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Jane lo miró de reojo. Su perfil era poco más que una silueta negra dentro del interior oscuro del coche. La luz procedente del salpicadero rebotaba contra su reloj de pulsera lanzando destellos dorados sobre su chaqueta. Volvió la mirada hacia la ventanilla.

– Necesito dinero para comer y tengo que pagar la clase de cerámica.

– ¿Cuánto necesitas?

Jane escuchó su conversación, sintiéndose una intrusa, sentada en aquel asiento de cuero del todo terreno de Luc mientras éste hablaba con su hermana acerca de cuestiones de su vida cotidiana. Una vida en la que no estaba incluida. Era la vida de ellos. No la suya. Ella tenía su propia vida. Una hecha a su medida, y no guardaba relación con la de Luc. Cuando el vehículo se detuvo frente a su piso, Jane fue a abrir la puerta.

– Muchas gracias por traerme a casa -dijo.

Luc estiró la mano y la cogió del brazo.

– No te muevas. -Miró hacia el asiento trasero-. Ahora mismo vuelvo, Marie -añadió al tiempo que se apeaba.

Las farolas apenas le iluminaron mientras rodeaba el Land Cruiser y abría la puerta del acompañante. Ayudó a Jane a salir y caminó a su lado por la acera. En el porche iluminado, ella abrió el bolso y sacó las llaves, pero al igual que la noche en que él la había acompañado a su habitación en San José, él le quitó la llave y la introdujo en la cerradura.

Había dejado encendida una de las lámparas de suelo, y la luz iluminaba la moqueta y la puerta de entrada.

– Gracias de nuevo -dijo al tiempo que se adentraba en el piso. Estiró la mano para que él le entregase las llaves y él le agarró la muñeca, dejó caer las llaves en la palma de su mano y entró con ella.

– Esto no es una buena idea -dijo Luc, y con el pulgar le acarició la muñeca.

– ¿El qué? ¿Traerme a casa?

– No. -La atrajo hacia él y le rozó una mejilla con la suya-. Has estado volviéndome loco. No dejo de preguntarme qué debe de sentirse al enredar los dedos en tu pelo. -Aumentó la presión de sus manos contra la espalda de ella-. Tus labios rojos y tu vestido del color del fuego me han hecho pensar un montón de cosas disparatadas. No debería tener esa clase de pensamientos contigo, pero los tengo. Debería pasar de todo ello. -Sus ojos azules se clavaron en los de Jane, ardientes e intensos-. Pero no puedo -susurró contra su boca-. Dime una cosa, Jane, ¿tienes frío? -Sus labios se rozaron y él añadió entre jadeos-: ¿O estás excitada?

Entonces la besó, y el impacto la dejó conmocionada durante unos cuantos segundos. No podía hacer otra cosa más que quedarse allí quieta mientras él la besaba.

¿Qué quería decir preguntándole si tenía frío o estaba excitada? A todas luces, no tenía frío.

Él apretó su boca contra la de Jane y posó la mano libre en su cara, acariciándole la mejilla y enroscando los dedos en su pelo hasta rozar la sien. Un leve gemido escapó de la garganta de Jane, las llaves cayeron de su mano y ya no le importó qué significaba aquella pregunta sobre el frío. Recorrió con la palma de su mano la parte frontal de la chaqueta de Luc hasta llegar al cuello. Aquello no podía estar sucediendo. No a ella. No con él.

Los labios de Luc apretaron con más fuerza hasta que ella abrió la boca. Su lengua se deslizó dentro y tocó la suya, húmeda y tan esperada.

Para un hombre que se pasaba el tiempo trabando a otras personas y dándole golpes a un disco con su stick, sus caricias eran sorprendentemente suaves. Jane se sintió arrastrada por la pasión que recorría su piel, aferrándose en su pecho, y provocándole dolor entre los muslos. Se dejó caer en la lujuria que había estado intentando contener. La gran mano de Luc abarcó uno de sus pechos a través de la tela de su vestido y del abrigo, al tiempo que Jane se pegaba a su cuerpo. Rozó su pezón con el pulgar y éste creció entre sus dedos. No había más pensamiento que dejarse llevar, que hacer lo que había que hacer. Lo besó como si quisiese devorarlo. Su lengua se enroscó a la de Luc como si desease emborracharse de él.

Luc se apartó y la miró a los ojos y dijo con voz áspera:

– Haces que me den ganas de chuparte más que de besarte.

Jane se lamió los labios húmedos y asintió. Ella también lo prefería.

– Maldita sea -dijo Luc entre jadeos.

Después se dio la vuelta y se fue. Dejó a Jane aturdida y desconcertada. Conmocionada por cuarta vez aquella noche.

10. El punto ciego

Jane cerró su ordenador portátil y dejó lo que estaba escribiendo: la historia de Bomboncito de Miel y su última víctima, un jugador de hockey al que había conocido en el mirador del Space Needle. Un jugador de hockey que se parecía muchísimo a Luc Martineau.

Se levantó de la silla y miró por la ventana del hotel hacia el centro urbano de Denver, Colorado. Definitivamente, estaba cada vez más colada por Luc. Sin duda era una insensatez. En el pasado, se había basado a veces en personas reales para describir a las víctimas de Bomboncito de Miel. Cambiaba los nombres, pero los lectores podían imaginar de quién se trataba. Hacía unos meses, por ejemplo, había utilizado a Brendan Fraser, para que lo reconociesen quienes habían visto películas como «En busca de Eva», «George de la jungla» o «Al diablo con el diablo». Pero ésa era la primera vez que escribía sobre alguien a quien conocía personalmente.

La gente reconocería a Luc cuando saliese el número de marzo. Los lectores de Seattle, como mínimo, lo harían. Él escucharía los comentarios. Jane se preguntó si le importaría. A la mayoría de hombres les daría igual, pero Luc no era como la mayoría. No le gustaba leer lo que se decía de él en los libros, en los periódicos o en las revistas. Le tenían sin cuidado los halagos. Aunque el relato de Bomboncito de Miel era extremadamente halagador. Más sexy y apasionado de lo que había escrito hasta entonces. De hecho, era lo mejor que había escrito nunca. Todavía no tenía claro si iba a enviarlo o no. Disponía de unos cuantos días antes de tomar una decisión.

Soltó las cortinas y se volvió hacia la habitación. Habían pasado dieciséis horas desde que Luc la había besado dejándola sin aliento. Dieciséis horas de alivio y de análisis de cada palabra y cada acción. Dieciséis horas y ella seguía sin saber qué pensar. Él la había besado y todo había cambiado radicalmente. Bueno, a decir verdad no sólo la había besado. Le había tocado un pecho y le había dicho que lo estaba volviendo loco, y si su hermana no hubiese estado esperándole en el coche, Jane podría haberlo tumbado en el suelo para echarle un vistazo a su tatuaje, que la enloquecía desde que lo vio por primera vez en el vestuario. Y eso no habría estado bien. Nada bien. Por un montón de razones.

Se quitó los zapatos de una patada y el jersey. Lo dejó sobre la cama y se dirigió al cuarto de baño. Le escocían los ojos y se sentía confusa. En lugar de permanecer encerrada en su habitación trabajando en el relato de Bomboncito de Miel tendría que haber acudido al Pepsi Center para hablar con los jugadores y los entrenadores antes del partido de la noche siguiente. Darby le había dicho que el momento más adecuado para hablar con los entrenadores o con los directivos era durante el entrenamiento, y Jane quería hacerles varias preguntas acerca del nuevo fichaje, Pierre Dion.

Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente le cayese sobre la cabeza. Aquella mañana, cuando Luc subió al avión, con gafas de sol, traje azul y la corbata floja, había sentido un retortijón en el estómago como si volviese a tener trece años y se tratase de su primera aventura en el instituto. Fue horrible, pues era lo bastante mayor para saber que una aventura con el chico más popular del instituto acabaría rompiéndole el corazón.

Pasados quince minutos, salió de la ducha y cogió dos toallas. Siendo sincera consigo misma, algo que había intentado evitar, no podía seguir engañándose pensando que lo que sentía por él no era más que el deseo de tener una aventura. Se trataba de algo más. Mucho más, de hecho, y por eso estaba asustada. Tenía treinta años. No era una niña. Había estado enamorada, también había sentido deseo y también algo que era una mezcla de ambas cosas. Pero nunca se había permitido perder la cabeza por un tipo como Luc. Nunca. Y menos teniendo tanto que perder. No cuando tenía mucho más en juego que su contrario. Algo más importante: su trabajo.