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– Hola, Luc. -Su voz también parecía más sexy.

– Martineau -dijo Darby.

– Hogue -Sin apartar la mano de la espalda de Marie, Luc la obligó a permanecer a su lado-. Ella es mi acompañante, Marie -dijo. Jane la miró de reojo, con expresión de pensar que podían arrestarlo por algo así, pero él añadió-: Marie es mi hermana.

– Ah, entonces me retracto de lo que estaba pensando de ti. -Jane estrechó la mano de la muchacha con una amplia sonrisa-. Me gusta tu vestido. El negro es mi color favorito.

Luc supuso que, en gran medida, no era sino un cumplido.

– ¿Te han presentado a Mae Miner y a Georgeanne Kowalsky? -preguntó Jane apartándose ligeramente para abarcar un círculo más amplio que incluyese a Luc y a Marie.

Luc miró a la mujer de Hugh, una rubia bajita de grandes ojos pardos escasamente maquillada. Era una chica natural. Como Jane. Excepto esa noche. Esta vez, Jane se había pintado los labios. Luc dio la mano a ambas mujeres, después dijo:

– Conocí a Mae en septiembre.

– Sí, cuando estaba de nueve meses. -Mae hurgó en su pequeño bolso negro y sacó una foto-. Éste es Nathan.

Georgeanne sacó sus propias fotografías.

– Ésta es Lexie cuando tenía diez años, y ésta es su hermana pequeña, Olivia.

A Luc no le importaba mirar fotografías de niños sin ironía alguna, pero se preguntaba una y otra vez por qué los padres daban por sentado que él quería verlas.

– Son unos niños preciosos.

Miró las fotografías una última vez y se las devolvió a sus dueñas.

La conversación se centró en los discursos que se había perdido por llegar tarde, circunstancia que aprovechó para observar con detalle el vestido de Jane. El escote apenas cubría la totalidad de sus pequeños senos. Luc hubiese apostado a que bajando un poquito las tiras de los hombros se le vería todo. Hacía calor allí, y sin embargo sus pezones señalaban hacia el frente como si estuviesen congelados.

– Luc -dijo Marie. Luc apartó su atención del vestido de Jane y miró a su hermana por encima del hombro-. ¿Sabes dónde están los servicios? -agregó la muchacha.

– Yo sí -se adelantó Jane-. Sígueme. Te acompaño. -Con aquellos zapatos de tacón, era casi tan alta como Marie-. De camino, podrías explicarme todos los oscuros secretos de tu hermano -añadió mientras se alejaban.

Luc se dijo que estaba a salvo, pues Marie no conocía ninguno de sus secretos, ya fuesen oscuros o de cualquier otro tipo. Las dos desaparecieron entre la multitud, y cuando él se volvió, Mae y Georgeanne se excusaron y le dejaron a solas con Darby, que dijo:

– He observado el modo en que miras a Jane. No es tu tipo.

Luc se abrió la chaqueta y metió una mano en el bolsillo.

– ¿Y cuál es mi tipo de mujer? -preguntó.

– Las conejitas patinadoras.

A Luc nunca le habían atraído las «conejitas patinadoras», como llamaban a las mujeres que solían ir tras los jugadores de hockey, y además no estaba seguro de preferir ya ningún tipo de mujer por encima del resto. Al menos desde que podía mirar a Jane Alcott y preguntarse cómo reaccionaría si la metiese en un reservado y le besase aquellos rojos labios suyos; si acariciara su espalda y deslizara las manos hasta abarcar sus pequeños pechos. Por descontado, nunca lo haría. No con Jane.

– ¿Y eso a ti qué te importa?

– Jane y yo somos amigos.

– ¿No fuiste tú el que me pidió que hablase con ella para que volviese a aceptar el trabajo?

– Eso eran cosas de negocios. Si te lías con ella, podrías hacerle perder el trabajo. De forma definitiva. Me cabrearía mucho que le hicieses daño.

– ¿Me estás amenazando?

Luc miró de frente el pálido rostro de Darby y casi llegó a sentir respeto por él.

– Sí.

Luc sonrió. Tal vez Darby no fuese el gilipollas que él siempre había creído que era. El trío empezó a tocar y Luc se alejó de allí. La música y el parloteo general eran casi ensordecedores, y él se dirigió hacia el hombre del momento, Hugh Miner. John Kowalsky estaba a su lado y hablaban de hockey, debatiendo acerca de las posibilidades que tenían los Chinooks de ganar la liga ese año.

– Si las lesiones respetan al equipo, tendremos buenas opciones de llevarnos la Stanley Cup -predijo Hugh.

– Un buen tirador tampoco nos iría mal -apuntó el Muro.

La conversación derivó hacia sus respectivas ocupaciones tras dejar el hockey, y Hugh sacó su billetera del bolsillo trasero de sus pantalones y la abrió.

– Éste es Nathan.

Luc no se molestó en decirle que ya había visto esa fotografía.

9. Una jugada tonta

Jane se secó las manos con una toallita de papel y la arrojó a la papelera. Se miró en el espejo que había sobre el lavamanos y apenas logró reconocerse. No estaba segura de si eso era bueno o malo.

Abrió el pequeño bolso que le había prestado Caroline y sacó el brillo de labios. Marie se acercó a ella, y Jane la estudió mientras la muchacha se lavaba las manos. Luc y su hermana no se parecían en nada, excepto en que sus ojos tenían el mismo tono de azul.

Minutos atrás, al ver a Luc acompañado de una jovencita, se había sentido confusa. Su primer pensamiento había sido que merecía que lo arrestaran, pero todavía la confundió más el que la presentase diciendo que era su hermana.

– No soy buena en esto -confesó Jane mientras se pintaba los labios. Antes de la fiesta, Caroline le había aplicado una especie de carmín indeleble, por lo que Jane sólo tenía que darles brillo de vez en cuando. Pensó que lo había hecho bien, pero no tenía experiencia y no podía saberlo a ciencia cierta-. Dime la verdad. ¿Han quedado hechos un desastre?

– No.

– ¿Seguro? -Jane tenía que admitir que el asunto tenía su gracia. No era algo que le apeteciese hacer todos los días, ni siquiera a menudo.

– Seguro. -Marie tiró la toallita de papel a la papelera-. Me gusta tu vestido.

– Lo compré en Nordstrom.

– ¡Yo también!

Jane le pasó el brillo de labios.

– Una amiga me ayudó a escogerlo.

– Yo elegí el mío, pero Luc lo compró.

Siendo así, se preguntó por qué Luc permitió que su hermana se comprase un vestido tan pequeño. Jane no era una obsesa de la moda, pero no era difícil darse cuenta.

– Eso le honra. -Reflejado en el espejo vio que Marie se estaba poniendo demasiado pintalabios-. ¿Vives en Seattle?

– Sí, con Luc.

Conmoción número tres de la noche.

– ¿En serio? Debe de ser un infierno. ¿Te han castigado por algún motivo especial?

– No. Mi madre murió hace un mes y medio.

– Oh, lo siento. Quería dármelas de graciosa y he dicho algo inadecuado. Me siento una imbécil.

– No pasa nada. -Marie le dedicó una media sonrisa-. Y vivir con Luc no siempre es un infierno.

Marie le devolvió el brillo de labios y Jane se volvió para mirarla. ¿Qué podía decirle? Nada. Lo intentó igualmente.

– Mi madre murió cuando yo tenía seis años. De eso hace veinticuatro años, pero conozco… -Se detuvo, buscaba la palabra más adecuada. No encontró ninguna-. Conozco el vacío que debes de sentir.

Marie asintió con la cabeza y bajó la vista.

– A veces, no puedo creer que se haya ido.

– Sé cómo te sientes. -Jane guardó el brillo de labios en el bolso y rodeó los hombros de Marie con un brazo-. Si alguna vez quieres hablar con alguien, llámame.

– Eso estaría bien.

A Marie se le llenaron los ojos de lágrimas, y Jane le dio un apretón. Habían pasado veinticuatro años desde la muerte de su madre, pero a Jane no le costaba revivir las sensaciones de antaño.