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– Claro.

Se quedaron contemplando el fuego de la chimenea durante unos cuantos minutos más. Finalmente, Caroline sugirió:

– Salgamos.

– Es jueves.

– Lo sé, pero ninguna de las dos trabaja mañana.

Tal vez pasar la noche haciéndose polvo los oídos escuchando a una banda de rock fuese justo lo que Jane necesitaba para quitarse de la cabeza el partido de hockey que debería haber estado presenciando. Si salían del apartamento, ella podría evitar encender el televisor. Bajó la vista para observar su maltrecha camiseta verde y sus vaqueros. Necesitaba nuevo material para su columna «Soltera en la ciudad».

– De acuerdo, pero no voy a cambiarme de ropa.

Caroline, que esa noche llevaba un jersey Tommy Hilfiger con una bandera estadounidense en la pechera y unos téjanos muy ceñidos, miró a Jane, puso los ojos en blanco y dijo:

– Al menos ponte las lentillas.

– ¿Porqué?

– Bueno, no quería decirte nada porque te quiero y todo eso, y porque siempre te estoy diciendo cómo deberías vestirte y no me gustaría que te sintieses mal, pero los indeseables de la óptica Eye Care te mintieron.

Jane no opinaba que sus gafas estuviesen tan mal.

– ¿Estás segura de que no me quedan bien?

– Sí. Si te digo esto es porque no quiero que la gente piense que yo soy la chica y tú el chico.

¿Tú también, Caroline?

– ¿Qué te hace creer que la gente daría por supuesto que tú eres la chica y yo el chico? -preguntó Jane al tiempo que se ponía en pie y se dirigía al lavabo-. Cabe la posibilidad de que la gente pensase que tú eres el chico. -Se produjo un silencio en la otra habitación y Jane sacó la cabeza por la puerta-. ¿Y bien?

Caroline se acercó a la chimenea para pintarse los labios mirándose en el espejo que colgaba encima de la repisa.

– ¿Y bien, qué?

Volvió a meter la barra de labios en su pequeño bolso de mano.

– ¿Qué te hace creer que la gente daría por supuesto que tú eres la chica y yo el chico? -volvió a preguntar.

– Oh, ¿estás hablando en serio? Supongo que te haces la graciosa.

A la mañana siguiente, a las nueve en punto, el teléfono de Jane empezó a sonar. Era Leonard. La llamaba para decirle que Virgil y él, junto al equipo de dirección de los Chinooks, habían reconsiderado su «precipitada decisión». Querían que volviese a ocupar su puesto como cronista deportiva. Lo que venía a decir que querían que estuviese en la cabina de prensa durante el partido de la noche siguiente contra St. Louis. Al oír aquello Jane no supo qué responder. Se tumbó en la cama y se limitó a escuchar lo que Leonard decía.

Al parecer, tras su visita al vestuario, el equipo había jugado de maravilla. Bressler anotó tres tantos después de que ella le diese la mano, y Luc volvió a ser el excelente portero de siempre. El resultado fue seis a cero, y Luc superó en paradas a su rival, Patrick Roy.

De la noche a la mañana, la suerte de Jane Alcott había cambiado.

– No sé, Leonard -dijo mientras apartaba el edredón amarillo y se sentaba en un extremo de la cama. Tenía resaca debido a la juerguecita de la noche anterior y le costaba pensar con claridad-. No puedo volver a ocupar el puesto y preguntarme una y otra vez si voy a ser despedida cada vez que los Chinooks pierdan un partido.

– No tendrás que volver a preocuparte por eso.

No le creyó, y si decidía ocupar de nuevo el puesto, no iba a lanzarse de cabeza como la vez anterior. A decir verdad, aún estaba muy afectada.

– Me lo pensaré -dijo.

Tras colgar el auricular, se preparó una taza de café y comió un par de galletas para acabar con la sensación de vacío. No se había metido en la cama hasta las dos de la mañana, y estaba arrepentida de haber malgastado su tiempo y su dinero saliendo de copas. Había sido incapaz de pensar en algo que no fuese su despido.

Mientras comía, reflexionó sobre la nueva oferta de Leonard. Los Chinooks la habían tratado como a una leprosa y la habían culpado de sus derrotas, ¿y ahora, de repente, pensaban que les daba buena suerte? ¿Acaso quería someterse a los caprichos de aquel atajo de supersticiosos que se quitaban los calzoncillos delante de ella y la molestaban con llamadas nocturnas?

Cuando acabó de comer, se metió en la ducha y cerró los ojos mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo. ¿Realmente quería viajar con un portero capaz de atravesarla con la mirada? ¿A pesar de que le acelerase el pulso, sin importar si eso era o no lo que ella deseaba? Se dijo que no. Aunque Luc y ella se gustasen, lo cual a todas luces no era cierto, pues él sólo tenía ojos para mujeres altas y preciosas.

Se cubrió la cabeza con una toalla y se puso las gafas mientras se secaba. Después escogió un sujetador transparente, una camiseta blanca de la universidad de Washington, y unos viejos vaqueros con agujeros en las rodillas.

Sonó el timbre de la puerta y, cuando miró por la mirilla, vio a un hombre con gafas de sol Oakley, bien peinado y de buen aspecto, idéntico a Luc Martineau. Abrió la puerta porque acababa de pensar en él, y no estaba segura de que no se trataba de una mala pasada de su imaginación.

– Hola, Jane -la saludó Luc-. ¿Puedo pasar?

Vaya novedad, Luc mostrándose amable. Ya no tenía duda alguna: era una mala pasada de su imaginación.

– ¿Por qué?

– Quería hablar de lo que ha pasado.

Ocurrió de nuevo. Dijo hablag en lugar de «hablar», y supo que aquel era el auténtico Luc.

– Quieres decir sobre mi despido, del que tú eres culpable.

Se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolsillo de su cazadora de piel. Tenía las mejillas sonrosadas y el pelo alborotado, y tras él estaba aparcada su motocicleta.

– Yo no he hecho que te despidieran. Al menos, no directamente. -Al ver que ella no respondía, preguntó-: ¿Me vas a invitar a pasar o no?

Jane tenía el pelo envuelto en una toalla y el aire frío le había puesto la piel de gallina. Optó por dejarle entrar.

– Siéntate -dijo mientras él la seguía hasta el salón.

Le dejó a solas un momento para ir a quitarse la toalla y secarse el pelo. De todos los hombres del mundo, Luc era el último que ella habría imaginado tener sentado en el salón de su casa.

Se peinó y se secó el pelo lo mejor que pudo y, durante un par de segundos, pensó en pintarse los ojos y los labios. Pero desestimó la idea de inmediato. Lo que sí hizo fue cambiarse las gafas por las lentillas.

Con el pelo húmedo, regresó al salón. Luc estaba de espaldas a ella, estudiando las pocas fotografías que había sobre la repisa de la chimenea. Había dejado la cazadora en el sofá. Vestía una camisa blanca, con los puños arremangados mostrando sus musculosos antebrazos. Una amplia arruga le recorría la espalda hasta adentrarse en los vaqueros Lucky Brand. Su billetera asomaba por uno de los bolsillos y las costuras enmarcaban su trasero. La miró de arriba abajo por encima del hombro.

– ¿Quiénes son estas dos? -preguntó Luc señalando la foto de en medio, en la que aparecía junto a Caroline, ambas de toga y birrete, en el porche de la casa de su padre, en Tacoma.

– Mi mejor amiga, Caroline, y yo la noche en que nos graduamos en el instituto Mt. Tahoma.

– ¿O sea que has vivido por aquí toda tu vida?

– Sí.

– No has cambiado mucho.

Ella se acercó a él.

– Aunque ahora soy mucho mayor -dijo.

Luc la miró de nuevo por encima del hombro.

– ¿Cuántos años tienes?

– Treinta.

Él mostró sus dientes blancos con una sonrisa que venció todas las defensas de Jane, llevándola a clavar los talones en la moqueta beige.

– ¿Tan mayor eres? -preguntó-. Te conservas bien para tu edad.

Oh, Dios. No quería profundizar más en ese tipo de declaraciones, pues sin duda no llevaban a ninguna parte. No quería que él la deslumbrara con su sonrisa. No quería sentir cosquilleos ni tener pensamientos pecaminosos.