Un corazón roto podía superarse; ya lo había logrado antes. Pero no creía que estuviese en disposición de echar por la borda la mejor oportunidad de que había dispuesto en mucho tiempo. Y menos debido a un hombre. Sería una estupidez, y ella no era estúpida.
Llamaron a la puerta, interrumpiendo sus pensamientos, y fue a abrir. Miró por la mirilla y vio a Luc, bien peinado y compuesto. Estaba mirando al suelo, por lo que se permitió unos segundos para estudiarlo. Llevaba cazadora de cuero y jersey gris, y debía de llegar de la calle porque sus mejillas estaban rosadas. Alzó la vista y sus ojos azules la miraron a través de la mirilla como si pudiese verla.
– Abre, Jane.
– Un segundo -dijo ella, sintiéndose tonta. Fue hasta el armario y sacó el albornoz, se lo puso y abrió la puerta.
Luc la estudió, miró su boca y a continuación, sin prisa, descendió hasta sus pies desnudos.
– Al parecer, te he pillado otra vez en la ducha.
– Así es.
Luc contempló sus piernas y después la miró a la cara, inexpresivo. O no le interesaban o fingía muy bien su desinterés.
– ¿Tienes un minuto?
– Claro. -Jane se hizo a un lado y lo dejó pasar-. ¿Qué quieres?
Una vez en el centro de la habitación, Luc se volvió para mirarla.
– Esta mañana parecías incómoda. No quiero que te sientas incómoda a mi lado, Jane. -Tomó aliento y se metió las manos en los bolsillos de la cazadora-. Así que he pensado que tal vez debía disculparme.
– ¿Disculparte, por qué…? -dijo ella, pero sabía y esperaba que él no supiese el motivo.
– Por besarte anoche. Todavía no sé con certeza qué fue lo que sucedió. -Luc miró por encima de la cabeza de Jane, como si la respuesta estuviese escrita en la pared-. Si no te hubieses cortado el pelo, si no hubieses estado tan guapa, creo que no habría ocurrido.
– Aguarda un segundo -dijo ella, alzando una mano-. ¿Estás echándole la culpa a mi peinado? -preguntó, sólo para asegurarse de que había oído bien. Esperaba haberse equivocado.
– Seguramente, tuvo más que ver con el vestido. Ese vestido fue diseñado con una motivación oculta.
La había besado, y ella había caído presa de sus encantos hasta tal punto que ya no sabía si se trataba sin más de sus encantos. Y en aquel momento estaba allí, responsabilizando a su peinado y a su vestido como si hubiese sido una maquinación suya. Saber cómo se sentía Luc le dolió más de lo previsto. Era un gilipollas, pero ella era una tonta y esto último le resultaba más duro de asumir.
El dolor y la rabia le oprimían el corazón, pero estaba decidida a no revelar sus sentimientos.
– No era más que un vestido rojo cualquiera.
– Te dejaba la espalda al descubierto y sólo tenía dos tiras por delante. -Luc se balanceó sobre sus talones y bajó la mirada para recorrer a Jane desde la toalla que recogía su pelo hasta los pies desnudos. Llevaba desde la noche anterior pensando en aquel beso en su apartamento, y no sabía a ciencia cierta qué lo había llevado a besarla. El vestido. Los labios. La curiosidad. Todo junto-. Y la cadenita de oro que colgaba de tu espalda sólo tenía una razón de ser.
– ¿Cuál? ¿Hipnotizarte?
Estaba siendo sarcástica, pero no andaba desencaminada.
– Tal vez no hipnotizarme, pero estaba allí para que cualquier hombre que la viese pensase en desengancharla.
Jane enarcó una ceja y le miró como si Luc fuese idiota. Realmente parecía serlo.
– Te lo digo en serio -añadió él-. Todos los hombres pensaban anoche en quitarte el vestido.
Nadie se lo había dicho, pero Luc suponía que lo habían pensado; tenían que haberlo hecho.
– ¿Esta es tu idea de lo que supone pedir disculpas o tu manera de racionalizar lo que sucedió? -Se quitó la toalla de la cabeza y la arrojó sobre la cama.
– Es un hecho.
Jane se peinó un poco con los dedos.
– Qué frustrante.
Si ella hubiese sido un chico, habría captado la lógica del asunto.
– Aparte de ser una estupidez. -Sus húmedos rizos se le enredaron entre los dedos al apartarlos de la cara-. Eso me hace responsable de todo, pero no fui yo la que anoche se metió en tu apartamento y te besó. Fuiste tú el que me besó a mí.
– No protestaste. -Luc no sabía qué era lo que le contrariaba más, si el hecho de haberla besado o el que ella le correspondiese. Jamás habría imaginado toda la pasión que podía contener aquel cuerpo menudo.
Ella dejó escapar un largo suspiro, como si todo aquel asunto la aburriera.
– No quería herir tus sentimientos.
Él se echó a reír, aunque lo que deseaba era acercarse a ella y besarla en la boca. Deslizar la mano dentro del albornoz y abarcar su pecho, a pesar de saber que era algo peor que una mala idea. Apoyó la cadera en el escritorio mientras apartaba la mirada de sus labios, recordando cómo sabían la noche anterior. Miró hacia un lugar seguro: el ordenador portátil de Jane.
– Por el modo en que besabas, creí que querías meterte dentro de mí.
La agenda estaba abierta a un lado del ordenador. Tenía pegadas un montón de notas adhesivas. Un par de esas notas hablaban de cuestiones relacionadas con el hockey y con preguntas que quería formular para su crónica.
– Otra vez resultas frustrante.
Una de las notas rosas decía: «16 de febrero: entrega "Soltera en la ciudad"», en tanto que en otra podía leerse: «"Bomboncito de Miel": tomar decisión el viernes como muy tarde». ¿Bomboncito de Miel? ¿Leía Jane las aventuras de esa ninfómana que hacía que los hombres entrasen en estado de coma? No podía imaginársela leyendo historias pornográficas.
– Estabas muy excitada -dijo arrastrando las palabras de manera lenta y deliberada al tiempo que volvía a mirarla a los ojos-. Podría haberte desnudado en un segundo.
– No sólo eres engreído y decepcionante, sino que… ¡eres un perturbado mental! -le espetó.
– Probablemente -admitió él mientras pasaba por su lado camino de la puerta. Se sentía un perturbado mental, en efecto.
– Espera un segundo. ¿Cuándo vas a concederme la entrevista que me prometiste?
Con la mano ya en el pomo de la puerta, Luc se volvió hacia ella.
– Ahora, no -respondió.
– ¿Cuándo?
– Algún día.
– ¿Algún día como mañana? -Jane se colocó el pelo detrás de las orejas.
– Te lo haré saber.
– No puedes dejarme colgada.
Luc no tenía intención de hacerlo. Sencillamente no quería que lo entrevistase en ese momento. Ahí. En una habitación de hotel con una enorme cama de matrimonio y ella cubierta tan sólo con un albornoz, pidiéndole que demostrase lo perturbado que estaba.
– Sí, ¿y eso quién lo dice?
Ella frunció el entrecejo y le clavó la mirada.
– Yo.
Él rió otra vez. No podía evitarlo. Daba la impresión de que Jane estaba dispuesta a darle una patada en el culo.
– Me lo prometiste.
Por un segundo Luc barajó la posibilidad de hacerla callar con un beso. Besarla hasta que se ablandase y volviese a ponerse dulce. Hasta hacerla gemir de aquel modo tan especial, como lo había hecho la noche anterior; llevarla incluso más lejos. Tocarla allí donde su mente no había dejado de pensar desde que, aquella misma mañana, en el avión en que viajaba el equipo, la había visto de nuevo.
– ¿Cuándo, Luc? -insistió ella.
En lugar de responder de inmediato, él abrió la puerta y dijo por encima del hombro: