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Había añadido que no la veía como a una de sus admiradoras, pero el hecho era que de pronto la trataba como si fuera una cualquiera. A Jane no sólo le dolía, sino que la irritaba. La irritaba hasta tal punto que le hacía odiarlo. Incluso llegó a pensar que lo mejor sería dejar el trabajo para no tener que enfrentarse a su desinterés. Pero segundos después se dijo que no iba a perjudicarse a sí misma por culpa de un hombre. Ni siquiera por el hombre que amaba con todo su corazón. Ni siquiera cuando cada vez que lo viera se sintiera desdichada.

Una vez en su habitación ese mismo día, intentó escribir una agria columna de «Soltera en la ciudad», pero en lugar de escribir se quedó mirando el lago Michigan desde su ventana. Su relación con Luc habría acabado igualmente, se dijo. Mejor pronto que tarde. Como mínimo, de ese modo no se sentiría culpable por el artículo de «Bomboncito de Miel». Pero eso no tranquilizó su conciencia.

Unas cuantas horas después, al ver que el teléfono no sonaba, intentó convencerse diciéndose que Luc estaba demasiado ocupado con las cosas del equipo para llamar. O para encontrarse con una de sus muñequitas Barbie. No quería pensar en él con otra, pero no podía evitarlo. Y al imaginar a Luc besando o tocando a una mujer que no fuese ella temía enloquecer.

A las seis de la tarde, se encontró con Darby en uno de los restaurantes del hotel. A lo largo de la cena, se bebió dos martinis mientras le escuchaba hablar de Caroline.

Después de la cena, fueron al bar del hotel. Cinco de los jugadores de los Chinooks estaban sentados bebiendo cerveza, picando algo, y viendo cómo los Denver les daban a los Kings un repaso. Luc estaba entre ellos. Al verlo, sintió aprensión y alivio a la vez. No estaba con ninguna Barbie.

– Eh, Tiburoncito -la saludaron. Todos menos Luc.

Su entrecejo fruncido y la fría mirada de sus ojos azules le hicieron saber que Luc no se alegraba de verla, lo que la descorazonó aún más.

Se sentó entre Daniel y Fish, y tuvo mucho cuidado de no cruzar la mirada con Luc. Temía que todos los jugadores sentados a la mesa descubrieran que estaba enamorada del portero. Que él también se diese cuenta y se mostrase incluso más distante, lo que con toda probabilidad era imposible.

Sin embargo, no podía obligarse a hacer caso omiso de él, y acabó mirando hacia el otro lado de la mesa. Se lo veía muy relajado. A excepción de su intensa mirada, que parecía dispuesta a atravesar el cerebro de todo aquel que se pusiese delante. Alargó el brazo para coger su vaso y bebió un trago de agua. Mantuvo un cubito de hielo en la boca y una gota le quedó colgando del labio. Sorbió el hielo y ella apartó la mirada.

– He leído tu columna «Soltera en la ciudad» -le dijo Fish-. Creo que estás en lo cierto al decir que los chicos buenos son los que acaban llevándose el gato al agua. Yo soy un chico bueno, y tuve que dejarle mi casa en Mercer a mi ex esposa.

– Eso fue porque te pilló con otra mujer -le recordó Sutter-. Eso la jodio mucho.

– Sí, no me lo recuerdes -gruñó Fish, y miró a Jane-. ¿Qué estás escribiendo ahora?

Jane no tenía nada entre manos. Nada sobre lo que quisiera hablar, en cualquier caso, pero dijo:

– ¿Los rollos de una noche son buena idea? -preguntó.

Se arrepintió de inmediato.

– Yo creo que sí -repuso Peluso desde el otro extremo de la mesa.

– Sí.

– Yo creo que sí.

– A menos que estés casado -apuntó Fish-. No estarás pensando en experimentarlo, ¿verdad?

Ella se encogió de hombros y se forzó a mostrarse distante y fría. Ajena. Como un hombre.

– Estoy dándole vueltas al asunto. Hay un periodista deportivo de Detroit que no está nada mal. Hablé con él la última vez que estuve allí.

Luc se puso en pie, y ella le vio acercarse a la barra. Vestía una camisa de rayas azules y blancas y llevaba el trasero enfundado en unos Levi's.

– Si alguna vez necesitas ayuda con tus columnas, podemos explicarte qué pensamos los tíos en realidad -dijo Peluso.

Jane prefería no saberlo. Le asustaba demasiado.

– Tal vez te lo pregunte cuando tenga claro el enfoque que quiero dar a la columna.

– Estupendo.

Jane alzó la vista justo para ver a Luc regresar con los dardos.

– Me debes el desquite -le dijo-. Juguemos con las mismas reglas de la vez anterior.

– Creo que no -repuso ella.

– Pues yo sí. -La cogió del brazo y la hizo levantarse-. Elige los que te parezcan mejores -añadió poniéndole los dardos en la palma de la mano. A continuación le susurró al oído-: No me obligues a arrastrarte hasta la línea.

Su mirada tenía un brillo feroz, demencial. De acuerdo. Ya que no podía patearle el culo, le daría una buena paliza con los dardos.

– Recuerda las reglas -dijo Luc mientras ella examinaba los dardos-. Después no podrás llorar como una niña si pierdes.

– No podrías ganarme ni en tu mejor día. -Jane meneó la cabeza y escogió los tres mejores dardos-. Éste no es un deporte para mariquitas como tú, Martineau, y aquí no tienes casco ni compañeros que te protejan.

– Eso ha sido un golpe bajo, Tiburoncito -le dijo Sutter.

– Así es como habláis vosotros -replicó Jane.

– Lo que has dicho no está bien -señaló Fish.

– La última vez, muchachos, me llamasteis lesbiana -les recordó. Todos se encogieron de hombros-. Jugadores de hockey… -dijo y recorrió la distancia que la separaba de la zona de dardos. Rozó el brazo de Luc con el hombro y sintió el contacto en todo su cuerpo. Amplió la distancia entre ellos.

– ¿Qué estás haciendo aquí con él? -preguntó Luc cuando se detuvieron en la línea.

– ¿Con quién?

– Con Darby.

– Hemos cenado juntos.

– ¿Te estás acostando con él?

De no haberse sentido tan contrariada, Jane se habría echado a reír.

– No es asunto tuyo.

– ¿Y qué hay del periodista de Detroit?

No había ningún periodista de Detroit, pero no iba a decírselo.

– ¿Qué pasa con él?

– ¿Te estás acostando con él?

– Creí que no te interesaba con quién me acostaba o en qué posturas prefería hacerlo.

Él la miró fijamente, después dijo entre dientes:

– Empieza a tirar de una maldita vez.

Jane alzó la vista para mirarlo a los ojos, que parecían lanzar llamas azules, como cuando un contrario pretendía meterle un gol. Era evidente que estaba enfadado con ella, desquiciado.

– Apártate -le dijo cuando se preparó para lanzar el primer dardo-. Te voy a dar una paliza. -El primer lanzamiento consiguió un doble y acabó anotando ochenta puntos en total.

Luc anotó cuarenta y le entregó los dardos con brusquedad.

– La luz aquí es una mierda.

– No. -Ella sonrió y, con gran placer, añadió-: Capullo.

Él entornó los ojos. Las consecuencias de semanas de rabia y dolor afloraron sin que ninguno de los dos pudiera ni quisiera evitarlo.

– Peor aún… -añadió Jane-. Eres un quejica.

Los compañeros de Luc soltaron un silbido.

– Lucky se va a comer viva a Tiburoncito -dijo Sutter desde un costado.

Por acuerdo tácito, ambos fueron a sus respectivos rincones. Jane lanzó para anotar sesenta y cinco. Luc anotó treinta y cuatro.

– Refréscame la memoria. ¿Por qué te llaman Lucky, el afortunado? -preguntó Jane, mordaz, mientras iba en busca de los dardos.

Él los arrancó de la diana lentamente, al tiempo que aparecía en su boca una sonrisa licenciosa. Una sonrisa que le hizo saber a Jane que estaba recordándola de rodillas besando su tatuaje..

– Estoy seguro de que, si te esfuerzas, obtendrás la respuesta por ti misma.