Luc cogió la pajarita negra y se colocó frente a los espejos de las puertas del armario. Al tercer intento hizo un nudo perfecto. Por lo general no le molestaba ponerse el esmoquin y asistir a banquetes, especialmente si se trataba de banquetes en honor de antiguos porteros, pero esa noche no tenía nada de habitual. Esa noche, su hermanita asistía al baile del instituto con un chico que tenía un piercing en la nariz.
Luc cogió el reloj de la mesita de noche y se lo colocó en la muñeca mientras caminaba hacia la habitación de Marie. No pensaba salir de casa hasta que su acompañante fuese a buscarla. Sabía muy bien qué era lo que pasaba por la cabeza de un adolescente, y había pensado mirar a Zack a los ojos y hacerle saber que estaría en casa para cuando Marie regresase, esperándola. Tenía que estar ahí para apretar la mano de Zack un poco más fuerte de lo necesario y así hacerle entender que más le convenía que no se propasase con su hermana. Luc tal vez no fuese el mejor hermano del mundo; de hecho, no estaba ni a medio camino de serlo, pero protegería a Marie mientras viviese con él.
Había decidido no hablar del tema del internado hasta después del baile. Ella se lo había pasado en grande eligiendo el vestido y los zapatos, por lo que no le había parecido el momento más adecuado para hablarle de eso.
Luc llamó a la puerta de Marie, y cuando ella murmuró algo entró. Esperaba verla con el vestido de terciopelo negro con escote cuadrado, mangas abullonadas y pequeñas rosas bordadas. Se lo había enseñado el día anterior, y él pensó que era muy apropiado para una chica de su edad. Pero en lugar de estar vestida, se encontraba tumbada en la cama con el pijama puesto. Tenía el pelo recogido en una cola de caballo y lloraba desconsoladamente.
– ¿Por qué no estás preparada? Tu acompañante llegará dentro de unos minutos.
– No va a venir. Anoche llamó y canceló nuestra cita.
– ¿Está enfermo?
– Dijo que había olvidado que tenía cosas que hacer con su familia y que no podía llevarme. Pero es mentira. Ahora tiene novia y va a ir con ella.
Luc sintió que la ira lo cegaba. Nadie dejaba plantada a su hermana ni la hacía llorar.
– No puede hacer eso. -Luc entró en la habitación y se acercó a Marie-. ¿Dónde vive? Iré a hablar con él. Lo obligaré a llevarte.
– ¡No! -gritó ella, mortificada, y se sentó en el borde de la cama con los ojos muy abiertos mirando a Luc-. ¡Me moriría de vergüenza si lo hicieras!
– De acuerdo, no lo obligaré a llevarte. -Luc pensó que tenía razón. Forzarlo habría resultado muy embarazoso para ella-. Me limitaré a ir a su casa y darle una buena patada en el trasero.
Marie enarcó una ceja.
– Es menor de edad.
– Pues entonces le patearé el trasero a su padre. Alguien que cría a un hijo capaz de dejar tirada a una chica merece que le peguen una patada en el trasero.
Luc estaba hablando en serio pero, por alguna razón, Marie se echó a reír.
– ¿Le darías una patada en el culo al señor Anderson por mí?
– He dicho el trasero, no el culo. Y por supuesto que lo haría. -Se sentó junto a su hermana-. Y si yo no pudiese hacer el trabajo, conozco a unos cuantos jugadores de hockey que le darían su merecido.
– De eso no me cabe duda.
Luc le cogió la mano y preguntó:
– ¿Por qué no me dijiste que había llamado para cancelar la cita?
Ella parecía distante.
– Pensé que no te importaría.
Con la mano libre, la cogió por la barbilla para obligarla a mirarle.
– ¿Cómo puedes decir eso? Por supuesto que me importa. Eres mi hermana.
Marie se encogió de hombros.
– Pensé que los bailes y esa clase de cosas no te importaban.
– Bueno, tal vez tengas razón. No me importan demasiado los bailes ni bailar. No fui a ningún baile de mi escuela porque… -Hizo una pausa, le dio un golpecito en el brazo con el codo y añadió-: Era un bailarín horroroso. Pero me preocupo por ti. Me importas.
Ella torció la boca ligeramente hacia abajo, como si no le creyese.
– Eres mi hermana -insistió él, como si no hubiese nada más que explicar-. Te dije que siempre cuidaría de ti.
– Lo sé. -Ella bajó la vista-. Pero cuidar e interesarse no son la misma cosa.
– Para mí sí lo son, Marie. Yo no cuido de nadie que no me interese.
Ella apartó su mano de la de Luc y se puso de pie. Se acercó a un tocador cubierto de pulseras, osos de peluche y un florero con cuatro rosas blancas secas. Luc sabía que aquellas rosas habían estado encima del ataúd de su madre. Ignoraba por qué las había cogido o las conservaba, pues la hacían llorar.
– Sé que quieres enviarme lejos de aquí -dijo dándole la espalda.
Vaya por Dios. ¿Cómo se había enterado? Sin embargo, eso no era lo importante.
– Pensé que serías más feliz viviendo con chicas de tu edad en lugar de conmigo.
– No mientas, Luc. Lo que quieres es deshacerte de mí.
¿Era eso lo que quería? ¿Había sido la idea de librarse de ella lo que le había llevado a buscar un internado para Marie? Tal vez más de lo que estaba dispuesto a admitir. La culpa no tardó en hacer acto de presencia mientras se ponía en pie y caminaba hacia su hermana.
– No quiero mentirte. -Puso una mano en el hombro de Marie y la hizo volverse hacia él-. Lo cierto es que no sé qué hacer contigo. No sé nada de chicas adolescentes, pero sé que no eres feliz. Quiero hacer lo que sea mejor para ti, pero no sé cómo hacerlo.
– No soy feliz porque mi madre ha muerto -musitó ella-. Nada ni nadie puede cambiar eso.
– Lo sé.
– Y nadie me quiere.
– Eh. -La agitó por los hombros-. Te quiero, y sabes que la tía Jenny también te quiere. -En realidad, Jenny sólo había dicho que Marie podía visitarla en verano, pero Marie no tenía por qué saber eso-. De hecho, intentó quedarse con tu custodia. Creo que tiene visiones en las que las dos lleváis las mismas batas de estar por casa.
Marie arrugó la nariz.
– ¿Y cómo es que yo nunca he sabido nada de eso?
– En ese momento, ya tenías suficientes preocupaciones -repuso él de forma evasiva-. No me puso una demanda porque sabía que yo pagaría los mejores abogados.
Marie frunció el entrecejo.
– Jenny vive en un complejo habitacional para jubilados.
– Sí, pero de los buenos. Cada noche te prepararía su pudín de ciruelas especial.
– ¡Qué asco!
Luc sonrió y consultó la hora. El banquete estaba a punto de empezar.
– Tengo que irme -dijo, pero no podía pedirle que se quedase sola-. ¿Por qué no te pones tu vestido nuevo y te vienes conmigo?
– ¿Adonde?
– A un banquete en el Space Needle.
– ¿Con gente mayor?
– No tan mayor. Será divertido.
– ¿No tenías que irte ya?
– Te esperaré.
Ella se encogió de hombros.
– No sé…
– Venga. Habrá muchos periodistas, y tal vez saquen una foto tuya en el periódico luciendo bien guapa, y ese tipejo de Zack tenga que darse una patada a sí mismo en el culo.
Marie rió.
– Quieres decir trasero.
– Eso es. Trasero. -Él la empujó hasta el armario-. Mete tu trasero en el vestido -le dijo mientras salía de la habitación y cerraba la puerta. Cogió la chaqueta del esmoquin y fue al salón a esperar. Como solían hacer todas las mujeres que conocía, se tomó su tiempo hasta estar lista.
Luc se acercó al amplio ventanal y contempló la ciudad. La lluvia había cesado, pero las gotas resbalaban todavía por los cristales emborronando la imagen nocturna de Seattle, de los edificios más altos y de la bahía de Elliot al fondo. Se había quedado con aquel apartamento exclusivamente por las vistas, y si iba a la cocina o a su dormitorio, al otro lado del apartamento, podía salir al balcón, desde donde se tenía una perfecta panorámica del Space Needle y del norte de Seattle.