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Ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato, hasta que su respiración y su corazón alcanzaron el ritmo normal. Luc se dirigió al cuarto de baño. Jane lo veía alejarse entre las sombras. Su mente todavía estaba demasiado obnubilada para pensar en lo que acababa de hacer, pero su corazón lo sabía a la perfección. Amaba a Luc Martineau con una intensidad que la asustaba.

Cuando oyó el agua del váter, miró hacia la puerta del lavabo. Luc caminó hacia ella, desnudo y bello, rodeado por las manchas de luz que recorrían el dormitorio. Al mirarlo, Jane sintió una presión en el pecho, como si fuese a sufrir un ataque cardiaco.

– ¿A qué hora tienes que irte? -preguntó él.

La realidad cayó sobre ella como un jarro de agua fría. Luc ni siquiera había esperado a que se desvaneciese su sensación de bienestar. Simplemente había hecho el amor de forma salvaje y ya estaba preparado para que se marchase. Jane se sentó y miró alrededor en busca de su ropa interior, esperando no desmoronarse y echarse a llorar antes de salir por la puerta.

– No tengo que obedecer ningún toque de queda. -Giró sobre sí y alcanzó el extremo opuesto de la cama. No vio las bragas-. Me iré en cuanto encuentre mi ropa interior. Sin duda tienes que descansar para el partido de mañana por la noche.

Él la cogió por el tobillo y tiró de ella.

– Mañana estaré en el banquillo -dijo-. Lo que te preguntaba era si te apetecía quedarte.

Luc hizo que Jane se diese la vuelta y la miró a la cara.

– ¿En serio?

– Había calculado que lo haríamos un par de veces más antes de acompañarte a la puerta.

– ¿Un par más?

– Sí. -Él la apretó de nuevo contra su cuerpo, por lo que ella pudo sentir que seguía excitado-. ¿Supone un problema para ti?

– No.

– Bien, porque tenía planeado marcar tres goles.

14. El banquillo de castigo

Jane confiaba en que Caroline la acompañase al partido de la noche siguiente. Necesitaba algo que la ayudara a no pensar demasiado, dejar de darle vueltas a lo que había pasado la noche anterior. Pero en realidad, de todos modos, lo sabía, iba a analizar todos sus actos al milímetro. Había hecho el amor con Luc Martineau tres veces. Tres salvajes, demoledoras y ardientes veces. Y en cada una de ellas, con cada roce, con cada palabra que salía de su boca, se había sentido más y más enamorada de él, hasta llegar a pensar que su corazón no lograría recuperarse.

A eso de las dos de la mañana él se durmió entre un revoltijo de sábanas bañadas por la luz de la luna que entraba por el ventanal. Segundos antes había estado hablando de su infancia en Edmonton y, al poco, cayó dormido como si alguien hubiese apagado un interruptor en su mente. Jane nunca había visto dormirse tan rápido a nadie, y estuvo contemplándolo durante un rato para asegurarse de que estaba bien. Le apartó un mechón de pelo de la frente y le acarició la mejilla y el fuerte mentón. Después recogió su ropa y se fue sin despertarlo.

Nunca había caído rendida por un hombre con semejante rapidez ni semejante intensidad, y se marchó sin despertarlo porque, a decir verdad, no habría sabido qué decirle. ¿«Gracias»? ¿«Volveremos a hacerlo otro día»? ¿«Nos vemos mañana en el partido»? Se fue porque era lo establecido en los encuentros de una sola noche: irse antes del amanecer.

Se fue sin su tanga. No había sido capaz de encontrarlo en la oscuridad del dormitorio, y no quiso despertarlo encendiendo la luz. Su mayor temor al marcharse fue que lo encontrase la mujer de la limpieza o, lo que era peor, Marie. No, eso no era cierto. Su mayor temor no era que alguien encontrase sus bragas. Era ver a Luc la noche siguiente y sentir el horrible latir desbocado de su corazón. Había tenido novios y también había estado con hombres de una sola noche. Le habían hecho daño, y ella también había hecho daño a otras personas. Pero nada podía compararse con el daño que podía hacerle Luc. Lo sabía. Sabía que se estaba aproximando, y también que no tenía modo de evitarlo.

Todo era horrible y maravilloso, y en medio de tanta confusión estaba el sentimiento de culpa. Él había confirmado la noche anterior lo que ella ya sabía. No podía decirse que Luc encontraría halagadora la historia de Bomboncito de Miel. Le importaría, y mucho, y no había nada que ella pudiese hacer al respecto. No podía hacer nada por ocultarlo, y saber que a él le resultaría muy difícil descubrir que estaba detrás de aquella historia no evitaba que se sintiera culpable.

Le amaba, y ni siquiera se había molestado en mentirle diciéndole que no se había vestido para él. Se había pintado los labios de rojo y se había puesto una blusa de seda roja bajo la chaqueta negra, y los pantalones de lana. Se había sentido estúpida, saliendo a comprar aquella blusa sólo porque él le había dicho que le gustaba cuando vestía de rojo. Como si con eso fuera a conseguir que él la amase.

Media hora antes del partido, se encaminó a los vestuarios.

Mientras recitaba el discurso ritual de buena suerte, pudo sentir sobre sí la ardiente mirada de Luc, y ella rehusó posar los ojos en él, sobre todo después de lo ocurrido la noche anterior, de las cosas que hicieron juntos en su dormitorio. Cuando acabó, cerró la boca y se dirigió a la puerta.

– Olvidas algo -le dijo Luc.

No. No lo había olvidado. Mirándose las puntas de las botas, se volvió y cruzó el vestuario. Cuando estuvo delante de él, alzó la vista de sus patines, ascendió por sus protecciones, dejó atrás el pez dibujado en la camiseta y llegó a la boca que había besado tan apasionadamente como todo su cuerpo.

– Creía que esta noche no ibas a jugar.

– Y no voy a jugar, pero si el portero se lesiona, deberé reemplazarlo.

– Sí, claro. -Jane suspiró. Gracias a alguna fuerza benéfica del destino, sus mejillas no se pusieron coloradas y, finalmente, le miró a sus sorprendentes ojos azules-. Eres un pedazo de tonto.

– Gracias -dijo él con una sonrisa burlona-, pero no era eso a lo que me refería cuando he dicho que olvidabas algo.

Había soltado su discurso sobre los calzoncillos, le había dado la mano al capitán, había llamado pedazo de tonto a Luc. No había olvidado nada.

– ¿De qué estás hablando?

Luc se inclinó hacia ella y dijo entre dientes:

– Anoche te dejaste las bragas en mi cama.

Jane sintió que se quedaba sin aliento y se le detenía el corazón. Miró alrededor para comprobar si alguien los había oído, pero todos parecían ocupados en sus cosas.

– Esta mañana las encontré bajo mi almohada, y no sabía si las habrías dejado allí por algún motivo concreto. Algo así como un regalo de buenos días.

Jane enrojeció, y se le cerró la garganta. Todo lo que logró balbucir fue:

– No.

– ¿Por qué no me despertaste cuando te fuiste?

– Estabas dormido -repuso ella tras aclararse la garganta.

– Sólo estaba descansando un poco. Joder, anoche parecías un cohete. -La miró de cerca y enarcó las cejas-. ¿Te sientes incómoda? -le preguntó, perplejo.

– ¡Sí!

– ¿Por qué? Nadie puede oírnos.

– Oh, Dios mío -susurró ella mientras se alejaba de él echando chispas.

Cuando llegó a la cabina de prensa, Darby ya estaba allí. Y se había llevado consigo a Caroline.

– Eh, ¿qué tal estáis? -les dijo mientras se sentaba-. Si hubiese sabido que querías venir a ver otro partido, Caroline, te habría invitado.

– Está bien. No soy una auténtica aficionada, pero Darby me llamó y no tenía otra cosa que hacer. -Se encogió de hombros-. Te llamé anoche. ¿Dónde estabas?

– En ningún sitio. Desconecté el teléfono.

– No me gusta que hagas eso. -Caroline la estudió durante unos segundos, después se inclinó hacia ella-. Estás mintiendo.

– No.

– Sí, estás mintiendo. Te conozco desde que eras una mocosa. Sé cuando mientes. -Entornó los ojos-. ¿Dónde estuviste?