MARTINEAU ENTRE LOS TRES PALOS
La controversia no le es ajena al portero de los Chinooks Luc Matineau. Tanto su vida privada como su carrera profesional han sido diseccionadas y debatidas, y se ha escrito tanto sobre él que nadie sabe ya cuál es la verdad. El propio Martineau afirma que la mayor parte de lo que han escrito sobre su vida personal es pura ficción y que no tiene nada que ver con la realidad. Realidad o ficción, asegura que su pasado sólo le pertenece a él, y que en la actualidad sólo le interesa lo que sucede entre los tres palos.
Cuando me senté a entrevistar a este enigmático portero, descubrí que es una persona franca y distante a partes iguales. Relajada e intensa. Contrastes que hacen de este antiguo ganador del trofeo Conn Smythe uno de los mejores cancerberos de todos los tiempos en la NHL.
Lo que está fuera de duda es que hace dos años se dijo de él que estaba acabado, que sus días en la liga nacional de hockey estaban contados. Qué equivocados estaban aquellos que afirmaron algo semejante. Situado actualmente en el segundo puesto del ranking de porteros, Martineau es el líder de la liga en paradas, con un promedio de 2,00. Unas veloces manos y un frío autocontrol son las marcas de la casa de este portero de primera línea. Demuestra siempre tanta habilidad como carácter, y cuando está entre los tres palos, su atómica mirada intimida…
Al tiempo que Kirk iba avanzando en la lectura, fue apareciendo en su rostro una media sonrisa. Una muestra de respeto, si bien reticente, suavizaba las líneas de su rostro, y su humor cambió casi al instante. Jane no quería deleitarse con el cambio de actitud de Kirk Thornston respecto a ella. Pero lo hizo. Sólo al final supo lo mucho que se había deleitado, y se sintió orgullosa. Kirk miró su agenda.
– Haré un hueco para esto en la edición del domingo; no de éste, sino del siguiente.
Estaría de viaje ese domingo.
– Es un buen artículo, ¿verdad? -le preguntó para asegurarse.
– Sí.
Cuando Jane salió del edificio, el sol brillaba radiante, las montañas se alzaban a lo lejos y la vida era una fuente de bondad. Mientras caminaba por John Street hacia su Honda, se permitió disfrutar de su momento de triunfo. Tanto si la querían entre ellos como si no, los cronistas deportivos tendrían que tomársela un poco más en serio a partir de ahora. O, como mínimo, no podrían denigrarla con facilidad por ser la autora de las estúpidas columnas de «Soltera en la ciudad». La Associated Press adquiriría la entrevista con Luc, y todos se enterarían. No hacía falta decir que eso facilitaría las cosas en las salas de prensa. También cabía la posibilidad de que ocurriese lo contrario, pero a ella no le importaba. Había hecho la entrevista por la cual todos ellos estarían dispuestos a matar.
Sí, la vida era hermosa. El día anterior había sido otra historia. El dial anterior se había sentado en casa delante del teléfono como una quinceañera, esperando una llamada. Tras salir del Key Arena el domingo por la noche, estaba segura de que Luc la llamaría. Después de haberla arrastrado al cuarto de la limpieza y obligarla a plantearse de nuevo su decisión de no acostarse nunca más con él, esperaba que la telefonease o apareciese por su casa. Se dijo que habían establecido una conexión personal, que habían hablado de temas importantes que iban más allá de la ropa interior, y estaba segura de que él había conectado con ella.
Pero no era así, y mientras se quedaba sentada en el sofá viendo reportajes sobre pájaros en el Discovery Channel, descubrió que enamorarse de Luc era la mayor tontería que había cometido en su vida. Por supuesto, sabía de antemano la estupidez que entrañaría lo que ya era un hecho, pero no había tenido fuerza suficiente para oponerse.
Jane condujo hasta la lavandería y lavó su ropa sucia en cuatro máquinas a la vez. Bajo la ropa llevaba unas bragas corrientes. Aunque importaba bien poco, ese detalle ilustraba su vida en aquel momento.
Mientras observaba la ropa dar vueltas en la secadora, Darby llamó a su teléfono móvil para pedirle consejo. Al parecer, también él había perdido la chaveta por la persona equivocada.
– ¿Crees que Caroline querría salir conmigo? -preguntó.
– No lo sé. ¿Cómo fue lo de ir a tomar una copa con ella? -le preguntó, a pesar de que Caroline le había llamado la mañana siguiente para contarle todos los detalles.
La velada había empezado bien pero luego había caído en picado.
– Creo que no la impresioné demasiado.
– Le contaste que perteneces a MENSA…
– Sí, ¿y qué?
– Te dije que no lo hicieses. A los que tenemos un coeficiente intelectual estándar no nos gusta oír hablar de tu enorme cerebro.
– ¿Por qué?
Jane puso los ojos en blanco.
– ¿Te gustaría oír a Brad Pitt hablando de lo guapo que es?
– No es lo mismo.
– Sí que lo es.
– No. Brad Pitt no necesita hablar de lo guapo que es. Todo el mundo puede apreciarlo.
Jane tuvo que admitir que estaba en lo cierto acerca de Brad.
– De acuerdo. ¿Qué te parece una estrella porno? ¿Te gustaría oír hablar a una estrella del porno de su enorme paquete?
– No.
Jane se pasó el teléfono a la otra oreja.
– Mira, si quieres impresionar a una mujer, y en particular a Caroline, no le digas lo listo que eres. Deja que tu inteligencia se manifieste de manera sutil.
– No se me da muy bien la sutileza -dijo él, y no estaba bromeando.
– A Caroline la impresionan los tipos que saben qué vino hay que pedir.
– ¿Eso no es de maricas?
¿Y una camisa con llamas y calaveras estampadas no lo es?
– No. Llévala a algún sitio bonito.
– ¿Y aceptará?
– Tú proponle un sitio realmente bonito. A Caroline le encanta vestirse bien. -Reflexionó por un instante y preguntó-: ¿Eres miembro del Columbia Tower Club?
– Sí.
Lo había supuesto.
– Llévala allí. Eso le dará una razón para ponerse el vestido de Jimmy Choos que acaba de comprarse. Y si empieza a hablar de zapatos y de moda, fínge estar interesado.
– Estoy muy puesto en diseñadores de moda -dijo él.
Jane sonrió.
– Buena suerte.
Tras colgar, llamó a Caroline a Nordy's y la avisó que Darby iba a llamarla. Se sorprendió de que su amiga no pusiera grandes reparos a una cita con él.
– Pensé que te había agobiado con su charla sobre MENSA -le recordó Jane a su amiga.
– Me agobió, pero también me hizo gracia -repuso Caroline, y Jane decidió que lo mejor era mantenerse al margen. Como no tardó en recordarse, tenía sus propios problemas.
Esa noche, en el partido entre los Chinooks y los Lightning, Luc apenas le prestó atención a Jane cuando le llamó pedazo de tonto. No se metió con ella ni le recordó la noche que habían pasado juntos. En la portería, estuvo casi perfecto, deteniendo los tiros con sus rápidas manos y su ancho cuerpo. El partido acabó en empate, y luego no quiso meter a Jane en un cuarto de la limpieza ni besarla hasta perder la cabeza.
Tampoco lo hizo dos noches después, cuando contra los Oilers consiguió mantener la portería a cero por sexta vez esa temporada. En el vuelo a Detroit a la mañana siguiente, apenas le echó un vistazo cuando pasó por su lado, y para ella se hizo evidente qué Luc intentaba evitarla en la medida de lo posible. Se preguntó qué habría hecho para que él tuviese esa actitud, y analizó una y otra vez la conversación que mantuvieron en el cuarto de la limpieza. Lo único que se le ocurrió fue que Luc había descubierto lo que ella sentía por él e intentaba salir corriendo en la dirección contraria. Se había pintado los labios de rojo y se había comprado una blusa roja sólo por él. Era una mujer patética, pensó. Luc le dijo que había tenido fantasías con ella imaginando que le hacía el amor sobre la mesa de la sala de prensa y ella le había creído. ¡Qué tonta había sido!
Y después él intentaba evitarla del todo, y ella estaba sorprendida de lo mucho que le dolía su actitud. Habían hecho el amor y ella creía que lo habían pasado realmente bien. No le había pedido nada, y él la había metido en el cuarto de la limpieza y le había hecho creer que quería algo más que una noche de pasión.