No tenía que ir a ninguna parte ese día. No tenía que redactar ningún artículo con urgencia. No tenía que hacer nada relacionado con su trabajo hasta el partido de la noche siguiente. Compró una Coca-Cola en la máquina expendedora, se sentó en una silla de plástico, y disfrutó del mundano placer de observar cómo funcionaba la secadora. Extrajo la sección inmobiliaria del periódico local y estudió las casas en venta. Gracias a los ingresos suplementarios de las crónicas de hockey, había calculado que cuando llegase el verano habría ahorrado el dinero suficiente para pagar el veinte por ciento del precio de una casa, pero cuanto más buscaba más decepcionada se sentía. Con doscientos mil dólares no se podía comprar gran cosa.
De camino a casa se detuvo en el supermercado para comprar la comida de la semana. Era su día libre, pero al siguiente los Chinooks se enfrentaban con los Chicago Blackhawks en el Key Arena. Jugaban en casa los jueves, sábados, lunes y miércoles por la noche. Tres días después de ese ultimo partido, volverían a salir de viaje. De vuelta al avión. De vuelta a los autobuses y a dormir en hoteles.
Escribir la crónica de la derrota de los Chinooks por seis a cuatro contra los Sharks fue una de las cosas más duras con las que había tenido que lidiar en su vida. Después de conversar y jugar a los dardos con los jugadores, se sentía como una traidora, pero tenía que cumplir con su trabajo.
Y Luc… Verlo encajar seis tantos había sido tan desagradable como verlo sentado en el banquillo. Mirando fijamente hacia delante, con el rostro inexpresivo… Se sintió mal por él. Y se sintió mal porque tenía que ser la que contase los detalles de lo ocurrido; pero, de nuevo, era su trabajo, y lo hizo.
Cuando llegó a casa, había un mensaje de Leonard Callaway en el contestador pidiéndole que se encontrasen a la mañana siguiente en su oficina del Times. Jane pensó que aquel mensaje no presagiaba nada bueno respecto a su trabajo como cronista deportiva.
Y estaba en lo cierto. La despidió.
– Hemos decidido que lo más conveniente es que no sigas cubriendo los partidos de los Chinooks. Jeff Noonan lo hará en lugar de Chris -dijo Leonard.
Estaban echándola y dándole su puesto al acosador andante.
– ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
– Será mejor que no entremos en eso.
Los Chinooks no habían jugado los mejores partidos de la temporada la última semana, por no hablar del espectacular bajón de Luc.
– Creen que soy gafe, ¿verdad?
– Creemos que es una posibilidad.
Adiós a su oportunidad de escribir un artículo importante. Adiós veinte por ciento de su nueva casa. Y todo porque algunos estúpidos jugadores de hockey pensaban que les daba mala suerte. Bueno, no podía decir que no se lo hubiesen advertido o que no se lo esperara, en cierta medida. Aun así, haber estado sobre aviso no hacía que resultase más fácil asimilarlo.
– ¿Cuáles son los jugadores que creen que les doy mala suerte? ¿ Martineau?
– No entremos en eso -insistió Leonard, pero no lo negó.
Su silencio la hirió más de lo que debería haberlo hecho. Luc no significaba nada para ella y, sin duda, ella no significaba nada para él. Menos que nada. Él siempre se había negado a que viajase con el equipo, en primer lugar, y Jane estaba segura de que era él quien estaba tras su despido. Esbozó una sonrisa a pesar de que lo que deseaba era gritar o patalear o acusar a su jefe de despido improcedente o sexismo o… o… cualquier otra cosa. Tal vez incluso tuviera caso. Pero «tal vez» no constituía una garantía lo bastante buena, y hacía tiempo que sabía que no había que ir quemando puentes. Aún le quedaba la columna «Soltera en la ciudad» en el Times.
– Bueno, gracias por haberme dado la oportunidad de escribir crónicas deportivas -le dijo a Leonard estrechándole la mano-. Viajar con los Chinooks ha sido una experiencia que jamás olvidaré.
Siguió con la sonrisa puesta hasta que salió del edificio. Estaba tan enfadada que tenía ganas de pegar a alguien. Alguien con ojos azules y una herradura tatuada justo encima de sus partes íntimas.
Se sentía traicionada. Había llegado a pensar que estaba haciendo progresos, pero los jugadores le habían dado la espalda. Quizá si no les hubiese ganado a los dardos, si no hubiese hablado con ellos a su estilo, y si ellos no la hubiesen apodado Tiburoncito no se sentiría tan traicionada. Pero así era cómo se sentía. Incluso se había sentido mal haciendo su trabajo, relatando los acontecimientos del último partido. ¿Así era como se lo pagaban? Deseaba que todos sufrieran los efectos de una epidemia de pie de atleta. Al mismo tiempo.
Durante los dos días siguientes, no salió de su apartamento. Se sentía tan deprimida que limpió todos los armarios. Mientras blanqueaba el lavabo, subió el volumen del televisor y sólo se sintió un poco afectada cuando oyó que los Chinooks habían perdido con los Blackhawks por cuatro a tres.
¿A quién culparían esta vez?
Al tercer día, su enfado no había disminuido, y sabía que sólo existía un modo de librarse de él. Tenía que encararse con los jugadores si quería recuperar su dignidad.
Sabía que estarían en el Key Arena, patinando un poco antes del partido, así que, sin pensárselo dos veces, se puso unos vaqueros y un jersey negro y condujo hasta Seattle.
Entró por el entresuelo y su mirada se dirigió directamente hacia la portería vacía. Sólo había unos pocos jugadores entrenando. Con un nudo en el estómago, Jane bajó las escaleras y se encaminó hacia el vestuario.
– Hola, Fishy -dijo cuando se cruzó con él en el túnel de vestuarios. Estaba calentando la pala de su stick con un soplete.
Él alzó la vista y apagó el soplete.
– ¿Están los chicos en el vestuario? -preguntó Jane.
– La mayoría, sí.
– ¿Está Luc?
– No lo sé, pero no le gusta hablar con nadie los días de partido.
Peor para él. Las suelas de sus botas chirriaron sobre las losetas de goma del pasillo y las cabezas se volvieron hacia ella en el momento en que entró en el vestuario. Alzó una mano.
– Dejaos los calzoncillos puestos -dijo mientras se dirigía al centro de aquella habitación llena de hombres semidesnudos-. Sólo voy a ocupar unos minutos de vuestro tiempo, y prefiero que no sincronicéis vuestra bajada de calzoncillos.
Los miró uno por uno, echó los hombros hacia atrás y mantuvo la cabeza alta. No vio a Luc. El maldito cabrón tal vez se había escondido.
– Estoy convencida de que ya sabréis que no voy a cubrir más los partidos de los Chinooks, y me gustaría que supieseis que jamás olvidaré el tiempo que hemos pasado juntos. Viajar con vosotros, muchachos, ha sido… muy interesante. -Se acercó al capitán Mark Bressler y le dio la mano-. Buena suerte para el partido de esta noche, Asesino.
Él la miró durante unos segundos; parecía como si Jane hubiese puesto un poco nervioso a aquel central de más de cien kilos de peso.
– Gracias -dijo él finalmente correspondiendo al apretón de manos-. ¿Verás el partido aquí?
– No. Tengo otros planes -respondió Jane.
Se volvió para mirar al resto de jugadores una vez más.
– Adiós, buena suerte, y espero que este año ganéis la liga.
Sonrió, dio media vuelta y salió. Lo había hecho, se dijo mientras recorría el pasillo. No la habían hecho irse con el rabo entre las piernas. Les había demostrado que tenía clase y dignidad y que era capaz de ser magnánima.
Deseó que todos sintiesen remordimientos de conciencia. Auténticos remordimientos de conciencia. Observó las baldosas de goma mientras recorría el túnel de vestuarios, pero se detuvo un segundo cuando se encontró de frente un pecho de esculturales músculos, unos marcados abdominales y una herradura tatuada justo por encima de los calzoncillos. Era Luc Martineau. La mirada de Jane ascendió por el pecho, la mandíbula y la boca, hasta alcanzar la profunda sensualidad de su labio superior, llegando a su recta nariz y sus hermosos ojos azules, que la miraban fijamente.