– No. -Jane negó con la cabeza-. Hay cosas que no merece la pena recordarlas.
Tendió la mano y él depositó los dardos en su palma.
En lugar de ir donde estaban sus compañeros, Luc se quedó junto al ella y le dijo:
– Podría hacértelo recordar.
– No, gracias -dijo ella. A continuación obtuvo un triple ocho y un triple veinte-. Una vez fue suficiente.
– ¿Ah sí? -dijo él-. Entonces, ¿por qué lo hicimos tres veces?
– ¿Qué problema tienes? -Lo miró por encima del hombro-. ¿Tu ego necesita un poco de estímulo esta noche?
– Sí. Entre otras cosas.
Luc había decidido hablar con ella, seguro de que caería rendida a sus pies y volvería a besar su tatuaje. Fue un error de cálculo.
– No me interesa. Búscate a otra.
– No quiero a nadie más. -Sus palabras parecieron una tierna caricia cuando añadió-: Te quiero a ti, Jane.
La rabia desapareció, dando paso a un profundo dolor. Jane sintió un nudo en el estómago y que le daba un vuelco el corazón. Antes de echarse a llorar como una niña, le entregó los dardos.
– Mala suerte -dijo antes de volverse sobre sus talones y salir del bar.
Llegó a su habitación en el piso veintiuno antes de que se le emborronase la visión. No quería llorar delante de Luc Martineau, se dijo mientras se enjugaba los ojos con un pañuelo de papel. Diez minutos después de llegar a su habitación, él llamó a su puerta con fuerza. Temiendo que el estruendo alertara a los de seguridad, le dejó entrar.
– ¿Qué quieres, Luc? -preguntó con los brazos cruzados, marcando las distancias.
Él entró en la habitación y la obligó a retroceder unos cuantos pasos.
– A ti -respondió mientras cerraba la puerta a sus espaldas.
– No me interesa.
Luc se acercó tanto a ella que los antebrazos de Jane le rozaron el pecho. Estaba invadiendo su espacio de manera deliberada, y ella siguió reculando hacia el otro lado de la habitación, lejos del perfume de su colonia.
– Me dijiste que no pensabas en mí como si fuese una más, pero así es como haces que me sienta.
– Lo lamento. -Luc bajó la vista-. No quería que te sintieses así.
– Ya es demasiado tarde. No puedes irte a la cama conmigo y después darme de lado, como si no fuese nadie.
– Nunca he pensado que no fueses nadie. -Volvió a mirarla de frente con sus profundos ojos azules-. No he dejado de pensar en ti ni un instante, Jane.
– ¿Cuándo? ¿Mientras estabas con otras mujeres?
– No he estado con nadie desde que estuve contigo.
Jane se sentía aliviada, pero al mismo tiempo furiosa.
– ¿Pensabas en mí mientras intentabas ignorarme?
– Sí.
– ¿Y cuando me rehuías?
– En todas esas ocasiones y en todos los momentos intermedios.
– Sí, claro.
– He estado pensando en ti, Jane, te lo juro. -Avanzó hacia ella hasta detenerse a pocos centímetros de su cuerpo-. Todo el tiempo.
Semanas atrás le había dicho exactamente lo mismo, y le había creído. Pero esta vez no.
– Ya me conozco esa historia, y no te creo -replicó ella, pero algo en lo profundo de su ser quería creerle. Mala señal. Dio un paso atrás y chocó contra el borde de la cama.
– Es verdad. Dormido o despierto, no puedo sacarte de mi cabeza. -La cogió por los hombros y la obligó a tumbarse en la cama-. Eres una complicación innecesaria para mí. -Colocó las manos a ambos lados de la cabeza de Jane y la rodilla entre sus muslos-. Pero eres la complicación que quiero, que voy a asumir.
Jane apoyó sus manos sobre el pecho de Luc para detenerlo. A través del algodón de su camisa sintió el calor que desprendía su pecho.
– No creo que sepas lo que quieres.
– Sí lo sé. Te quiero a ti, y estar contigo es un millón de veces mejor que estar sin ti. No voy a luchar más contra eso. -La besó entre las cejas-. No voy a luchar contra lo que siento por ti. Es una batalla perdida, y no voy a librarla.
Aquellas palabras hicieron que la rabia que Jane sentía se desvaneciese, pero el miedo seguía oprimiendo su corazón.
– ¿Qué es lo que sientes? -preguntó, aunque no estaba completamente segura de querer conocer la respuesta.
Luc le rozó la frente con los labios.
– Siento como si me hubieses golpeado entre los ojos con un stick.
No había dicho que estuviese enamorado de ella, pero lo de sentirse golpeado por un stick en la cabeza sonaba bastante bien. En lugar de apartarlo de su lado, le acarició el pecho con las manos.
– ¿Y eso es bueno?
– No lo parece. Has convertido mi vida en un caos.
Le gustó oír eso, porque ella también se sentía sumida en el caos. Intentó mantenerse en el recuerdo del dolor, pero lo que hizo fue sacarle la camisa de los pantalones. Lo miró a los ojos y después contempló su boca.
– ¿Cómo te hiciste esa cicatriz en el mentón? -le preguntó.
– Me caí de la bicicleta cuando tenía unos diez años.
– ¿Y la de la mejilla? -Ella deslizó las manos bajo su camisa y le tocó los marcados músculos y la carne prieta.
– Una pelea en un bar, cuando tenía veintitrés años -respondió él en voz muy baja-. ¿Alguna otra pregunta antes de que te desnude?
– ¿Te dolió cuando te hicieron el tatuaje?
– No lo recuerdo. -Se inclinó sobre ella y la besó-. Estaba bastante perdido por aquel entonces.
Silenció cualquier otra pregunta con un beso que fue haciéndose más y más profundo. El beso fue suave, cariñoso, pero Jane no estaba de humor para suavidad y cariño. Le hizo rodar sobre la cama y se colocó encima de él, como si se tratase de una montaña que ya había conquistado pero que estaba dispuesta a explorar otra vez. El beso se hizo más apasionado a medida que le desabotonaba la camisa. Con las manos bajo la cabeza, Luc observó a Jane desde abajo mientras ella recorría su cuerpo con las manos y la boca. Al llegar a sus hombros, él le apartó el pelo de la cara y la atrajo de nuevo hacia sí para besarla. Entonces fue él quien la hizo rodar hasta dejarla boca arriba y la desnudó mientras la besaba: los hombros, el cuello, los pechos. Yacieron abrazados, y cuando ya no pudieron resistirlo más ella desenrolló un preservativo en su erecto miembro y de nuevo se colocó a horcajadas sobre él. Cuando Jane descendió para encajarse en él, Luc alzó las caderas para adentrarse hasta lo más profundo de su interior.
– Jane -susurró-, no te muevas.
Ella apretó los músculos alrededor de Luc, de cuyo pecho brotó un gemido. Luc cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos, la lujuria brillaba en los ojos de Jane. Él deslizó una mano por su nuca y con la otra la cogió por la cadera mientras la besaba en los labios con dulzura. Su lengua apenas rozó la de Jane. Recorrió su espalda con una mano y volvió a bajarla hasta la cadera, acariciándola, encendiendo un poderoso fuego en su interior. Jane apartó su boca al tiempo que Luc aceleraba el ritmo de sus movimientos. En sus ojos azules se reflejaba la pasión. Susurró su nombre como si de una suave caricia se tratase. La ardiente tensión de su interior hizo que Jane apretase con fuerza hasta llegar al clímax en un arrebato incontrolable de placer.
Su orgasmo excitó aún más a Luc, que clavó los dedos en las caderas de Jane mientras entraba y salía de ella sin parar, cada vez con mayor intensidad hasta llegar al orgasmo.
Jane se desplomó encima de Luc, y él la abrazó con fuerza, respirando de forma entrecortada. La apretó contra su pecho sudoroso como si quisiese retenerla ahí.
– Dios mío -susurró al oído de Jane respirando con dificultad-. Ha sido mejor que la última vez. ¡Y la última vez fue de sobresaliente!
Ella asintió con la cabeza; estaba demasiado arrobada para hablar. Había pasado algo. Algo diferente. Algo mejor. Algo que iba más allá del placer físico. Algo que no podía describir.
– Jane.
– ¿Sí?
– Nada. Sólo quería asegurarme que seguías viva.