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En lo que a ropa se refería, Marie aceptó los consejos de Caroline sin rechistar. Caroline sabía conducir a la gente, evitándole pasos en falso, de un modo en que no se sentían conducidos, de ese modo no les irritaba que Caroline fuese alta y hermosa y vistiese como una supermodelo.

– Son pequeños para ti -le indicó a Marie cuando ésta escogió unos téjanos Calvin Klein-. Los modistos diseñan la ropa para chicas anoréxicas o muchachitos -dijo-. Gracias a Dios, no tienes aspecto de chico. -Añadió, pasándole una talla cinco.

Darby Hogue apareció en el departamento de calzado mientras Marie se estaba probando unas sandalias Steve Madden con un tacón de ocho centímetros.

– Le dije a Darby que le ayudaría a escoger un par de camisas -dijo Caroline, y si Jane no la hubiese conocido como la conocía, habría jurado que a su amiga se le habían subido un poco los colores. Pero eso era imposible, porque los pazguatos pelirrojos de MENSA no eran el tipo de Caroline. A ésta le gustaban altos, morenos y sin fundas de plástico para bolígrafos en el bolsillo de la camisa.

Caroline le señaló a Marie unas botas negras con unas grandes hebillas plateadas a los lados.

– Te quedarían geniales con la falda de camuflaje y el cinturón que te has comprado.

Jane, por su parte, pensó que las botas eran horrorosas, pero Marie exclamó, encantada:

– ¡Molan!

Jane entendió aquello como algo positivo. De nuevo, se sintió vieja al oír hablar a una adolescente. Para contrarrestar esa sensación, se probó unas sandalias con un tacón de cinco centímetros.

Se sentó junto a Darby para probárselas.

– ¿Qué te parecen? -le preguntó levantándose la pernera de los vaqueros y observando las sandalias desde diferentes ángulos.

– Parecen zapatos de espantapájaros.

Le echó un vistazo a Darby, ataviado con su camisa favorita de seda con calaveras estampadas y sus pantalones de cuero, y se preguntó de dónde habían salido esas palabras.

Se inclinó hacia ella y le dijo al oído.

– Necesito que le hables bien de mí a Caroline.

– Ni lo sueñes. Me has ofendido con lo de las sandalias.

– Si me consigues una cita con ella, te las compraré.

– ¿Quieres que haga de alcahueta?

– ¿Te supone algún problema?

Jane miró a su amiga, que estaba ante el mostrador de la tienda Ralph Lauren estudiando un par de pasadores para el pelo.

– Oh, sí -dijo Caroline.

– Dos pares de zapatos.

– Olvídalo. -Jane se quitó las sandalias y las metió otra vez en la caja-. Pero voy a darte un par de consejos: deshazte de la camisa de calaveras y no hables de MENSA.

– ¿Lo dices en serio?

– Totalmente.

Cuando acabaron en la sección de zapatería, ella y Marie subieron por las escaleras mecánicas a la sección de lencería, en tanto que Caroline y Darby se dirigieron a la sección de ropa masculina.

Jane y Marie iban cargadas de bolsas mirando los percheros de los sujetadores.

– ¿Qué te parecen? -le preguntó Marie mostrándole un sujetador de encaje color lavanda.

– Es bonito.

– Pero me apuesto lo que quieras a que no es nada cómodo. -Inclinó la cabeza hacia un lado-. ¿No te parece?

– Lo siento, pero no sé si podré ayudarte. Nunca llevo sujetador.

– ¿Por qué?

– Bueno, como puedes apreciar, no es que lo necesite mucho. Siempre he llevado tops… o nada.

– Mi madre me habría matado si sólo hubiese llevado tops.

Jane se encogió de hombros.

– Sí, bueno, cuando crecí, a mi padre no le gustaba hablar de cosas de chicas. Creo que durante un montón de años se limitó a fingir que yo era un chico.

Marie miró por encima la etiqueta del precio.

– ¿Sigues echando de menos a tu madre?

– Todo el tiempo, pero ya lo he superado. Sin embargo, te aconsejo que guardes todos los buenos recuerdos que tengas de tu madre antes de que enfermase. No pienses en las cosas malas.

– ¿De qué murió tu madre?

– Cáncer de mama.

– Oh.

Se miraron por encima de un perchero con brillantes sujetadores de encaje. Los grandes ojos azules de Marie se clavaron en los de Jane, y ninguna de las dos hizo comentario alguno sobre lo doloroso que era ver morir de ese modo a alguien que quieres. Conocían la experiencia.

– Eras más joven que yo, ¿verdad? -preguntó Marie.

– Tenía seis años, y mi madre estuvo enferma mucho tiempo antes de morir.

Tenía treinta y un años. Uno más que Jane en aquel momento.

– Yo conservo algunas flores del entierro de mi madre -dijo Marie-. Se han secado, pero de algún modo me hacen sentir que sigo conectada a ella. -Bajó la vista-. Luc no lo entiende. Cree que debería tirarlas.

– ¿Le has contado por qué las conservas?

– No.

– Deberías hacerlo.

Se encogió de hombros y descolgó del perchero un sujetador rojo.

– Yo tengo el anillo de compromiso de mi madre -confesó Jane-. Mi padre le dejó puesto el anillo de matrimonio, pero se quedó con el de compromiso; yo solía llevarlo colgado del cuello con una cadena. -No había vuelto a hablar de ese anillo, ni de lo que significaba para ella, desde hacía años. Caroline no lo entendía, ya que su madre se había fugado con un camionero. Pero Marie, sí.

– ¿Dónde lo tienes ahora?

– En el cajón de mi ropa interior. Dejé de llevarlo algunos años después de su muerte. Supongo que tú también te desharás de las flores cuando haya pasado el tiempo adecuado para ti.

Marie asintió con la cabeza y escogió un sujetador blanco con relleno.

– Mira éste.

– Parece resistente. -Jane también sacó uno del perchero y apretó el relleno. Era fuerte y se preguntó qué pensaría Luc respecto a que su hermana pequeña llevase un sujetador con relleno. Se preguntó también qué pensaría si ella llevase uno-. Tal vez a Luc no le guste que te compres un sujetador como éste.

– Qué va, a él le da igual. Probablemente ni siquiera se dé cuenta -dijo haciéndose con cuatro sujetadores y metiéndose en un probador. Mientras esperaba, Jane agarró todas las bolsas y se acercó a la sección de bragas.

Tal vez no supiese mucho de sujetadores, pero era toda una experta en bragas. Le gustaban los tangas. Al principio, los odiaba, pero después comenzó a sentir devoción por ellos. No había que subírselos como las bragas convencionales pues…, bueno, siempre estaban arriba. Mientras esperaba, compró seis pares de tangas de algodón y lycra con sus respectivos tops a juego.

Una vez hubo salido del probador, Marie dejó un montón de bragas y tres sujetadores en el mostrador. El teléfono móvil empezó a sonar en su bolso y ella contestó.

– Hola -dijo-. Humm… Sí, creo que sí. -Miró a Jane-. Se lo preguntaré. Luc quiere saber si tienes hambre.

¿Luc?

– ¿Por qué?

Marie se encogió de hombros.

– ¿Por qué? -le preguntó Marie a Luc. Le dio a la dependienta la tarjeta de crédito de su hermano, después se volvió hacia Jane-. Es su día de cocina. Dice que está cocinando y que, como vas a venir a entrevistarle, también preparará comida para ti.

Dos cosas acudieron de inmediato a la mente de Jane. La imagen de Luc cocinando y el que ya no se sentía enfadada con él.

– Dile que tengo mucha hambre.

12. Golpear con fuerza

– Me resulta extraño no tener jardín -dijo Marie, hablando acerca de las diferencias de su vida ahora que vivía en el edificio Bell Town con Luc-. Y ya no tengo que ir a la lavandería -añadió al tiempo que salía del ascensor en la planta decimonovena-. Eso está muy bien.

– ¿Luc te lava la ropa?