– No me digas que te gustaría tener un hermano como yo…
– No, como tú no. -En los labios de Jane brilló una sonrisa, y su mundo al completo brilló-. Si tuviese un hermano como tú, me arrestarían por pensamientos indecentes.
Luc se sintió atraído por su sonrisa, y apretó la pierna de Jane como si se tratase de un ancla en medio de una tormenta. Ella no pareció notarlo y él se obligó a soltarla. Se apoyó de nuevo contra la puerta.
– Será mejor que te vayas. Tienes que escribir la crónica.
Jane frunció el entrecejo y parpadeó.
– ¿Te encuentras bien?
– Sí. Lo que sucede es que he recordado que tengo que hablar con Marie antes de que se vaya a dormir.
– ¿Crees que el túnel estará despejado? -preguntó agarrando el maletín y la chaqueta y poniéndose en pie.
– No lo sé. -Quitó el cerrojo y abrió la puerta un poco. Pasó Martillo hablando con el encargado de mantenimiento del equipo. Luc asomó la cabeza y comprobó que los dos hombres se hubieran marchado y el túnel estaba adecuadamente desierto. Jane y él salieron del cuarto, y ella se puso la chaqueta. Por lo general, él la habría ayudado a hacerlo.
– Tengo que hablar con Nystrom -mintió, y empezó a caminar de vuelta hacia los vestuarios. Con cada paso respiraba mejor.
– Creía que tenías que hablar con Marie.
¿Era eso lo que había dicho?
– Más tarde. Primero tengo que hablar con el entrenador.
– Oh. -Ella alzó la mano y se volvió para marcharse. Luc observó su nuca, se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y permaneció quieto viéndola alejarse.
«¿Qué demonios ha sucedido?», se preguntó en cuanto ella desapareció tras la puerta. Se preguntó si se le había metido algo en la cabeza o había inhalado demasiado amoníaco en el cuarto de la limpieza. Estaba pensando en besarle la parte de atrás de las rodillas y, al segundo siguiente, no podía respirar. Jane creía que era un buen hermano. ¿Y qué? Él no lo creía, pero incluso aunque fuese el mejor hermano del mundo, ¿por qué tendría que importarle tanto la opinión de Jane? Por alguna inexplicable razón, sin embargo, le importaba, pero no quería pensar en el significado de algo así. Tenía muchas otras cosas que hacer en su vida antes que perder la cabeza por una periodista bajita con un culo respingón y unos duros y rosados pezones.
La noche anterior, Jane había hecho saltar por los aires todas las suposiciones que había hecho sobre ella. Estaba claro que no era una mojigata, y cuanto más tiempo pasaba con ella, más tiempo deseaba pasar a su lado. Incluso al penetrarla y sentir cada brizna de placer, la deseaba ya para una próxima vez. Al despertar esa misma mañana se había sentido seriamente contrariado por no encontrarla a su lado.
Pero Jane era una complicación que no necesitaba. Cuando ella le había dicho que hacer el amor había sido una equivocación y que no podía volver a suceder, debería haberla escuchado en lugar de arrastrarla al cuarto de la limpieza para demostrarle que no estaba en lo cierto.
– Lucky. -Jack Lynch le dio una palmada en la espalda-. Unos cuantos vamos a ir a comer algo y a tomar unas cervezas. Ven con nosotros.
Luc miró al defensa por encima del hombro.
– ¿Adonde vais?
– A Hooters.
Tal vez fuese lo que necesitaba. Ir a un lugar donde las mujeres llevaban pantaloncitos cortos y ceñidos tops. Mujeres de pecho abundante que se inclinaban cuando servían la comida. Mujeres que flirteaban con los hombres y que les deslizaban sus números de teléfono. Mujeres que no esperaban nada de él. Y cuando se acabase, él no lo lamentaría ni lo recordaría una y otra vez, como le sucedía con Jane.
Le echó un vistazo a su reloj. Apenas disponía de tiempo.
– Resérvame una silla.
– Lo haré -dijo Jack, y siguió su camino.
Sí, iría a Hooters. Se comportaría como un hombre. Haría cosas de hombres. No quería una novia que le mirase mal si iba a un local de ese tipo.
«Cuando os vi juntos, me hiciste añorar el tener un hermano.»
Decididamente, Jane era una mujer peligrosa. Luc no sólo pensaba demasiado en ella, sino que, si no iba con cuidado, acabaría convirtiéndose en su Pepito Grillo particular. No quería algo así, y no le importaba lo que dijese de él. Estaba bien como estaba.
Luc sacó las manos de los bolsillos y con ellas las llaves del coche. Tenía que dar marcha atrás a su plan original y no prestar atención a Jane. Aunque, hasta entonces, esa táctica no había funcionado.
En esta ocasión, lo intentaría con más fuerza.
15. Como echarlo todo a perder
El martes por la mañana, Jane entró en la oficina del editor de deportes KirkThornton en el Seattle Times. Desde que había ocupado el puesto de Chris Evans, sólo se había encontrado con Kirk en una ocasión. Esa mañana, él estaba sentado tras su escritorio cubierto de periódicos desordenados y fotografías deportivas. Tenía el teléfono en una mano y una taza de café en la otra. Alzó la vista hacia ella, frunció el entrecejo y apretó los dientes. Separó un dedo de la taza y señaló una silla vacía.
Jane se preguntó si siempre estaba de mal humor o si sólo lo estaba cuando la veía. De repente, ya no parecía buena idea haber vuelto por la redacción. Ella tenía la regla, no se sentía demasiado bien, y no quería mostrarse desagradable con él.
– Noonan cubrirá el partido de los Sonics -dijo Kirk al teléfono-. Tengo a Jensen para el partido de esta noche de los Huskies.
Jane se volvió y miró a través del cristal de la puerta hacia la redacción, donde se afanaban los otros periodistas deportivos. Nunca sería uno de ellos. Se lo habían dejado claro. Pero no pasaba nada. Ella no quería ser uno de ellos. Ella quería ser mejor. Su mirada se posó en la mesa vacía de Chris Evans. Ese trabajo no duraría siempre; Chris volvería a ocupar su puesto. Pero cuando todo acabase, ella tendría una estupenda experiencia que añadir a su curriculum y encontraría algo mejor. Tal vez en el Seattle Post-Intelligencer.
– ¿En qué puedo ayudarte? -le preguntó Kirk.
Jane se volvió hacia él.
– ¿Por qué no sacaste mi entrevista a Pierre Dion?
Él bebió un sorbo de café y después meneó la cabeza.
– El Post-Intelligencer publicó una entrevista un día después de que firmase el contrato.
– La mía era mejor.
– La tuya, a esas alturas, era agua pasada. -Kirk miró los papeles que había sobre su mesa.
Ella no le creyó. Si alguno de los chicos hubiese hecho la entrevista, habría sacado en lugar de enterrarla en su crónica habitual.
– ¿Alguna otra cosa?
– Tengo una entrevista con Luc Martineau.
Eso llamó la atención de Kirk.
– Nadie puede entrevistar a Martineau.
– Pues yo lo he hecho.
– ¿Cómo?
– Se lo pedí.
– Todo el mundo se lo pide.
– Me debía un favor. -Jane bajó la vista hasta sus pies, después volvió a alzarla. Kirk era demasiado listo para decir lo que pensaba, pero ella lo sabía.
– ¿Qué favor te debía?
Estuvo tentada de decirle a Kirk que se había acostado con Luc, pero después de la entrevista. Así pues, técnicamente no había intercambiado favores sexuales para conseguirla.
– Cuando me despidieron, sólo puse una condición para volver: hacerle una entrevista exclusiva a Luc.
– ¿Y te la concedió?
– Sí. -Jane le tendió una copia impresa de la entrevista junto con un disquete. Podría habérsela enviado por correo electrónico como hacía con las crónicas, pero quería verle la cara cuando la leyese. Estaba orgullosa de lo que había hecho y recordaba de memoria cada palabra de la entrevista