– Acaba de perder a su madre. No hay nada que puedas hacer.
La rodilla de Luc rozó la de Jane.
– ¿Te lo ha dicho ella?
– Sí, y sé cómo se siente. Yo también perdí a mi madre. Le he dicho que si necesitaba hablar con alguien que me llamase. Espero que no te importe.
– En absoluto. Creo que necesita una mujer con la que hablar. He contratado a una señora para que la acompañe mientras estoy fuera, pero a ella no le gusta. -Luc reflexionó por unos segundos y añadió-: Lo que ella necesita es alguien que la lleve de compras. Cada vez que le dejo mi tarjeta de crédito, vuelve con una bolsa de chucherías y algo dos tallas más pequeño.
Eso explicaba el vestido ceñido.
– Podría ponerla en contacto con mi amiga Caroline. Es una especialista ayudando en ese tipo de cosas.
– Eso sería estupendo. No sé nada de chicas.
Aun cuando no hubiese leído nada sobre él, Jane habría descubierto en menos de cinco segundos que sabía mucho de chicas. Había algo en su mirada y en su sonrisa que lo delataba.
– Querrás decir que no sabes nada de hermanas.
– No sé nada de mi hermana pequeña -puntualizó él en tono burlón-. Pero en una ocasión, tuve una cita con unas gemelas
– Ya. -Ella frunció el entrecejo-. Tú y tu sombra.
Él se echó a reír.
– Eres tan crédula -dijo justo cuando la música acababa y ella se detuvo. En lugar de soltarla, él la atrajo hacia su pecho. El trío empezó otra canción-. ¿Qué habéis hecho tú y Hogue en la limusina? -le preguntó acercando la boca a su pelo.
– ¿Cómo dices?
– Le has dado las gracias a Darby y le has dicho que el viaje en limusina fue maravilloso.
Ella y Darby habían bebido champán y no habían dejado el televisor en paz, mientras el conductor los paseaba por la ciudad como si de Bill y Melinda Gates se tratase. Pero suponía que no era eso lo que Luc quería saber. Tenía el cerebro en la entrepierna, por lo que decidió darle algo en que pensar.
– Hicimos cosas malas.
Luc la miró azorado.
– ¿Hiciste cosas malas con Hogue?
A Jane casi se le escapó la risa. Lo único malo en ella era su imaginación.
– Bajo toda esa gomina, se esconde un tigre.
– Cuéntame -pidió él, apretando su hombro con los dedos.
– ¿Quieres que te cuente los detalles?
– Sí, por favor.
Ahora Jane no pudo evitar soltar una carcajada. Él debía de haber hecho cosas que ni siquiera Bomboncito de Miel habría sido capaz de imaginar. Dudaba que pudiese sorprenderle aunque lo intentase.
– A menos que invente algo, me temo que te sentirás defraudado.
– Entonces invéntatelo.
¿Podía hacerlo? ¿Allí, en la pista de baile? ¿Podía convertirse en Bomboncito de Miel si cerraba los ojos? La mujer que hacía que los hombres ardiesen de deseo. Hombres como Luc.
– En realidad no fue tan malo -dijo ella-. Nada de látigos y cosas de ésas. No me va el dolor.
Resultaba muy atractivo estar tan cerca de Luc y fingir que era la mujer capaz de satisfacer a un hombre como él. La clase de mujer que susurra marranadas y hace que los hombres supliquen. Para su siguiente artículo para la revista Him, había pensado escribir sobre una fantasía compartida para Bomboncito de Miel. A los hombres les encantaban las fantasías compartidas.
– ¿Te gusta mirar?
– Soy más bien de los que participan -susurró él a su oído-. Me resulta más interesante.
Pero no podía hacerlo. Sola en su apartamento era una cosa, pero allí entre los brazos de Luc era otra cosa totalmente diferente. No podía deja volar su imaginación, y lo máximo que atinó a decir fue:
– Darby es insaciable. Nadie lo habría supuesto. De hecho, creo que voy a sentarme. Estoy agotada.
Luc le apretó el brazo y la miró a la cara.
– No me digas que tienes tan poca resistencia.
– Hablemos de otra cosa -dijo ella, que temía que sus defensas empezaran a flaquear.
Él se mantuvo inmóvil durante un momento, después dijo:
– Estás muy guapa esta noche.
– Gracias. Tú también lo estás.
Luc la atrajo una vez más hacia sí y ella puso de nuevo la mano en su hombro, sintiendo la suavidad de su chaqueta. Si se acercaba un poco más el olor de su colonia impregnaría su nariz.
– Y estás muy elegante. Me gusta tu peinado.
– Me he cortado el pelo esta mañana. Ahora está bien, pero la prueba definitiva será mañana por la mañana, cuando lo lave.
– Yo me lo lavo y lo dejo secar -susurró Luc.
Ella cerró los ojos. Bien, un tema seguro… y aburrido. El pelo.
– Me gusta tu vestido.
Otro tema seguro.
– Gracias. No es negro.
– Ya me he dado cuenta. -Luc deslizó la mano desde su cintura hacia su espalda, dejando los dedos y la palma cálida sobre la piel desnuda- ¿Crees que podrías ponerte alguna vez la parte de atrás hacia delante?
– No. Creo que no -repuso ella, sintiendo el calor de su mano.
– Qué lástima. No me importaría vértelo puesto de ese modo.
La música fluía alrededor de Jane como si todo estuviese detenido. Luc Martineau, con su malvada sonrisa y su tatuaje de herradura, quería verla desnuda. Imposible. Bajo la superficie, su piel tembló, caliente y viva, plena de sensaciones. El deseo y la necesidad se apretaban en su abdomen y se preguntaba si él se habría dado cuenta de que se había pegado a él justo para olerle el cuello. Justo por encima de su pajarita y del cuello de su camisa.
– ¿Jane?
– ¿Sí?
– Marie ha vuelto. Mañana tenemos que estar muy temprano en el aeropuerto, así que es mejor que nos vayamos.
Jane alzó la vista hacia la cara de Luc. Su mente estaba ocupada en impuros pensamientos, pero él parecía ajeno y distante. «No me importaría vértelo puesto de ese modo», había dicho. No cabía duda de que se estaba quedando con ella.
– Voy a buscar mi abrigo.
Apartó la mano de su espalda y el aire frío reemplazo el calor de su roce. La cogió por el brazo y, mientras abandonaban la pista de baile, le pasó el pequeño bolso de Caroline.
– Dame tu tíquet. Voy a por el abrigo de Marie y también traeré el tuyo.
Jane hurgó en el bolso y extrajo el tíquet. Mientras él retiraba los abrigos, Jane habló con Marie, pero seguía pensando en Luc, y no quería dejar de hacerlo. Había sentido que lo deseaba. Mala cosa. ¿Lo habría advertido Luc? Esperaba de todo corazón que no. Esperaba que nunca se lo imaginase. Su vida podría desarrollarse con total felicidad si nadie llegaba a saber que Jane Alcott había querido saltar encima del jugador de hockey Luc Martineau. Si él llegaba a sospecharlo, sin duda saldría corriendo en la dirección contraria.
Cuando estuvo de regreso, la ayudó a ponerse su abrigo negro. Los dedos de Luc rozaron su nuca mientras ajustaba el cuello del abrigo, y ella se preguntó a qué se parecería sentir sus brazos alrededor del cuerpo mientras se apretaba contra él. Pero aunque tuviese los arrestos para seguir sus impulsos, sería ya demasiado tarde; él se había alejado y mantenía abierto el abrigo de su hermana para que se lo pusiese sin problemas.
Mientras esperaban en la base del Space Needle a que el aparcacoches les llevara el Land Cruiser blanco de Luc, éste se abotonó la chaqueta y metió las manos en los bolsillos, con los hombros encorvados debido al frío. Hablaron del tiempo y del vuelo que tenían que tomar casi de madrugada. Nada importante. Marie les habló de las vistas desde el mirador, y Jane no dejó de echarle miraditas al oscuro perfil de Luc. La luz que llegaba de lo alto de la torre iluminaba un solo lado de su cara y sus anchos hombros, dibujando una alargada sombra en el hormigón.
Cuando regresó el aparcacoches, Luc abrió la puerta del acompañante para Jane y la trasera para su hermana. Se puso al volante, arrancó y tomó Bellevue. Tras unas cuantas manzanas, rompió el silencio.
– La señora Jackson está al corriente de que tiene que llegar antes de que te vayas al instituto -le dijo a su hermana-. ¿Necesitas dinero o alguna otra cosa?