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Luc se santiguó, pero cuando se llevaban jugados diez minutos del primer tiempo, la suerte le abandonó por completo. El extremo derecho de los Sharks, Teemu Selanne, anotó un tanto. Fue un gol fácil. Luc debería haberlo detenido. Todo el equipo acusó el golpe.

Cuando terminó el primer tiempo, dos jugadores de los Chinooks necesitaron puntos de sutura, y Luc había encajado cuatro goles. Dos minutos después de haber dado comienzo el segundo tiempo, Grizzell recibió un tremendo topetazo en mitad de la pista. Cayó al suelo y no se levantó. Tuvieron que sacarlo en camilla. Al cabo de diez minutos, Luc no bloqueó bien el disco con su guante y el quinto gol de los Sharks subió al marcador. El entrenador Nystrom reemplazó a Luc por el segundo portero del equipo.

El espacio que separa la portería del banquillo es el camino más largo en la vida de un guardameta. Todo portero ha tenido alguna vez una mala noche, pero para Luc Martineau era más que eso. Había tenido demasiadas noches malas durante la temporada que había jugado en Detroit como para no sentir sobre su cabeza el hacha del verdugo. Se había desconcentrado, sentía que había perdido la sincronización. A pesar de ver la jugada antes de que tuviese lugar, actuaba un segundo después. ¿Qué le pasaba? ¿Era el primer partido malo de un descenso en picado? ¿Un golpe de mala suerte o una tendencia? ¿El principio del fin?

Una aprensión y un miedo real que jamás se había atrevido a admitir ocuparon su pecho y recorrió su nuca. Lo sintió al tiempo que se sentaba el banquillo para ver el resto del partido desde allí.

– Todo el mundo tiene una noche mala -le dijo el entrenado Nystrom en el vestuario-. Roy la tuvo el mes pasado. No te preocupes, Luc.

– Ninguno de nosotros ha jugado como debía esta noche -le dijo Sutter.

– Deberíamos haber jugado mejor para ti -apuntó Bressler-. A veces olvidamos protegerte.

Luc, sin embargo, no se libraría de su frustación con tanta facilidad. Nunca había culpado a nadie, era el responsable último de cómo jugaba.

Cuando el avión despegó de San Francisco, se sentó en la cabina a oscuras reviviendo su pasado, y no precisamente los mejores momentos. El terrible dolor de las rodillas, las operaciones y los meses de rehabilitación. Su adicción a los tranquilizantes y los horrorosos dolores corporales y las náuseas que sintió cuando dejó de tomarlos. Y, en última instancia, su incapacidad para jugar a lo que más quería.

El fracaso susurró en su oído camino de casa, diciéndole que había perdido el norte. El resplandor de la pantalla del ordenador portátil de Jane Alcott y el sonido de las teclas le aseguraron que todo el mundo lo sabría en breve. En la sección deportiva del periódico podría leer la crónica de su desastrosa noche.

En el aeropuerto de Seattle, Luc se dirigió al aparcamiento para estancias de larga duración y le echó un vistazo a Jane, que cargaba sus pertenencias en un Honda Prelude. Ella le miró al pasar, pero ninguno de los dos dijo nada. Ella no parecía necesitar que la ayudase con las maletas, y él no tenía nada que decirle al ángel de la muerte y la oscuridad.

Las primeras gotas de lluvia mojaron el parabrisas de su Land Cruiser mientras recorría los cuarenta y cinco minutos que lo separaban del centro de Seattle. Nunca había vuelto tan triste a casa.

La luz de la luna atravesaba las altas ventanas del comedor mientras él se movía por su apartamento. Había quedado encendida una luz, que iluminaba directamente un paquete de FedEx que reposaba sobre la encimera. Llegó a su dormitorio y encendió la luz. Dejó la puerta entreabierta y dejó su bolsa en el suelo junto a la cama. Se quitó la chaqueta y la colgó en el armario. Desharía la maleta al día siguiente. Se encontraba cansado, aliviado de haber llegado a casa, y no deseaba otra cosa que tumbarse en la cama.

Estaba aflojándose el nudo de la corbata justo cuando Marie llamó a la puerta y la abrió. Llevaba pantalones de pijama y una camiseta de Britney Spears. Parecía que tuviese diez años.

– ¿Sabes qué, Luc?

– Eh, hola. -Luc miró su reloj. Era más de medianoche; ¿por qué no podía esperar a la mañana siguiente? Se preguntó si Marie habría seguido ausentándose del colegio desde que habían hablado la última vez. Temía incluso averiguarlo-. ¿Qué pasa?

Abrió mucho sus ojos azules y sonrió.

– Quería preguntarte sobre el baile -dijo ella con una amplia sonrisa y los ojos muy abiertos.

– ¿Qué baile?

– El baile de la escuela.

Luc se acordó del sobre de FedEx que estaba en la cocina. Se encargaría de él al día siguiente.

– ¿Cuándo es?

– Dentro de unas semanas.

Tal vez dentro de unas semanas ella ya no viviese allí. Pero no tenía por qué saberlo en aquel instante.

– ¿Quién te ha pedido que vayas con él?

Abrió incluso un poco más los ojos y se alejó de él dentro de la habitación.

– Zack Anderson. Está en el último curso.

Mierda.

– ¡Toca en una banda! -añadió Marie-. Lleva un aro en el labio y tiene piercings en la nariz y en las cejas. También tiene tatuajes. ¡Es una pasada!

Mierda. Mierda. Luc no tenía nada contra los tatuajes, pero los piercings eran algo muy distinto. Dios bendito.

– ¿En qué banda toca?

– Los Tornillos Lentos.

Genial.

– Tengo que comprarme un vestido. Y unos zapatos. -Marie se sentó en el borde de la cama y juntó las manos entre las rodillas-. La señora Jackson dijo que me llevaría de compras. -Lo miró con expresión de súplica-. Pero es muy vieja.

– Yo soy un tío, Marie; no tengo ni idea de comprar vestidos para bailes de fin de curso.

– Pero tienes un montón de novias. Sabes mucho de vestidos bonitos.

Para mujeres. No para niñas. Y mucho menos para su hermana, sobre todo si era para ir a un baile al que probablemente no acudiría. Incluso en caso de acudir, no iría con el tal Zack de los Tornillos Flojos o como se llamase. El tipo con el aro en el labio y el piercing en la nariz.

– Nunca he tenido una cita -confesó Marie.

Luc dejó caer las manos a los lados y la miró detenidamente. Observó que sus cejas parecían demasiado espesas y su pelo parecía un poco seco. Saltaba a la vista que necesitaba una madre. Una mujer que le echase una mano. No a alguien como él.

– ¿Cómo les gusta a los chicos que vistan las chicas? -preguntó.

«Lo más corto posible», pensó Luc.

– Manga larga. Pensamos que las mangas largas y los cuellos de cisne están muy bien. Y los vestidos largos, para que no podamos acercarnos demasiado.

Ella se echó a reír.

– Venga, en serio.

– Te juro por Dios que sí, Marie -dijo él. Se quitó la corbata y la dejó en la mesilla de noche-. No nos gusta que enseñen demasiada piel. Nos gusta que vistan como si fueran monjas.

– Ahora sé que estás mintiendo.

Volvió a reír y él pensó que era vergonzoso que no la conociese mejor. Era su único pariente y no sabía nada de ella. Y cabía la posibilidad de que no llegase a conocerla mejor. Una parte de sí mismo deseaba que las cosas fuesen diferentes. Deseaba pasar más tiempo en casa, y saber qué era lo que Marie necesitaba.

– Mañana después de clase te daré mi tarjeta de crédito. -Luc se sentó junto a ella y se desató los zapatos-. Compra lo que necesites y yo le echaré un vistazo cuando lo traigas a casa.

Marie se puso en pie, se encogió de hombros e hizo un mohín con los labios.

– De acuerdo -dijo, y se fue a la habitación.

Joder, iba a hacerla enfadar otra vez. Pero ¿realmente esperaba ella que él la acompañase a comprar un vestido para el baile de fin de curso? ¿Como si fuese su novia? ¿Cómo podría enfadarse por algo así? Ni siquiera le gustaba ir de compras con mujeres de su misma edad.

6. Apestada

Cuando Jane por fin se obligó a salir de la cama a la mañana siguiente, se puso unas bragas y un sujetador viejos y un chándal y llevó la ropa sucia a la lavandería. Mientras esperaba a que se hiciese la colada, abrió un ejemplar de la revista People y se puso a leer.