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– Hagas lo que hagas, mantén el maletín frente a tus pechos.

Entonces la besó. Sus labios eran tibios, su boca caliente y, como todo en él, sexy y provocativo. Su beso tuvo un matiz agresivo en un principio, pero después se dedicó a buscar su lengua con dulzura. En un segundo, la conciencia recorrió la piel de Jane hasta instalarse en la boca del estómago. «Sólo unos pocos minutos más.» Él le acarició la mejilla hasta llegar a la garganta. Apartó el cuello de la blusa y, con cuidado, le lamió la piel.

– Qué suave eres -susurró mientras se dirigía hacia su oreja-. Por dentro y por fuera.

Al otro lado de la puerta se oyeron risas de hombres y el marcado acento de Stromster. Luc la miró. Su voz y su respiración se hicieron más graves cuando dijo:

– ¿Sigues apretando el maletín, cariño?

Ella asintió con la cabeza y apretó con más fuerza.

– Bien. No lo sueltes, y no me hagas caso si te digo que lo hagas -le advirtió-. Si no acabarás tumbada en el suelo conmigo encima.

Jane sabía que podía recriminársele su comportamiento. Besar a Luc Martineau en el cuarto de la limpieza del Key Arena había sido una completa estupidez, pero una burbuja de felicidad había hecho brincar su corazón y le había provocado ganas de reír. Luc la deseaba. Podía apreciarlo en el modo en que la miraba, en el timbre de deseo que evidenciaba su voz. Tal vez no la amaba, pero quería estar con ella.

Luc retrocedió unos pasos.

– Ésta no ha sido una de mis mejores ideas -dijo.

Llegó más ruido del túnel.

– Creo que deberíamos quedarnos aquí un rato -añadió. Cogió un cubo grande de plástico y le dio la vuelta para que ella pudiese sentarse-. Lo siento.

Sabía que Jane también debía excusarse. Tenía una hora para entregar la crónica. Estaba encerrada en un cuartucho con Luc, y si los descubrían, las repercusiones serían malas para los dos. Aunque no se sentía arrepentida.

Se sentó encima del cubo y miró a Luc. Él le devolvió la mirada con los ojos entornados. Jane observó su corbata granate, el cinturón negro, la cremallera de sus pantalones. Tenía una enorme erección. Recordó con toda claridad cómo era cuando estaba desnudo. Su cuerpo fuerte, su duro pene, y su irresistible tatuaje. De repente, ya no tuvo tan claro que una repetición de lo que había pasado la noche anterior fuera un mal plan. No en ese momento, sin embargo, decidió mientras dejaba el maletín a un lado.

– ¿Cómo está tu hermana? -preguntó Jane, cambiando de tema-. El peinado de ayer le gustaba, pero siempre es diferente al día siguiente.

– ¿Cómo? -Luc clavó su mirada en los ojos verdes de Jane; no pudo entender el abrupto cambio de sus pensamientos. Hacía tan sólo un segundo, la había visto contemplar su erección, y de pronto quería hablar de su hermana.

– La vi a la hora de la comida y estaba bien.

– El otro día hablamos un poco de su madre.

Luc retrocedió un par de pasos y apoyó un hombro contra la puerta.

– ¿Qué te dijo?

– No demasiado, pero tampoco tenía por qué hacerlo. Sé cómo se siente. Mi madre murió cuando yo tenía seis años.

No sabía que Jane fuese tan joven cuando había perdido a su madre, pero no le sorprendió. Todo lo que sabía de ella era que trabajaba para el Seattle Times, que vivía en Bellevue, que tenía la lengua muy rápida y los nervios de acero. Le gustaba su risa y también hablar con ella. Su piel era tan suave como parecía a simple vista. Todo su cuerpo. También sabía bien. En todos los rincones. Sabía que hacía el amor como los dioses, y todo lo que era capaz de pensar desde que se había levantado de la cama esa misma mañana era cómo volver a meterla en ella. En realidad, sabía de Jane más cosas de las que había sabido de muchas otras mujeres.

– Siento lo de tu madre.

– Gracias -dijo ella con una sonrisa triste.

Luc hizo resbalar su espalda por la puerta hasta sentarse en el suelo a los pies de Jane.

Sus rodillas casi se tocaban.

– Marie está pasando una mala época, y no sé qué hacer al respecto -dijo, centrando a propósito sus pensamientos en su hermana y sus problemas-. No quiere acudir a terapia.

– ¿Se lo has propuesto?

– Claro, pero dejó de ir tras las dos primeras sesiones. Cambia de humor con extrema facilidad. Necesita una madre, pero, obviamente, yo no se la puedo proporcionar. Pensé que la mejor solución sería un internado, pero creyó que quería librarme de ella.

– ¿Y tenía razón?

Luc se desabrochó la chaqueta y apoyó las muñecas en las rodillas. Nunca hablaba de su vida personal con nadie, a menos que fuese de la familia, y se preguntó qué tenía Jane que lo llevaba a hablar con ella. Tal vez se debía, por alguna razón que no atinaba a comprender, a que confiaba en ella.

– No creo que haya pretendido librarme de mi hermana. Aunque tal vez sí. En cualquier caso, soy un cabrón.

– Yo no te juzgo, Luc.

Él la miró a los ojos y la creyó.

– Quiero que sea feliz, pero no lo es.

– No, no lo es, y no lo será durante un tiempo. Estoy segura de que tiene miedo. -Jane inclinó la cabeza y sus rizos cayeron sobre su cara-. ¿Dónde está el padre de Marie?

– Nuestro padre murió hará unos diez años. Por aquel entonces yo vivía en Edmonton con mi madre. La madre de ella y mi padre vivían en Los Angeles.

– O sea que también sabes lo que es perder a uno de tus padres.

– En realidad, no. -Su mano resbaló de la rodilla y, con la punta de los dedos, recorrió sus pantalones-. Veía a mi padre una vez al año.

– Sí, pero debes de seguir preguntándote cómo sería tu vida si él aún viviese.

– No. Mis entrenadores de hockey hicieron más de padres para mí que mi propio padre. La madre de Marie era su cuarta esposa.

– ¿Tiene hermanos?

– Yo. -Luc alzó la vista-. Soy todo lo que tiene, y me temo que no es suficiente.

La luz del techo caía sobre los rizos de Jane, en cuyos labios se instaló de nuevo una sonrisa triste. Luc odiaba verse de ese modo, por lo que barajó la posibilidad de agarrar a Jane por las solapas y besarla. Pero besarla habría llevado a otras cosas, y esas otras cosas no iban a tener lugar en el cuarto de la limpieza, con sus compañeros de equipo al otro lado de la puerta.

– Yo, al menos, sigo teniendo a mi padre -dijo Jane-. Me vistió como a un chico hasta que cumplí trece años, y no tenía sentido del humor. Pero me quiere y siempre estuvo a mi lado.

¿La vestía como a un chico? Eso explicaba la ropa y el calzado que usaba.

Jane se humedeció los labios con la lengua.

– Bueno, nada podrá reemplazar nunca a su madre. Eso te lo aseguro. Sigo echando de menos a la mía, y me pregunto cómo habría sido mi vida si ella no hubiese muerto. Pero con el tiempo dejas de pensar en ello cada minuto del día. Y te equivocas al creer que no eres suficiente para ella. Si quieres serlo, lo serás.

Lo miró fijamente. Como si fuese tan sencillo. Como si ella tuviese más fe en él que él mismo. Como si no fuese el cabrón egoísta que sabía que era. Deslizó la mano por debajo del pantalón y tocó el calcetín. Después la alargó para tocarle a Jane la pantorrilla y palpar su suave piel. La noche anterior, le había besado detrás de las rodillas mientras ascendía hacia sus muslos. Sus piernas estaban húmedas tras haber pasado por el jacuzzi, y el mero recuerdo hizo que se excitase.

– Paso mucho tiempo fuera de casa -dijo acariciándole la piel con el pulgar-. Si le preguntas a Marie, probablemente te dirá que no soy muy buen hermano.

Jane se colocó el pelo tras la oreja y le observó durante unos segundos antes de decir:

– Cuando os vi juntos, me hiciste añorar el tener un hermano.

Luc la miró a los ojos y sintió de nuevo deseos de besarla. Fue como un duro golpe contra el esternón que lo dejó aturdido. Del túnel llegaron voces, pero dentro del cuarto de la limpieza el silencio se impuso entre los dos. Finalmente él esbozó una risa forzada para que desapareciese el nudo que se había formado en su pecho.