Marie rió.
– No. -Recorrieron el pasillo hasta la última puerta a la izquierda-. Vienen a buscarla y después nos la traen limpia y planchada.
– ¿También la ropa interior?
– Sí.
– No sé si me gustaría que alguien tocase mis bragas -dijo Jane mientras Marie abría la puerta.
Al menos, ningún extraño, pensó al entrar en el piso, deteniéndose al instante. La visión del espectacular ventanal hizo que Jane se detuviera y dejase de pensar en gente extraña toqueteando sus tangas. El ventanal iba del suelo al techo y ocupaba toda una pared. Más allá de los tejados de los edificios, podía ver los barcos que recorrían la bahía Elliot. En la estancia había un sofá azul oscuro, sillas y un par de mesillas de acero y cristal. La habitación no tenía aristas y había grandes plantas dentro de tiestos de acero inoxidable. A su izquierda, los Devils jugando contra Long Island en una gran pantalla de televisión, mientras Dave Mathews sonaba en el equipo de música.
Luc estaba en la cocina abierta, separada del salón por una columna de granito. Los armarios que había tras él tenían las puertas de cristal con tiradores cromados. Los electrodomésticos, de acero inoxidable, eran de líneas modernas. Luc apretó un botón del mando a distancia y la música cesó. Sonrió y se formaron unas pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos.
– Estás muy guapa, Marie.
Marie dejó sus bolsas en el suelo y arrojó el abrigo sobre el sofá. Se puso a dar vueltas alrededor de su hermano y dijo:
– Tengo el aspecto de una chica de veintiún años.
– No tantos. -Luc se volvió sonriendo hacia Jane y, de nuevo, ésta sintió su magnetismo, atrayéndola con una fuerza superior a todos sus reparos-. ¿Te apetece una cerveza?
– No, gracias -respondió Jane-. No bebo cerveza. -Dejó el maletín y el abrigo sobre el sofá.
– ¿Alguna otra cosa?
– Un poco de agua estaría bien.
– Yo me tomaré la cerveza de Jane -dijo Marie con inocencia.
– En cuanto cumplas los veintiuno -repuso Luc mientras sacaba una botella de agua de la nevera de acero inoxidable.
– Me apuesto lo que quieras a que bebías alcohol antes de los veintiuno -dijo Marie.
– Claro, y mira en lo que me he convertido. -Luc cerró la puerta con el pie y señaló hacia Jane con la botella-. Y tú no digas nada.
– No pensaba hacerlo. -Jane caminó por la estancia y se detuvo entre dos taburetes de piel gris con las patas de aluminio.
– Muy bien. -Luc puso un par de cubitos de hielo en un vaso y vertió agua de la botella. Se había subido las mangas del jersey color pastel, y la camiseta blanca asomaba por el cuello de pico. Llevaba su Rolex de oro y unos pantalones color verde oliva-. Porque dispongo de suculenta información con la que podría chantajearte.
Sabía que ella se había excitado muchísimo cuando la había besado y que no le gustaba llevar sujetador.
– Pues no conoces la información verdaderamente suculenta.
– ¿Verdaderamente suculenta? -preguntó él con una sonrisa.
Era información que le habría dejado a cuadros, pero ella le rezaba a Dios para que nunca llegase a imaginarlo. Él nunca sabría que ella era Bomboncito de Miel.
– ¿Qué información? -preguntó Marie sentándose al lado de Jane.
– Que pertenezco a un grupo de scouts -respondió Jane.
Luc enarcó una ceja con expresión de incredulidad y dejó el vaso en la mesa.
– Bueno, pertenecí -puntualizó Jane.
– Y yo -apuntó Marie-. Todavía conservo todos mis parches.
– Yo nunca fui Boy Scout -intervino Luc.
Marie puso los ojos en blanco.
– Vaya.
Luc miró a su hermana como si pensase decirle algo pero en el último segundo decidiera no hacerlo. Volvió a meter el agua en la nevera y dejó una bandeja de pechugas de pollo marinadas en la encimera.
– ¿Puedo ayudarte en algo? -preguntó Jane.
Tras abrir un cajón, Luc sacó un tenedor y le dio la vuelta a las pechugas.
– Tú siéntate y relájate.
– Te ayudaré yo -se ofreció su hermana bajándose del taburete.
Él alzó la vista y dirigió a Marie una mirada cálida, Jane sintió que el corazón le latía de un modo que poco tenía que ver con el deseo que sentía por Luc y sí con el hecho de apreciar el lado cariñoso y amable de Luc Martineau.
– Eso estaría bien. Gracias. Echa la pasta en agua hirviendo.
Marie rodeó la barra y fue hasta donde se encontraba Luc, junto a la cocina. Sacó una caja roja de uno de los armarios y después el medidor de agua.
– Dos tazas de agua -leyó en voz alta-. Y una cucharada de mantequilla.
– Cuando Marie era pequeña -dijo Luc cuando ella se volvió-, decía «guagua» en lugar de agua.
– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Marie mientras calculaba la cantidad de agua.
– Te lo oí decir una vez que fui de visita cuando mi padre aún vivía. Debías de tener unos dos años.
– Era muy mona de pequeñita.
– No tenías pelo.
Marie vertió el agua en una cazuela.
– ¿Y qué?
Luc alzó la mano y le revolvió el pelo a su hermana.
– Parecías un monito.
– ¡Luc! -Marie dejó la cazuela sobre el fogón y se peinó con la mano,
Luc soltó una carcajada.
– Eras una monita muy mona.
– Bueno, eso está mejor. -Marie se volvió y añadió la mantequilla- Estás celoso porque tú parecías un Teletubby.
– ¿Qué es un Teletubby?
– ¡Oh, Dios mío! ¿No sabes lo que es un Teletubby? -Marie meneó la cabeza, azorada ante la ignorancia de su hermano.
– No. -Luc frunció el entrecejo al tiempo que se volvía hacia Jane-. ¿Tú lo sabes?
– Por desgracia, sí. Es un programa de televisión para niños. Yo sólo lo he visto una vez, y por lo que pude comprobar, los Teletubbies se limitan a dar vueltas por Teletubbylandia balbuceando.
– Y tienen una pantalla en la barriga -dijo Marie.
Luc abrió la boca, sorprendido; parecía como si le hubiese sobrevenido un repentino dolor de cabeza sólo de imaginarlo.
– ¿Estás bromeando?
– No. -Jane negó con la cabeza-. Y, en mi defensa, tengo que decir que sé quiénes son porque hace unos años Jerry Falwell alertó a los padres de que en Teletubbylandia había un mensaje homosexual encubierto. Al parecer, Tinky Winky es de color violeta y lleva un bolso rosa.
– ¿Tinky Winky? -Luc se volvió muy despacio hacia su hermana-. Dios del cielo. Y te burlas de mí porque me gusta mirar los partidos de hockey.
– No es lo mismo. Que tú mires partidos de hockey es como si yo mirase clases del instituto por la tele.
No dejaba de tener razón. Luc, por lo visto, también apreciaba la lógica de su afirmación, pues se encogió de hombros.
– No puedo creer que veas cosas como los Telebellies esos -dijo, pero al mismo tiempo cogió el mando a distancia y apagó la tele.
– Teletubbies -lo corrigió Marie-. Cuando voy a casa de Hanna pone las cintas de vídeo para su hermanito de dos años. Él queda hipnotizado y así podemos pintarnos las uñas.
– ¿Hanna?
– La chica que vive en el tercero. Ya te he hablado de ella.
– Ah, sí. Había olvidado su nombre. -Una vez que Luc sacó las verduras humeantes, se volvió hacia los fogones y puso a calentar el pollo.
– Precisamente, voy a ir al cine con ella después de comer.
– ¿Quieres que os lleve?
– No.
Luc tenía una gracia innata para todo lo que hacía, ya fuese detener un disparo a puerta o darle la vuelta a las pechugas de pollo en el fuego. Sus movimientos eran tan armoniosos que observarlo resultaba fascinante. Casi tanto como ver el modo en que su culo llenaba los pantalones. El jersey le llegaba justo por debajo de la cintura y justo por encima de la etiqueta de los bolsillos traseros.
Jane oyó hablar a Luc y a su hermana acerca de lo que habían estado haciendo, todo lo que ella había comprado y sus planes para más tarde. Jane sabía, gracias a las conversaciones que había mantenido con Luc, que éste no creía que estuviese haciendo un buen trabajo con Marie. Al verlos juntos, Jane no estaba tan segura de que en efecto fuese así. Parecían llevarse muy bien. Eran una familia. Quizá no la familia ideal, pero familia al fin y al cabo. Allí estaban, en la cocina, preparando la comida, intentando incluir a Jane, pero aun así un poco distantes. Marie con aquellos ceñidos vaqueros que llevaba cuando Jane pasó a buscarla por la mañana, y Luc con aquellos pantalones que le quedaban como un guante.