– Vamos, diles a los chicos lo que les dijiste el otro día.
Ella tragó saliva.
– No puedo recordar lo que les dije, entrenador.
– Algo de que no se bajasen los calzoncillos -intervino Fish-. Y lo de que viajar con nosotros fue toda una experiencia.
Todos parecían tan serios que a Jane le dieron ganas de reír. Nunca había creído que fuesen supersticiosos hasta ese punto.
– De acuerdo, veré si lo recuerdo. Dejaos los calzoncillos puestos, tengo algo que deciros y sólo me tomará un minuto. Ya no viajaré con vosotros, y quiero que sepáis que hacerlo ha sido una experiencia que jamás olvidaré.
Todos sonrieron y asintieron, a excepción de Peter Peluso.
– Dijiste algo de sincronizar la bajada de los calzoncillos. Me acuerdo de esa parte.
– Es cierto, Tiburoncito -añadió Rob Sutter-. Yo también lo recuerdo.
– Y dijiste que esperabas que este año ganásemos la liga -añadió Jack Lynch.
– Sí, eso es importante.
¿Acaso importaba realmente? ¡Joder!
– ¿Tengo que volver a empezar desde el principio?
Todos asintieron con la cabeza y ella puso los ojos en blanco.
– Dejaos los calzoncillos puestos, tengo algo que deciros, sólo me tomará un minuto y no quiero que sincronicéis la bajada de vuestros calzoncillos. -O algo así-. Ya no voy a seguir viajando con vosotros, pero quiero que sepáis que hacerlo ha sido una experiencia que jamás olvidaré. Espero que este año ganéis la liga.
Todos parecían complacidos, y ella se dispuso a salir de allí antes de que la volviesen loca.
– Ahora tienes que venir y darme la mano -le informó el capitán, Mark Bressler.
– Oh, claro. -Ella se acercó a él y le dio la mano-. Buena suerte con el partido, Mark.
– No, dijiste Asesino.
La cosa era de locos
– Buena suerte en el partido de esa noche, Asesino.
Él sonrió.
– Gracias, Jane.
– De nada.
Desde el exterior llegaban los sonidos previos al comienzo del partido, y ella, una vez más, se encaminó a la puerta.
– No has acabado, Jane.
Se volvió y miró hacia donde se encontraba Luc. Estaba, de pie y, con un dedo, le estaba indicando que se acercase.
– Ven aquí.
Ni hablar. No estaba dispuesta a llamarle «pedazo de tonto» delante de todos aquellos tipos.
– Vamos.
Observó las caras de los otros jugadores. Si Luc jugaba mal, la culparían a ella. Como si sus zapatos tuviesen vida propia, cruzó el suelo enmoquetado con el logotipo de los Chinooks en el centro.
– ¿Qué? -preguntó mientras se ponía frente a Luc.
Con los patines era más alto, y ella tuvo que mirar hacia arriba.
– Tienes que decirme lo que me dijiste el otro día. Para que me dé suerte.
Se lo temía, pero intentó librarse del mal trago.
– Eres tan bueno que no necesitas que te dé suerte.
La agarró del brazo y, con cuidado, la atrajo hacia sí.
– Vamos, dilo.
Jane notó la calidez de su mano a través del jersey.
– No me hagas esto, Luc -dijo en voz baja para que sólo él lo oyese. Sentía que estaba ruborizándose-. Es demasiado embarazoso.
– Susúrramelo al oído.
El crujido de sus protecciones de cuero llenó el espacio entre ambos mientras se inclinaba sobre ella. El olor de su champú y de su loción para después del afeitado le llenó la nariz junto al olor del cuero de las protecciones.
– Tonto -susurró en su oído.
– No fue así. -Luc meneó la cabeza y sus mejillas se rozaron por unos segundos-. Te has olvidado el «pedazo de».
Dios del cielo. Antes de que todo eso pasase moriría de vergüenza o bien consumida por la lujuria. Y no quería que sucediese ninguna de las dos cosas. Sobre todo la última, pero el nivel de testosterona de Luc era como un poderoso campo de fuerza que la atraía contra su voluntad.
– Pedazo de tonto.
– Gracias, cariño. Te lo agradezco.
«Cariño». Jane abrió los ojos como platos. Él volvió la cara y, con los labios a escasos centímetros de los de Luc, ella sonrió.
– ¿Voy a tener que hacer esto antes de cada partido? -preguntó aunque su voz sonó casi como un suspiro.
Él no dio la impresión de haber captado el matiz de su voz. La miró directamente y unas pequeñas arrugas aparecieron en las comisuras de sus ojos
– Me temo que sí -respondió.
Finalmente, ella sintió que recuperaba el aliento.
– Voy a pedir un aumento de sueldo.
Luc deslizó su enorme y caliente mano desde el brazo hasta el hombro de Jane, le acarició la mejilla y después apartó la mano.
– Pide también que te aumenten las dietas. En cuanto estemos de viaje voy a recuperar los cincuenta pavos que me ganaste a los dardos.
Jane meneó la cabeza y se volvió para salir.
– Ni lo sueñes, Luc -dijo por encima del hombro.
Regresó a la cabina de prensa y se sentó junto a Darby. Allí estaban los de la cadena King-5 y también los de la ESPN, para retransmitir la batalla de los Chinooks contra Vancouver. Con Luc Martineau de vuelta en la portería, Seattle acabó ganando por tres a uno. Aparentemente sin esfuerzo alguno, él alzó el disco en el aire y les recordó a todos por qué seguía siendo uno de los mejores porteros de la liga.
En el vestuario, tras el partido, los jugadores respondieron a las preguntas de Jane. Aunque no se dejaron puestos los calzoncillos, su desnudez parecía menos calculada.
Esa misma noche, una vez que hubo enviado su crónica al periódico, Jane telefoneó a Caroline y le alegró el día, la semana y el año sólo con decir:
– Necesito una maquilladora.
– ¿Cómo es eso?
– Resulta divertido. Voy a un banquete la semana que viene y necesito dar una buena imagen.
– ¡Gracias, Señor, por este regalo que acabo de recibir! -susurró Caroline-. He estado esperando este momento desde hace años. Lo primero que tenemos que hacer es concertar cita con Vbnda.
– ¿Quién es Vbnda?
– La mujer que va a rebozar tu cara y a darle forma a ese pelo salvaje que tienes.
Jane miró el teléfono que tenía en la mano.
– ¿Rebozar?
– Y el pelo.
– La última vez que permití que metieses mano en mi pelo me lo dejaste como un estropajo.
– Eso fue en el instituto, y no fui yo. Después del pelo, te llevaremos a donde Sara, donde yo trabajo. Esa mujer es una verdadera artista.
– Había pensado en un poco de maquillaje y algo de pintalabios. Un bonito vestido negro de cóctel y unos zapatos de salón que no sean muy caros.
– Hoy hemos recibido unos fabulosos Ferragamo -dijo Caroline como si no hubiese oído las palabras de Jane-. Rojos. Quedarán perfectos con un mortífero y minúsculo Betsey Johnson que he visto en la primera planta.
8. Vaya disparo
Luc estiró los puños de su camisa y colocó en ellos sendos gemelos de ónice. Esa misma mañana, en el entrenamiento, había oído decir que Jane asistiría al banquete con Darby. Sentía curiosidad por ver cómo iría vestida; de negro, sin duda. Alzó las manos y colocó el último corchete en el cuello de su camisa blanca almidonada. No había hablado con ella desde el partido contra Vancouver.
El segundo portero había jugado los dos últimos encuentros, dejando que Luc disfrutase de un merecido descanso, y no había tenido oportunidad de hablar con ella. No es que tuviese nada que decirle, pero le gustaba provocarla un poco para observar sus reacciones. Para ver si se reía o si entornaba los ojos y torcía la boca. O bien si podía conseguir que se ruborizase.
Se abotonó los tirantes grises y se preguntó si Jane y Darby tendrían una auténtica cita. No lo creía posible. O, por decirlo de otro modo, no quería creerlo. Jane era una fiera y tenía ingenio a la hora de replicar, un cretino aficionado a los bolígrafos no era el tipo de hombre adecuado para ella. En particular, aquel cretino. No era un secreto que Darby se había opuesto al fichaje de Luc para los Chinooks y que se toleraban el uno al otro porque no tenían más remedio que hacerlo. Según la opinión de Luc, Darby Hogue era un pusilánime, en tanto que Jane tenía agallas. Suponía que eso era lo que le gustaba de ella. No se escondía ante la adversidad. La afrontaba. A pesar de su estatura.