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Hablaron de Marie, que parecía haber hecho amistades y haberse adaptado un poco más a vivir en Seattle con un hermano al que hasta hacía unos meses apenas conocía. Hablaron del internado, y que él aún no había tomado una decisión al respecto. Y hablaron de sus respectivas infancias y, para su sorpresa, Jane se enteró de que Luc no había sido rico y famoso toda la vida.

– Conducía una camioneta oxidada -dijo-. Ahorré durante un año para comprarme un equipo de música y unos faldones para el guardabarros en los que salía fotografiada una chica de Playboy. Creí que era alguien. Por desgracia, era el único en creerlo.

– No puedo creer que no fueras un ligón en el instituto.

– Le dedicaba demasiado tiempo al hockey como para ligar. Bueno, algún rosco me comí. Pero probablemente tú tuviste más citas que yo.

Ella se echó a reír.

– Mi peinado era un desastre, por no hablar de mi ropa, y conducía un Mercury Bobcat con un alambre a modo de antena.

Él la apretó contra su fuerte pecho.

– Yo habría salido contigo.

Ella lo dudaba.

– No lo creo. Yo no habría salido con un perdedor aficionado a los adornos de Playboy.

Comieron algo en el Salish Lodge, que se había hecho famoso gracias a la serie de televisión Twin Peaks. Bajo la mesa, él la cogió de la mano mientras le susurraba cosas inapropiadas para ver cómo se le enrojecían las mejillas. De vuelta a casa, Jane le abrazó por debajo de la chaqueta de cuero, cruzando los dedos sobre su vientre. A través de la camisa pudo sentir sus músculos, y a través de los Levi's sintió su poderosa erección.

Cuando llegaron al apartamento de Jane, él la ayudó a bajar de la moto y casi la arrastró hasta la puerta de entrada. Luc arrojó su casco y su cazadora sobre el sofá.

– Te vas a arrepentir de haber estado calentándome la última media hora.

Ella abrió mucho los ojos al tiempo que se quitaba el chaquetón y lo lanzaba junto a la cazadora de Luc.

– ¿Qué vas a hacer? ¿Prepararme la cena?

– Ya hemos cenado. Lo que voy a hacer es darte algo mejor que comida.

Ella rió.

– ¿Qué puede ser mejor que una hamburguesa de Salish?

– El postre.

– Lo siento, no tomo postre. Engorda.

– Bueno, pues hoy harás una excepción. -Luc tomó la cara de Jane entre sus manos-. Voy a ser la guinda de tu pastel.

Y lo fue. Varias veces, además. Dos noches después, la invitó a su apartamento para comer con Marie. Mientras él preparaba el salmón, Jane ayudó a su hermana con los deberes de inglés. A lo largo de la tarde, sólo se produjo un momento de tensión cuando Luc obligó a Marie a beber leche.

– Tengo dieciséis años -argumentó la chica-. No necesito beber leche.

– ¿Quieres quedarte bajita y canija? -le preguntó él.

Marie entornó los ojos.

– No soy bajita ni canija.

– Ahora no, pero piensa en tía Louise.

Evidentemente, la tía Louise debía de ser poco menos que un monumento a la osteoporosis, porque sin añadir nada en su defensa, Marie se bebió el vaso de leche. Luc centró entonces su atención en Jane. Observó su vaso de leche.

– Yo ya soy bajita y canija -dijo ella.

– Aunque seas bajita, aún puedes perder altura. -Una hermosa sonrisa iluminó el rostro de Luc, que cogió su vaso de leche y se lo bebió.

La noche antes a que partieran para una gira de diez días, Luc fue a su apartamento. Cuando llamó a la puerta, ella estaba escribiendo la última entrega de «Bomboncito de Miel» y no le estaba saliendo demasiado bien. En gran medida porque no dejaba de pensar en Luc y le resultaba muy difícil no incluirlo en la historia. Cerró su ordenador portátil y le dejó entrar.

Una fuerte lluvia había mojado su pelo y los hombros de su cazadora. Rebuscó en el bolsillo y sacó una cajita blanca del tamaño de la mano del Jane.

– He visto esto y he pensado en ti -dijo.

Ella no tenía ni idea de qué podía tratarse. No estaba acostumbrada a recibir regalos de los hombres, excepto lencería barata. Siempre había creído, además, que esa clase de obsequios estaban más pensados para el que los hacía que para quien los recibía.

Dentro de la caja, envuelta en fino papel blanco, había un pequeño tiburón de cristal. Ni ropa interior comestible ni bragas abiertas por delante; era el regalo más atento que jamás le había hecho un hombre. Y la conmovió más de lo que él llegaría nunca a saber.

– Me encanta -dijo tendiéndolo hacia la luz.

Un arco iris de colores apareció sobre la cazadora de Luc y el hueco de su garganta.

– No es gran cosa.

Estaba equivocado. Muy equivocado. Jane cerró la mano alrededor de los retazos de luz, pero no pudo abarcar el amor que sentía en esos momentos en el centro de su alma. Cuando le vio bajarse la cremallera de la cazadora y arrojar ésta sobre el sofá supo que tenía que contarle lo de «Bomboncito de Miel». Debía advertirle y después hacer el amor con él. Pero si se lo decía, corría el riesgo de perderlo, esa misma noche.

No podía decírselo. En caso de hacerlo, él probablemente pusiera fin a su relación, y por otro lado no podía permitir que nadie dispusiese de semejante información. Así que guardó silencio. Se lo quedó dentro, donde haría que siguiera remordiéndole la conciencia, mientras intentaba convencerse de que, quizás, a él no le parecería mal la historia.

No había vuelto a leerla desde que la envió. Tal vez no fuese tan obvia como ella la recordaba. Echó los brazos al cuello a Luc. Quería decirle que lo lamentaba y que le amaba.

– Gracias -dijo-. Me encanta.

Tras esas palabras, lo llevó al dormitorio y le pidió disculpas del único modo que pudo.

Cuando llegó por fin la primera semana de marzo y Luc seguía sin saber nada de «Bomboncito de Miel», empezó a relajarse. En Los Angeles, le dijo que no podían hacer el amor porque tenía la regla y no se encontraba muy bien. Él llegó a su habitación después del entrenamiento, llevando consigo una cubitera con hielo en una mano, y una esterilla eléctrica y un paquete de M &M's rellenos de cacahuete en la otra.

– El entrenador me ha dicho que te diese esto -dijo entregándole la esterilla eléctrica-. Y te he comprado los dulces que te gustan.

La noche que la pilló con el pijama de vaquitas estaba comprando M &M's con cacahuetes. Se había acordado. Ella se echó a llorar.

– ¿Qué demonios te pasa? -le preguntó Luc mientras volcaba el hielo sobre una toalla.

– Estoy un poco sensible y llorona -respondió ella, pero se debía a otra cosa mucho más importante.

Se sentaron juntos apoyados en la cabecera de la cama, y él colocó una almohada bajo su rodilla izquierda y puso encima de ésta el hielo.

– Te molesta la rodilla -dijo Jane, como tantas veces.

Se había tomado varios Advils.

– Sólo la izquierda, en esta ocasión. Y sólo un poquito.

Sin duda era algo más que un poquito, pues se había llevado el hielo consigo. Durante la entrevista en su piso le había dicho que su vieja lesión no le molestaba. Pero en aquel momento confiaba en Jane lo suficiente para permitirle comprobar lo que había estado preguntándole desde que se conocieron. Sus rodillas le molestaban a veces. Ella se sentó a su lado y le cogió la mano.

– ¿Qué sucede? -preguntó.

– Nada -contestó Jane.

– Conozco esa mirada, y sé que ocurre algo.

Ella intentó esbozar una sonrisa, pero no lo consiguió.

– ¿Sabe alguien más que te molesta la rodilla?

– No. -La mirada de Luc se posó en la boca de Jane y después ascendió hasta sus ojos-. No se lo vas a decir a nadie, ¿verdad?

Ella apoyó la mejilla en su hombro.

– Tu secreto está a salvo conmigo, Luc. Nunca se lo diré a nadie.

– Lo sé, o no estaría aquí. -Le dio un beso en los labios, y ella se apretó contra él.