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– Pero esta noche, no. Esta noche nos lo vamos a pasar bien. Antes me presentaron a unos sobrinos de Hugh Miner. Son de Minnesota y creo que tienen tu misma edad.

Marie se enjugó las lágrimas con los dedos.

– ¿Están bien?

Jane recapacitó unos segundos. Si ella tuviese la edad de Marie, podría decir que sí, pero no tenía su edad, y pensar si unos muchachos adolescentes estaban bien la hizo sentir incómoda. Casi pudo escuchar la canción Mrs. Robinson en su cabeza.

– Bueno, viven en una granja -dijo mientras salían del lavabo-. Creo que se dedican a ordeñar vacas.

Marie la miró con los ojos como platos.

– Tranquila, que son unos chicos estupendos, y por lo que he podido ver, no huelen a granero.

– Eso está bien.

– Muy bien. -Jane miró por encima del hombro a Marie-. Me gusta tu sombra de ojos. Es muy brillante.

– Gracias. Te la puedo prestar cuando quieras.

– Creo que soy un poco mayor para esos brillos. -Se adentraron en la multitud y Jane encontró a los sobrinos de Hugh Miner mirando la ciudad y les presentó a Marie. Jack y Mac Miner eran gemelos y tenían diecisiete años, vestían idénticos esmóquines con fajas color escarlata, llevaban el pelo cortado a cepillo y tenían grandes ojos pardos. Jane tuvo que admitir que, de algún modo, eran guapos.

– ¿En qué curso estás? -preguntó Mac, o quizá fuese Jack, dirigiéndose a Marie.

La muchacha se ruborizó y se encogió de hombros. Miró a Jane, que, al apreciar la terrible inseguridad de la adolescencia, dio gracias a Dios por no tener que volver a pasar por ello.

– En décimo -contestó Marie.

– Nosotros hicimos décimo el año pasado.

– Sí, todo el mundo se mete con los de décimo.

Marie asintió con la cabeza.

– En Dumpsters se pasan un montón con los de décimo.

– Nosotros no. Al menos, con las chicas.

– Si estuviésemos en tu colegio, te protegeríamos -dijo uno de los gemelos, impresionando a Jane con su galantería. Eran pequeños caballeros, sus padres los habían educado bien y debían de sentirse orgullosos-. Décimo es una mierda -añadió.

Tal vez no fuese así. Tal vez alguien debería enseñarle a aquel muchacho que no debe de hablarse de ese modo delante de una dama.

– Sí, es una mierda -convino Marie-. Estoy deseando pasar de curso.

De acuerdo, tal vez Jane estuviese un poco desfasada. Al fin y al cabo, todo el mundo utilizaba ese tipo de expresiones.

Cuanto más hablaban Jack y Mac, más relajada parecía Marie. Hablaron de las universidades a las que irían, de los deportes que practicaban, y de la música que les gustaba. Todos coincidieron en que el trío de jazz que tocaba en el otro extremo de la sala no molaba.

Mientras Marie y los gemelos hablaban de cosas que eran una «mierda» o «no molaban», Jane le echó un vistazo a la sala, buscando un poco de conversación adulta. Reparó en Darby, que charlaba con el director deportivo Clark Gamache, y también vio a Luc, que estaba al final de la barra hablando con una rubia muy alta que llevaba un vestido blanco ceñido. La mujer tenía su mano apoyada en el brazo de Luc, que permanecía con la cabeza inclinada para escuchar lo que ella decía. Apartó el faldón de la chaqueta y mostró una mano en el interior del bolsillo de los pantalones. Los tirantes grises reposaban sobre los dobleces de la camisa, pero Jane sabía que bajo aquellas ropas tan formales Luc escondía el cuerpo de un dios y el tatuaje de una herradura en el vientre. Él rió al oír algo que la mujer le dijo, y Jane apartó la mirada. Sintió en el estómago la punzada de algo muy similar a los celos, y su mano apretó el pequeño bolso. No podía estar celosa. No tenía posibilidades con él y, además, no le gustaba. Bueno, eso no era del todo cierto. Lo que sentía era rabia, pensó. Mientras ella cuidaba de su hermana, Luc ligaba con aquella belleza vestida de blanco.

Rob Sutter la sacó a bailar y ella dejó a Marie al cuidado de los gemelos Miner. Martillo la condujo al centro de la pista y empezaron a bailar. Con una mano en su cintura, la guió de manera perfecta. De no haber sido por el morado en el ojo, incluso habría parecido un hombre respetable.

Después de Rob, bailó con Stromster, que se había teñido la cresta de color azul claro para que hiciese juego con el esmoquin. En un principio, la conversación con el joven sueco fue complicada, pero cuanto más lo escuchaba, mejor entendía lo que decía a pesar de su marcado acento. Cuando el trío hizo un descanso, le dio las gracias a Daniel y fue en busca de Darby, que estaba esperándola en un extremo de la sala.

– Lo lamento, Jane -dijo cuando ella se aproximó-, pero tengo que llevarte a casa ahora mismo. El fichaje en el que estábamos trabajando va a concretarse esta misma noche. Clark ya se ha ido a las oficinas del club. He quedado allí con él.

El Space Needle estaba a tiro de piedra del Key Arena y, según la hora del día, el trayecto hasta su apartamento era de poco más de media hora.

– Vete. Me iré en taxi.

Él meneó la cabeza.

– Quiero asegurarme que llegas bien a casa.

– Yo me aseguraré que llega bien a casa. -Jane se volvió al oír la voz de Luc.

– Marie está con los gemelos Miner -dijo-. Cuando bajen, te llevaremos a casa.

– Eso sería de gran ayuda para mí -dijo Darby.

Jane miró detrás de Luc en busca de la rubia, pero él estaba solo.

– ¿Estás seguro? -preguntó Jane.

– Sí. -Luc miró al ayudante del director deportivo-. ¿Quién es el fichaje?

– Lo mantendremos en secreto hasta mañana por la mañana.

– Claro.

– Dion.

Luc sonrió.

– ¿En serio?

– Sí. -Darby se volvió hacia Jane-. Gracias por haber venido esta noche conmigo.

– Gracias por invitarme. El viaje en limusina fue maravilloso.

– Os veré a los dos en el aeropuerto por la mañana -dijo Darby encaminándose hacia el ascensor.

Mientras Jane le observaba alejarse, preguntó:

– ¿Quién es Dion?

– Realmente no sabes mucho de hockey -repuso Luc. La cogió por el codo y, sin molestarse en preguntar, la arrastró hasta la atestada sala de baile. Metió en el bolsillo de su chaqueta el pequeño bolso de Jane, apretó una de las manos de ésta y la otra la puso sobre su cintura.

Con los zapatos nuevos de tacón, los ojos de Jane llegaban a la altura de la boca de Luc. Ella apoyó la mano en su hombro. La luz de la sala de baile proyectaba una sombra en diagonal sobre el rostro de Luc, y Jane observó el movimiento de los labios de éste mientras hablaba.

– Pier Dion es un goleador veterano -dijo-. Conoce muy bien este deporte. Cuando lo pilla bien, el disco vuela a una velocidad endiablada.

Al observar su boca, Jane sentía divertidos cosquilleos en sus terminaciones nerviosas. Alzó la mirada hasta sus ojos y dijo:

– Tu hermana parece una chica estupenda.

– ¿Lo dices en serio?

– ¿Te sorprende?

– No. -Luc miró por encima de la cabeza de Jane-. La cosa es que cambia de humor de un momento a otro, es impredecible, y esta noche iba a ser muy especial para ella. La habían invitado a un baile del instituto, pero el chico que debía llevarla decidió ir con otra en el último minuto.

– Eso es terrible. Qué cerdo.

Él volvió a mirarla a los ojos.

– Me ofrecí para ir a patearle el culo, pero Marie pensó que le resultaría embarazoso.

Por alguna extraña razón, Jane sentía que Luc empezaba a chiflarla. No podía evitarlo, y todo porque se había ofrecido a patearle el culo al que le había dado plantón a su hermana.

– Eres un buen hermano.

– Lo cierto es que no. -Luc acarició la espalda de Jane con un pulgar y la atrajo ligeramente hacia él-. Llora cada dos por tres y yo no sé qué hacer.