– ¡Tú! -exclamó ella.
Él enarcó lentamente una ceja al tiempo que Jane explotaba.
– Tú eres el culpable -dijo Jane-. Sé que has sido tú. Supongo que no te importaba que yo necesitase el trabajo. Tú la cagas en la portería y a mí me despiden. -Sintió que le ardían los ojos y eso la enardeció aún más- ¿A quién culpasteis por la última derrota? Y si hoy perdéis, ¿a quién vais a culpar? Tú… tú… -tartamudeó.
La parte racional de su cerebro le dijo que cerrase la boca, que lo dejase mientras pudiese. Que siguiese caminando y dejase atrás a Luc ahora que aún conservaba su dignidad. Lo malo era que ya había ido demasiado lejos como para escuchar a la parte racional de su cerebro.
– ¿Le llamaste pedazo de tonto? -le preguntó Caroline esa misma noche mientras las dos estaban sentadas en el sofá de Jane observando las llamas de la chimenea de gas tras los falsos troncos-. ¿Por qué no te soltaste la melena y le llamaste cabeza de chorlito también?
Jane gruñó. Habían pasado unas cuantas horas, pero seguía retorciéndose de vergüenza.
– Déjalo ya -suplicó subiéndose las gafas sobre el puente de la nariz-. El único consuelo que me queda es que nunca más volveré a ver a Luc Martineau.
Pero ni siquiera había pensado que pudiese olvidar el modo en que él había reaccionado: una especie de azoramiento seguido de risas. Jane había querido morirse en ese mismo instante, pero no podía culparle por haberse reído de ella. Probablemente no le habían llamado pedazo de tonto desde la escuela primaria.
– Qué mierda -dijo Caroline antes de llevarse la copa de vino a los labios. Había recogido su brillante pelo rubio en una perfecta cola de caballo y, como siempre, estaba preciosa-. Había pensado que podrías presentarme a Rob Sutter.
– ¿Martillo? -Jane meneó la cabeza y bebió un trago de su gin-tonic-. Siempre tiene la nariz rota y algún ojo morado.
Caroline sonrió con expresión ensoñadora.
– Lo sé -dijo.
– Está casado y tiene una hija.
– Hummm, bueno, a algún soltero, entonces.
– Pensaba que salías con alguien.
– Así es, pero no va a funcionar.
– ¿Por qué?
– No lo sé -respondió Caroline con un suspiro, y dejó la copa de vino sobre la mesita de café-. Lenny es guapo y rico, pero taaaaaan aburrido.
Lo cual significaba que debía de ser bastante normal. Caroline tenía un talento natural para engrandecer cualquier mínimo defecto.
– ¿Quieres que veamos el partido? -preguntó Caroline.
Jane negó con la cabeza.
– Qué va.
Le tentaba la idea de pasar los canales con el mando a distancia y ver cómo iba el marcador. Pero eso sólo haría que las cosas empeorasen.
– Tal vez pierdan los Chinooks. Eso quizá te haría sentir mejor.
En absoluto.
– No. -Jane apoyó la cabeza en el sofá tapizado con motivos florales-. No quiero volver a ver un partido de hockey nunca más.
Pero no era cierto. Quería estar en las cabinas de prensa u ocupando un asiento cerca de la acción. Quería sentir la energía, presenciar un partido, la lucha en las esquinas, o a Luc efectuando una parada perfecta.
– Justo cuando creía que estaba haciendo progresos con los chicos del equipo, me dan una patada en el culo. Les gané a Rob y a Luc jugando a los dardos, y se metieron conmigo diciendo que llevaba gafas de lesbiana. Y esa noche ya no me llamaron por teléfono. Sé que no éramos amigos, pero pensé que estaban empezando a confiar en mí y a aceptarme. -Recapacitó durante unos segundos y añadió-: Son unos energúmenos.
Caroline le echó un vistazo a su reloj.
– Llevo aquí un cuarto de hora y todavía no me has hablado de lo que realmente importa.
Jane no tuvo que preguntarle a su amiga a qué se refería. Conocía muy bien a Caroline.
– Creía que habías venido a apoyarme, pero lo único que quieres es que te cuente historias del vestuario.
– He venido para apoyarte… -Se volvió hacia Jane y extendió un brazo sobre el respaldo del sofá-. Más tarde.
Ya no debía a los jugadores ninguna clase de lealtad, y además tampoco iba a escribir un libro sobre ellos.
– De acuerdo -dijo-, pero no es como crees. No era en plan un montón de cuerpos musculosos y yo la única mujer. Bueno, era así, pero tenía que mantener la mirada alta, porque cada vez que pasaba junto a un jugador, se quitaba los calzoncillos.
– Tienes razón -dijo Caroline estirándose hacia su copa de vino-. No es como yo había imaginado. Es mejor.
– Hablar con un hombre desnudo si estás totalmente vestida es mucho más duro de lo que crees. Están sudados y sofocados y no tienen ganas de hablar. Les haces una pregunta y ellos se limitan a gruñir en respuesta.
– Suena como si estuvieses hablando de los últimos tres hombres con los que he estado mientras hacían el amor.
– No es tan divertido como hacer el amor, créeme. -Jane meneó la cabeza-. Algunos sencillamente no me dirigían la palabra, y eso dificultaba en extremo mi trabajo.
– Sí, estoy al corriente de esa parte. -Caroline asintió con la cabeza-. Pero dime, ¿cuál es el que está mejor?
Jane recapacitó durante unos segundos.
– Bueno, todos están muy bien. Tienen piernas fuertes y torsos poderosos. Mark Bressler probablemente sea el más musculoso, pero Luc Martineau lleva una herradura tatuada en el vientre que te dan ganas de ponerte de rodillas y besarla para que te dé suerte. Y su culo…, simplemente es perfecto. -Se llevó el vaso frío a la frente-. Lo malo es que es un capullo.
– O sea, que te gusta.
Jane bajó el vaso y miró a Caroline. ¿Le gustaba? ¿Le gustaba Luc? ¿El tipo que había hecho que la despidiesen? La rabia que sentía hacia Luc y el dolor que le provocaba superaban la furia que sentía contra todos los otros jugadores juntos. Cuando recapacitaba en ello se decía que con toda probabilidad no estaba siendo racional, pues no lo conocía y él no la conocía a ella. Lo único que pasaba es que ella creía que habían ido trazando una posible amistad y, a decir verdad, tenía que admitir que también se había ido encaprichando ligeramente de él. No, «encaprichando» era una palabra demasiado fuerte. «Interesando» describiría mejor sus sentimientos.
– No me gusta -dijo-, pero tiene uno de esos acentos canadienses que sólo se detectan en ciertas palabras.
– Oh, oh.
– ¿Qué pasa? He dicho que no me gusta.
– Sé lo que has dicho, pero siempre te han vuelto loca los hombres con acento.
– ¿Desde cuándo?
– Desde Balki en «Primos lejanos».
– ¿La telecomedia?
– Sí, te encantaba Balki porque tenía acento. No te importaba que fuese un perdedor que vivía con su primo.
– No, me encantaba Bronson Pinchot. No Balki. -Jane se echó a reír-. Y ese mismo año, tú perdías el culo por Tom Cruise. ¿Cuántas veces vimos Top Gun?
– Por lo menos veinte. -Caroline bebió un sorbo de vino-. Ya por aquel entonces te atraían los perdedores.
– Yo lo denomino tener expectativas realistas.
– Es más bien como venderte a la baja porque padeces el típico complejo de abandono.
– ¿Estás borracha?
Caroline negó con la cabeza.
– No, leí sobre este tema en una revista mientras esperaba en la consulta de mi ginecólogo la semana pasada. Como tu madre murió, tienes miedo de que todo aquel al que ames te abandone.
– Lo que te demuestra que se escriben un montón de tonterías en las revistas. -Y ella debería saberlo-. Hace una semana me dijiste que tenía un complejo con lo de dejar las relaciones porque tenía miedo de quedarme colgada. Haz memoria.
Caroline se encogió de hombros.
– Obviamente, se trata del mismo complejo.
– Claro.
Se quedaron contemplando el fuego de la chimenea durante unos cuantos minutos más. Finalmente, Caroline sugirió:
– Salgamos.
– Es jueves.
– Lo sé, pero ninguna de las dos trabaja mañana.
Tal vez pasar la noche haciéndose polvo los oídos escuchando a una banda de rock fuese justo lo que Jane necesitaba para quitarse de la cabeza el partido de hockey que debería haber estado presenciando. Si salían del apartamento, ella podría evitar encender el televisor. Bajó la vista para observar su maltrecha camiseta verde y sus vaqueros. Necesitaba nuevo material para su columna «Soltera en la ciudad».
– De acuerdo, pero no voy a cambiarme de ropa.
Caroline, que esa noche llevaba un jersey Tommy Hilfiger con una bandera estadounidense en la pechera y unos téjanos muy ceñidos, miró a Jane, puso los ojos en blanco y dijo:
– Al menos ponte las lentillas.
– ¿Porqué?
– Bueno, no quería decirte nada porque te quiero y todo eso, y porque siempre te estoy diciendo cómo deberías vestirte y no me gustaría que te sintieses mal, pero los indeseables de la óptica Eye Care te mintieron.
Jane no opinaba que sus gafas estuviesen tan mal.
– ¿Estás segura de que no me quedan bien?
– Sí. Si te digo esto es porque no quiero que la gente piense que yo soy la chica y tú el chico.
¿Tú también, Caroline?
– ¿Qué te hace creer que la gente daría por supuesto que tú eres la chica y yo el chico? -preguntó Jane al tiempo que se ponía en pie y se dirigía al lavabo-. Cabe la posibilidad de que la gente pensase que tú eres el chico. -Se produjo un silencio en la otra habitación y Jane sacó la cabeza por la puerta-. ¿Y bien?
Caroline se acercó a la chimenea para pintarse los labios mirándose en el espejo que colgaba encima de la repisa.
– ¿Y bien, qué?
Volvió a meter la barra de labios en su pequeño bolso de mano.
– ¿Qué te hace creer que la gente daría por supuesto que tú eres la chica y yo el chico? -volvió a preguntar.
– Oh, ¿estás hablando en serio? Supongo que te haces la graciosa.