En algún punto sobre Oklahoma se quedó dormido, y no despertó hasta que el avión estaba a punto de tomar tierra en el SeaTac. Una vez que aterrizaron y se detuvieron, Luc cogió sus bolsas y se encaminó al aparcamiento principal. Jane iba por delante de él a cierta distancia, arrastrando una enorme maleta con ruedas y llevando a cuestas su ordenador portátil y el maletín. Luc no tardó en alcanzarla, por lo que entraron juntos en el ascensor. Apretaron el mismo botón para la misma planta del garaje y las puertas se cerraron. Luc se apoyó contra la pared y le echó un vistazo. Ella tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. Parecía exhausta, pero se veía guapa.
– ¿Qué? -preguntó Luc.
– ¿Vas a concederme la entrevista esta semana?
Tal vez estuviese cansada, pero seguía trabajando. Mientras él pensaba en lo guapa que era y en la suavidad de su piel y sus experimentados dedos, ella pensaba en su trabajo. Mierda.
– ¿Llevas sujetador?
– ¿Otra vez con lo mismo?
– Sí. ¿Por qué no llevas sujetador como la mayoría de las mujeres?
– ¿Y a ti qué te importa?
Luc bajó la mirada hasta el pecho de Jane, pero, por supuesto, no consiguió ver nada.
– Siempre tienes los pezones erizados, y eso me distrae.
Cuando alzó la vista hasta su cara, Jane había fruncido el entrecejo y su boca estaba abierta como si fuese a decir algo y hubiese olvidado las palabras para hacerlo. Las puertas del ascensor se abrieron.
– Parece que estés excitada todo el rato -añadió Luc manteniendo la puerta abierta para que ella pudiese sacar su maleta con ruedas. La confusión que evidenciaba su rostro era ya todo un clásico, por lo que él no pudo evitar reír-. No me digas que nunca te lo habían dicho.
– No. Tú has sido el primero. -Jane meneó la cabeza y se encaminaron juntos hacia el aparcamiento-. Otra vez te estás quedando conmigo. Como cuando te ofreciste para mear en mi taza de café o me dijiste que ibas a un local de strip-tease.
– Lo del café iba en serio, y también lo que acabo de decirte. -Luc se detuvo ante la parte trasera de su Land Cruiser.
– Vaya, muy bien -dijo Jane mientras seguía caminando hacia su Honda Prelude, aparcado unas cuantas plazas más allá del todoterreno de Luc.
Él dejó las bolsas en el asiento trasero de su todoterreno y la miró. Tenía el maletero de su coche abierto, y resoplaba intentando meter aquella enorme maleta. Luc recorrió el espacio que los separaba, haciendo que el taconeo de sus zapatos resonara en el aparcamiento casi vacío. Al oír el sonido de sus pasos, Jane alzó la vista. Las luces del garaje proyectaban profundas sombras en el rincón donde había aparcado el coche. Un mechón de pelo le caía sobre un ojo y ella volvió a colocarlo en su sitio. Tenía los labios ligeramente separados y parecía algo agitada.
– ¿Necesitas ayuda? -preguntó Luc.
Ella señaló la maleta, aún en el suelo.
– ¿Puedes echarme una mano? Anoche compré unos libros y este trasto pesa demasiado.
Luc introdujo la maleta en el maletero sin dificultad.
– Gracias. -Jane metió también el ordenador portátil y el maletín, después cerró el maletero.
– De nada.
– ¿Te dijo Marie que hemos quedado el sábado? -preguntó Jane mientras se dirigía al asiento del conductor.
– Sí. -Él la siguió y le quitó las llaves de la mano. Abrió la puerta y añadió-: Parecía muy ilusionada.
Ella estiró el brazo y él dejó caer las llaves en la palma de su mano.
– Me alegra que lo digas. No hemos hablado desde hace algún tiempo y no sabía si te parecería bien el plan.
Luc bajó la vista desde su cabello, pasando por sus ojos verdes y su nariz recta, hasta la curva de su labio superior.
– Sí, hemos hablado -dijo.
– Tal vez no lo sepas, pero llamarte pedazo de tonto y que tú me atosigues con lo del sujetador no puede considerarse hablar. -Jane hizo una mueca con la boca-. Al menos, no se considera hablar si estás fuera de un vestuario.
Luc volvió a mirarla a los ojos y se preguntó si estaba intentando ridiculizarlo. Sospechaba que sí.
– ¿Qué quieres decir con eso, cariño?
Ella se cruzó de brazos y dio un paso atrás.
– Creo que los dos lo sabemos.
– Sólo soy un estúpido jugador de hockey, así que ¿por qué no lo repites más despacio para que pueda captarlo?
– Nunca he dicho que seas estúpido.
Él dio un paso hacia ella, por lo que Jane tuvo que alzar la vista otra vez.
– Pero lo haces de forma implícita, Jane. No soy tan estúpido como para no pillarlo.
Jane dio otro paso atrás.
– No quería dar a entender que fueses estúpido.
– Sí lo querías.
– De acuerdo, pero no creo que seas estúpido. Eres…
– ¿Soy…?
– Rudo.
Él se encogió de hombros.
– Eso es cierto.
– Y me dices cosas que no resultan apropiadas.
– ¿Cómo qué?
– Como que parece que siempre esté excitada.
Lo parecía.
– Nunca me dirías algo así si fuese hombre.
Estaba en lo cierto, pero un hombre, si acaso, iría empalmado, y Luc no se daría cuenta. Ahora bien, lo que le sucedía a Jane sí podía advertirlo.
– Lo tendré en cuenta.
Jane retrocedió otro paso y su espalda topó con la pared.
– Eres un mimado -dijo-. Siempre consigues todo lo que quieres y haces lo que te da la gana.
Estaba hablando de la entrevista otra vez.
– Todo no. -Se acercó a ella y puso las manos a los lados de su cabeza, sobre el frío hormigón de la pared-. Algunas de las cosas que quiero no son nada buenas para mí. Así que tengo que prescindir de ellas.
– ¿Cómo qué?
– La cafeína. El azúcar. -Le miró los labios-. Tú.
– ¿Yo?
– Definitivamente, tú. -Deslizó la mano hacia su nuca e inclinó la cabeza hasta posar los labios sobre los de Jane-. Contigo no he podido hacer lo que me daba la gana -añadió, y la besó, porque no parecía poder evitarlo.
Los labios de Jane eran cálidos y dulces, y una oleada instantánea de deseo se instaló en su entrepierna. Sin otra cosa que la mano en su nuca, y su boca en la de ella, la lujuria le atravesó como un rayo.
Se apartó de ella con la intención de alejarse antes de hacer algo de lo que se arrepentiría, pero ella lo miró fijamente a los ojos y se humedeció los labios. En lugar de volverse, la tomó por la cintura con uno de sus brazos y la atrajo hacia sí. Estaba acostumbrado a mujeres más altas, por lo que tuvo que ponerla de puntillas. Abrió la boca sobre la de Jane y la llenó con un húmedo y caliente beso. La apretó con más fuerza mientras las manos de Jane recorrían sus hombros y su cuello. La lengua de Luc se enroscó en la de ella mientras ella enredaba los dedos en su pelo. Se le puso el vello de punta. Ella ahogó un gemido de deseo, frustración y ansia como el que lo había excitado en el apartamento de ella y lo había llevado a plantearse la posibilidad de hacerle el amor allí mismo.
Bajo la tenue luz del aparcamiento, él le desabrochó el abrigo, y después introdujo las manos bajo el jersey. Su plano vientre estaba caliente, y él deslizó la mano hasta los pechos. No llevaba sujetador, y sus pequeños senos apenas le llenaban la mano. El pezón erecto se clavó en el centro de la palma de su mano como una pequeña frambuesa. Luc notó que se le endurecían los testículos y sus rodillas casi le flaquearon. Apartó la boca y tomó aire. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan excitado, y tuvo que detenerse.