– Lo sé -gruñó Luc-. Saber que ibas por ahí sólo con parte de tu ropa interior me ha traído algunos problemas. -Rodeó la cintura de Jane con sus grandes manos y descendió hacia sus rodillas, después la reclinó hacia atrás y enterró la cara en su vientre. Levantó el top de seda y su aliento tibio le calentó la piel al hablar-. Quítate esto -dijo, y pasó a darle húmedos besos en el estómago.
Jane se sacó el top por la cabeza y lo dejó a su lado en el sofá. Luc echó la cabeza hacia atrás para contemplarla. Recorrió sus pechos con la mirada, tras lo que tomó aliento sin pronunciar palabra.
Jane se asentó de nuevo en su regazo y dijo, cubriéndose con las manos:
– No es a lo que estás acostumbrado, ¿verdad?
– Los pechos grandes a menudo son una gran decepción. Eres hermosa, Jane. Eres mejor que en mis fantasías. -Le apretó las muñecas y le llevó las manos hacia atrás, haciéndole arquear la espalda y dejándole los pechos muy cerca de la cara-. He esperado mucho tiempo para verte así. Para hacer esto -susurró sobre uno de sus pezones.
Se lo metió en la boca y procedió a chaparlo con suavidad. Le soltó las muñecas, y ella llevó sus manos hasta la cabeza de Luc.
Sin dejar de chupar su pezón, Luc le rozó el vientre con los dedos y desabotonó sus pantalones, tras lo cual introdujo la mano en ellos. Alcanzó su pubis por encima del tanga de encaje mientras ella gemía de placer.
– Estás húmeda, Jane -dijo al tiempo que apartaba sus minúsculas bragas y tocaba su piel caliente y mojada. Habría sido sumamente fácil sucumbir en ese preciso instante. Permitirle que la llevase al orgasmo. Pero no quería alcanzar éste sola, quería llegar con él.
– Un momento -le dijo agarrándole de la muñeca.
Él deslizó la mano desde su estómago a sus pechos, jugueteando con ellos, rodeando los pezones. Después lo hizo con la boca. De la garganta de Luc surgió un sonido de intensa masculinidad, primaria y posesiva, llevándola tan al límite que Jane temió alcanzar el orgasmo con el simple contacto de su boca en el pecho.
– Para -suplicó.
Él apartó la cabeza y le dirigió una mirada cargada de pasión.
– Dime qué quieres.
Eran muchas las cosas que deseaba, pero como tal vez no volviera a disponer de otra oportunidad, dijo:
– Quiero lamerte el tatuaje.
Luc parpadeó varias veces como si no diese crédito a lo que había oído, después abrió los brazos.
Jane se apartó de su regazo e hizo que Luc se pusiese en pie. Se quito los zapatos y los calcetines y se bajó los pantalones. Vestida únicamente con el tanga, le besó los hombros y el pecho. Acarició su fuerte musculatura y descendió por su cuerpo dejando una senda de besos. Entonces se arrodilló frente a él, apoyó las manos a los lados de su cintura sobre los pantalones, y apoyó la cara en su liso vientre. Lamió los extremos del tatuaje saboreando su piel con la lengua.
– No he dejado de preguntarme cómo sería de grande tu herradura -susurró mientras le besaba el ombligo-. He querido hacer esto desde hace mucho tiempo.
– Tendrías que habérmelo pedido antes. Te habría dejado hacerlo. -Luc enredó sus dedos entre los rizos de Jane, apartándolos de su cara-. La próxima vez no tendrás que pedírmelo.
Ella sonrió, y lo habría mordido de no haber sido porque su carne estaba tensa como la piel de un tambor. Le desabrochó los pantalones y los hizo descender por sus caderas y sus muslos. Él estaba de pie frente a ella la herradura negra desaparecía bajo los calzoncillos blancos. Una impresionante erección llenaba aquella prenda de algodón, y ella la besó pon encima de la tela. Entonces bajó el calzoncillo. Liberado, el pene apuntó hacia ella, y Jane descubrió que el resto de la herradura desaparecía bajo el vello pubiano para alcanzar la base de aquél. Había un tatuaje en forma de cinta justo por encima del oscuro vello rubio, uniendo ambos lados de la herradura. LUCKY, escrito con gruesas letras negras, era lo que podía leerse en la cinta.
Ella se echó a reír y besó la aterciopelada punta de su pene.
– ¿No vas a pedirme que lo haga?
– ¡No! -gimió él.
Por primera vez desde que él la besó, Jane sintió que tenía el poder y el control en sus manos. Abrió la boca e introdujo en ella todo lo que pudo, sintiendo el peso de sus testículos en la palma de su mano. Nunca le había hecho algo así a un hombre en un primer encuentro, pues temía sentar un mal precedente, pero con Luc no le importó. Deseaba hacerlo. No por él, sino por ella misma. Y no le importaba que después quizá se arrepintiese, pues sabía que no tenía futuro con Luc. Así pues, no había precedente que sentar. Iba a llevarse por delante todo lo que pudiese. En ese momento era Bomboncito de Miel. Iba a poner toda la carne en el asador para intentar dejarlo en estado de coma.
Luc la agarró por los hombros y la hizo ponerse en pie. Atrajo su cara y le metió la lengua en la boca. Llevó las manos hasta el trasero de Jane, la alzó en volandas y ella le rodeó la cintura con las piernas. Su dura carne desnuda presionó en su entrepierna a través del tanga, y con un par de patadas se acabó de librar de sus pantalones y sus calzoncillos. No dejó de besarla apasionadamente mientras salían del salón en dirección a su oscuro dormitorio. Las luces que se colaban por el enorme ventanal caían sobre la cama, y él la posó con delicadeza sobre el edredón azul. Ella se apoyó en los codos, incorporándose un poco, para observar cómo Luc se movía entre sombras. Abrió un cajón de la mesilla de noche y después se colocó frente a ella.
– Creo que tengo que disculparme antes de que entremos en faena -dijo mientras hacía rodar el preservativo de látex sobre el glande y después por el resto de su grueso pene.
Ella se quitó el tanga y lo arrojó lejos de sí. La luz del exterior iluminaba uno de los lados de la cara de Luc.
– ¿Por qué?
Él la cubrió con su cálido cuerpo, descansando el peso en los codos.
– Porque no creo que dure demasiado.
Entonces, ella sintió la punta de su glande, suave, dura y caliente, y pensó que Luc no tenía por qué preocuparse, ya que ella tampoco iba a tardar demasiado. Empezó a penetrarla, pero Jane sintió que su cuerpo se resistía a la intrusión. Colocó sus manos en los hombros de Luc y le detuvo, tomó su cara entre las manos y lo besó con cariño. Luc se retiró y después volvió a empujar adentrándose un poco más.
– Me estás apretando muy fuerte -jadeó.
Ella le besó robándole el aliento mientras él se salía de ella casi por completo, sólo para clavarse tan adentro que ella le sintió en el cuello del útero. Del pecho de Luc surgió un profundo gruñido que abrazó el corazón de Jane.
Ella le rodeó la cintura con una de sus piernas.
– Luc -susurró justo cuando él empezaba a moverse, alcanzando el ritmo perfecto del placer-. Mmm, eso está muy bien.
– ¿Cómo lo quieres? -preguntó él.
– Tal como lo estás haciendo.
El atlético y entrenado cuerpo de Luc se tensó. Cada una de sus células parecía concentrada en la labor de embestir.
– ¿Más?
– Sí. Dame más -gruñó Jane, y él la complació. Más rápido, más fuerte, con mayor intensidad. Su áspero aliento rozaba las mejillas de Jane con cada nueva embestida, empujándola hacia arriba en la cama. Y justo en el punto en que creía no poder resistir más, Jane gritó y apretó los puños. Su clímax fue tan intenso que no vio ni oyó nada más allá de los latidos de su corazón y de las conmovedoras sensaciones que recorrían su carne. El fuego que él había encendido en su interior arrasó su cuerpo, y sus músculos internos se apretaron, arrastrándole aún más hacia dentro hasta que también él alcanzó el clímax. Una explosión de maldiciones salió de la garganta de Luc.