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Jane le echó un vistazo a Darby. Estaba hablando por teléfono.

– Salí.

– ¿Con un hombre? -Al ver que Jane no respondía, Caroline la cogió del brazo-. ¡Uno de los jugadores de hockey!

– ¡Chist!

– ¿Quién? -preguntó Caroline con un susurro y miró alrededor para comprobar si alguien podía oírlas.

– Después hablamos -dijo Jane, tajante.

Abrió su ordenador portátil cuando en la pista comenzó el espectáculo de luz y sonido. Durante el partido, tomó notas e intentó mantener la vista alejada del portero que estaba sentado en el banquillo, con los brazos cruzados, observando el desarrollo del juego. Luc se volvió varias veces hacia las cabinas de prensa. Tres graderías más arriba, sus miradas se cruzaron y ella sintió que el corazón se le subía hasta la garganta.

Apartó la mirada. Nunca se había sentido tan insegura. Siendo una mujer que se responsabilizaba de las cosas y obraba en consecuencia, sufría con aquella incertidumbre. Tenía un nudo en el estómago y le dolía la cabeza.

– ¿Jane? -Caroline la cogió por el hombro y la zarandeó intentando llamar su atención.

– ¿Qué pasa?

– Te he llamado tres veces.

– Lo siento, estaba pensando en mi crónica -mintió.

– Darby quiere que vayamos a tomar una copa los tres juntos después del partido.

Jane se inclinó hacia delante y miró al ayudante del director deportivo. Dudó que Darby la quisiese de carabina.

– No puedo -respondió, lo cual era cierto, y suponía que Darby lo sabía de sobras-. Tengo que hablar con los jugadores y escribir la crónica antes de la hora de cierre. -También tenía que poner en orden la entrevista que le había hecho a Luc-. Id sin mí.

Darby se esforzó por parecer decepcionado.

– ¿Estás segura? -preguntó.

– Completamente. -Casi sintió lástima por Darby. Quería a Caroline, pero su amiga le iba a romper el corazón al pobre Darby. Una vez más pensó que tal vez debería advertirle a éste, pero ya tenía suficientes preocupaciones con su propio corazón.

Los Chinooks perdieron contra los Bruins por tres a dos. Después del partido, Jane respiró hondo y entró de nuevo en el vestuario. Las protecciones de Luc colgaban de su taquilla, pero él se había ido. Jane resopló al sentir una extraña mezcla de alivio y rabia. El horrible tira y afloja propio del enamoramiento. Luc sabía que ella bajaría al vestuario después del partido, y se había marchado sin despedirse. El muy capullo.

Jane entrevistó al entrenador Nystrom y al segundo portero, que había parado veinte tiros a puerta. Habló con Martillo y con Fish. Después de eso, con el maletín y la chaqueta colgando de un brazo, enfiló el túnel de salida.

Luc estaba junto a la puerta, observando cómo se acercaba. Llevaba su traje Hugo Boss azul marino con corbata granate de seda. Estaba muy guapo, y a Jane se le hizo la boca agua.

– Tengo algo para ti -dijo él apartándose de la pared.

– ¿De qué se trata?

Luc miró tras ella y vio pasar a un periodista de otro periódico.

– Jim -dijo Luc asintiendo.

– Martineau.

El reportero le guiñó un ojo a Jane cuando pasó por su lado, y ella supo lo que debía de estar imaginando respecto a su relación con aquel portero que tenía fama de ligón.

Luc miró más allá de Jane de nuevo y a continuación sacó del bolsillo de su chaqueta las bragas rojas.

– Esto. Aunque debería de quedármelas como amuleto de buena suerte -dijo entregándoselas colgando de un dedo-. Tal vez debería haberles hecho un molde de bronce y colocarlo en una placa sobre mi cama.

Jane las agarró y las metió en el maletín. Se volvió para mirar el pasillo vacío.

– No te han dado suerte. Esta noche no has jugado.

– Estaba pensando en un tipo diferente de suerte. -Luc la atrajo hacia sí y pasó los dedos por su pelo-. Ven conmigo.

Oh, Señor. Jane permaneció perfectamente calmada a pesar de que lo que deseaba era apoyar la cabeza contra su pecho.

– ¿Adonde?

– A algún sitio.

Haciendo acopio de fuerzas, Jane se apartó de él. Sentía que se le derretía el corazón.

– Sabes que no pueden verme contigo -dijo.

– ¿Por qué no?

– Ya sabes por qué.

– Porque quieres que todos piensen que eres una profesional.

Lo había pillado

– Eso es.

– Te han visto con Darby.

– Eso es diferente.

– ¿En qué sentido?

No estaba enamorada de Darby. Mirar a Darby no la hacía sentir como si tirasen de ella en diferentes direcciones. Y, por otra parte, si negaba tener una relación con Darby Hogue, todos la creerían, al contrario de lo que ocurriría si tuviese que negar una relación con Luc.

– No tiene la mala reputación que tienes tú.

Y una vez que apareciese el número de marzo de la revista Him, su reputación empeoraría.

Luc la miró como si no pudiese creer lo que acababa de decir.

– O sea, si fuera maricón, ¿podrían verte conmigo?

– Por Dios santo. Darby no es maricón.

– Te equivocas, cariño.

Cariño. Jane se preguntó a cuántas mujeres en diferentes estados del país habría llamado cariño. Se preguntó cuántas de esas mujeres habrían perdido la cabeza por él pensando que eran diferentes de las demás. Y se preguntó también cuántas habrían sido lo bastante tontas para enamorarse de Luc.

«Déjale.» Cuando alzó la vista y la posó en el arco de sus labios y en el azul de sus ojos y sus largas pestañas, «déjale» sonó como si ella tuviese el control. Como si tuviese opciones. Pero no las tenía y no las había tenido, o no habría «dejado» que pasase. Con el corazón latiéndole con fuerza, deseosa de echarle los brazos alrededor del cuello y no dejarle escapar jamás, se forzó a decir:

– Lo de anoche fue un error. No podemos permitir que vuelva a ocurrir.

– De acuerdo.

«¡De acuerdo!» A ella se le estaba rompiendo el corazón y él se limitaba a decir «de acuerdo». No sabía si pegarle un puñetazo a la altura del tatuaje o salir corriendo antes de echarse a llorar. Mientras se decidía, él abrió la puerta que había a su espalda, le cogió la mano y la metió en el cuarto de la limpieza. Cerró la puerta y encendió la luz.

– ¿Qué estás haciendo, Luc?

– Cumplir con esa mala reputación de la que hablabas.

Ella alzó el maletín entre los dos.

– Para.

Él sonrió, y no supo si se debía al olor de los productos de limpieza o al olor de Luc, pero sintió que se le iba un poco la cabeza.

– De acuerdo.

Estiró la mano y echó el cerrojo de la puerta. Ella miró el pomo de la puerta y luego lo miró a él.

– ¡Luc! -No podía hacer uso de ella cada vez que le viniese en gana. ¿O sí? ¡No!-. Creo que anoche te llevaste una impresión errónea de mí. Habitualmente yo no… Lo que quiero decir es que nunca me he acostado con alguien a quien hubiese entrevistado.

Él colocó un dedo sobre los labios de Jane,

– Tu vida sexual no es asunto mío. No me interesa saber con quién lo has hecho ni las posturas que has practicado.

Su desinterés le dolió más de lo deseado.

– Pero yo quiero…

– Chist -la interrumpió Luc-. Alguien podría oírte, y no quieres que te vean conmigo, ¿lo recuerdas? -Colocó sus manos en la puerta, a ambos lados de la cabeza de Jane, y se inclinó sobre ella, forzándola a retroceder. Su maletín era lo único que separaba sus cuerpos-. No he dejado de pensar en ti desde que me levanté esta mañana.

Jane temía preguntarle en qué había estado pensando concretamente.

– Tengo que irme -dijo, consciente de que si se volvía y abría el cerrojo él dejaría que se fuese. Y no podía hacerlo-. Debo escribir mi crónica.

– Unos pocos minutos no te retrasarán demasiado.

El olor de su colonia se mezclaba con el de los productos de limpieza, y no logró esgrimir una razón por la cual no pudiese quedarse unos pocos minutos. Él le rodeó la cintura con un brazo y acercó su cara a la suya. Su voz era áspera cuando dijo: