyese que la victoria era suya. Unos cuantos jugadores los rodearon mirando y molestando, pero cuando Rob le llevaba doscientos puntos de ventaja y empezaba a sentir compasión por ella, Jane decidió que ya estaba bien y ganó cuatro tandas seguidas. Los dardos eran una cosa seria, y ella supo disfrutar seriamente dándole una paliza a Martillo.
– ¿Dónde aprendiste a jugar así? -le preguntó él.
– La suerte de los principiantes -respondió ella, vaciando su copa de un trago-. ¿Quién es el siguiente?
– Yo jugaré. -Luc dio un paso al frente y cogió los dados de Rob. La luz de la barra proyectaba sombras sobre sus anchos hombros y un lado de su cara. Su cabello húmedo brillaba.
– Oye Luc, que es una profesional -le advirtió Rob.
– ¿De verdad? -Luc esbozó una media sonrisa-. ¿Eres una profesional, campeona?
– El hecho de que le haya ganado a Martillo, ¿me convierte automáticamente en una profesional?
– No. Le has dejado creer a Rob que iba a ganar y después lo has apabullado. Eso sí te convierte en una profesional.
Jane intentó no sonreír, pero no pudo evitarlo.
– ¿Tienes miedo? -preguntó.
– No mucho. -Luc meneó la cabeza y un par de mechones rubios cayeron sobre su frente-. ¿Preparada?
– No lo sé -respondió Jane-. No tienes mucho espíritu deportivo.
– ¿Yo? -Luc se llevó una mano al pecho.
– Te he visto golpear los postes cuando te marcan un gol.
– Sólo soy competitivo. -Dejó caer la mano a un lado.
– Claro. -Jane inclinó la cabeza y lo miró fijamente a los ojos, cuyo azul apenas resultaba perceptible en la semipenumbra del bar-. ¿Crees que podrías soportar perder?
– No tengo la intención de perder. -Luc se dirigió hacia la línea-. Las damas primero.
Cuando de dardos se trataba, Jane no tenía compasión, y no sólo era competitiva, sino que carecía por completo de espíritu deportivo. Si quería que ella tirase primero, no pensaba negarse.
– ¿Cuánto dinero quieres apostar?
– Pongo mis cincuenta contra tus cincuenta.
– Muy bien. -Jane consiguió un doble con su primer tiro y anotó sesenta puntos en su primera tanda.
Luc, cuyo primer dardo rebotó contra la diana, no obtuvo un doble hasta el tercer tiro.
– Vaya mierda -masculló.
Con el entrecejo fruncido, caminó hasta la diana y sacó los dardos. Bajo el foco de luz, estudió los voladores y las puntas.
– Están flojos -dijo. Miró a Jane por encima del hombro y añadió-: Déjame ver los tuyos.
Ella dudaba que sus dardos estuviesen mejor, y caminó hasta él.
– Las tuyas no están tan romas como las mías -dijo Luc mientras comprobaba las puntas con el pulgar.
Estaba tan cerca, que si Jane se hubiese inclinado un poco se habrían tocado con la frente.
– Bien -dijo ella, intentando que su voz sonase más o menos normal, como si el perfume de Luc no la aturdiese-. Quédate con los tres que quieras, y yo me quedaré con los otros.
– No. Usaremos los mismos dardos. -La miró fijamente-. De ese modo, cuando te gane no podrás llorar.
Ella clavó sus ojos en él; su proximidad hacía que el corazón le latiese con fuerza.
– No he sido yo la que ha hecho rebotar un dardo contra la diana en el primer tiro y después he culpado al estado de las puntas.
Mientras a ella el corazón le latía desbocado, él parecía totalmente frío. Jane dio un paso atrás y puso algo de distancia entre Luc y su estúpida reacción.
– Y bien, ¿piensas pasarte toda la noche hablando, Martineau -añadió-, o me vas a permitir que te patee el culo?
– Lo de los dardos te hacer sentir importante, ¿eh? -dijo él, entregándole los dardos que consideraba en mejor estado-. Creo que tienes uno de esos complejos típicos de las chicas bajitas -agregó, y fue a unirse a un grupo de compañeros que estaban sentados en una mesa un tanto alejada.
Jane se encogió de hombros como si dijese: «Sí, ¿y qué?», y caminó hasta la línea. Con los pies perfectamente afirmados en el suelo y la muñeca suelta y relajada, lanzó y obtuvo un doble, un triple y un sencillo. Luc caminó hasta la línea al tiempo que ella retiraba los dardos de la diana.
– Tienes razón -dijo Jane dirigiéndose hacia él-, éstos son mucho mejores. -Se los entregó-. Gracias.
Luc cerró su mano sobre la de ella, presionando los dardos contra su palma.
– ¿Dónde aprendiste a tirar así?
– En un pequeño bar cerca de la universidad de Washington. -Jane sentía el calor de la mano de Luc-. Iba allí por las noches para pagarme los estudios. -Intentó soltarse, pero él apretó con más fuerza y los mangos de los dardos se clavaron en su piel.
– ¿No había por allí bares de strip-tease?
Luc finalmente la soltó y ella dio un paso atrás.
– No, eso está al otro lado del lago yendo desde la universidad -respondió Jane, aunque imaginó que él sabía exactamente dónde había bares de ésos.
Luc estaba intentando ponerla nerviosa, y no lo había conseguido hasta que se acercó a ella y le dijo al oído:
– ¿Trabajabas en uno de esos bares?
A pesar del calor que sintió en la nuca, se las apañó para responder, si no como Bomboncito de Miel, sí con la suficiente frialdad.
– Creo que es más correcto decir que mi tipo no era el adecuado para trabajar en uno de esos locales.
Él bajó la voz, acariciándole la mejilla con su cálido aliento al preguntarle:
– ¿Y eso por qué?
– Los dos sabemos por qué.
Él dio un paso atrás y le miró la boca antes de ascender lentamente hasta los ojos.
– ¿No vestías del color adecuado?
– No.
– ¿No te gustan las minifaldas?
– No era la clase de chica que buscan para eso.
– No me lo creo. Sé por experiencia que también buscan chicas menudas. Yo las he visto. -Hizo una pausa y añadió-: Aunque, por supuesto, eso fue en Singapur.
– ¿Estás intentando ponerme nerviosa para ganar la partida?
Luc entornó los ojos.
– ¿Estoy consiguiéndolo?
– No -mintió ella y caminó hasta el lugar donde estaban los jugadores-. ¿Vais a acabaros las cervezas o no?
Rob le dio una palmadita en la cabeza.
– Por supuesto, Tiburoncito.
¿Tiburoncito? Bueno, se había ganado un apodo, y debía de ser mejor del que sin duda utilizaban cuando ella no estaba delante. Y le había dado una palmadita en la cabeza como si de un perro se tratase. «Voy progresando», pensó mientras miraba a Luc levantar la mano, lanzar el dardo y clavarlo en el centro mismo de la diana.
– A Luc le molesta más perder que a cualquier otra persona que conozca -le dijo Bruce.
– Tal vez no le ganes -le advirtió Peter-. Tal vez le dé la vuelta al marcador.
– Olvidadlo, chicos. -Jane meneó la cabeza mientras Luc clavaba el segundo dardo fuera del área de puntuación y maldecía como todo un jugador de hockey.