Tal vez su relación pudiese funcionar. Él confiaba en ella, y a pesar de que eso la hacía sentir un poco culpable, también le daba esperanzas por primera vez desde que habían empezado a estar juntos. Quizá no tuviese por qué acabar. Quizá Ken no siempre escogiera a una Barbie. Quizás al final, la escogiese a ella.
Luc se metió en la boca la última galleta salada y se retrepó en la silla. Al otro lado de la mesa, Asesino estaba dando cuenta de un plato de alitas de pollo. Luc apartó la mirada del capitán y la dirigió hacia la entrada del bar del hotel.
Fuera, el sol de Phoenix lucía en mitad del cielo y la temperatura alcanzaba los treinta grados. Algunos de los muchachos estaban solos, otros formaban grupos, y Jane se encontraba en su habitación escribiendo la columna «Soltera en la ciudad». Le había dicho que se encontrarían en el bar cuando acabase. De eso hacía una hora, y él empezaba a sentirse tentado de ir a su habitación. Pero no lo hizo, porque no creía que a ella le gustase la idea, y aunque estaba impaciente, respetaba su trabajo.
– ¿Os habéis enterado de que han suspendido a Kovalchuck? -preguntó Asesino mientras se limpiaba los dedos con la servilleta.
– ¿Cuánto le ha caído?
– Cinco partidos.
– Menudo varapalo -dijo Fish, que estaba sentado junto al capitán del equipo-. Aunque he visto sanciones peores.
Daniel Holstrom y Grizzel se unieron a ellos, y la conversación se centró en las peores sanciones de la NHL, lista encabezada por el jugador de los Chinooks Rob Sutter. Manchester y Lynch acercaron sus sillas a la mesa y se empezó a hablar acerca de quién ganaría en una hipotética pelea entre Bruce Lee y Jackie Chan. Luc apostaba por Bruce Lee, pero tenía otras cosas en la cabeza y no entró en el debate. Volvió otra vez la mirada hacia la puerta del bar.
El único momento en que no pensaba en Jane era cuando estaba entre los tres palos. De algún modo, al meterse en la cama con ella, ella se le metió en la cabeza. A veces sentía que Jane ocupaba todo su cuerpo, y le sorprendía que le gustase la sensación.
No podía asegurar que estuviese enamorado de ella, que experimentase a su lado el amor eterno, en un motivo de paz, en la clase de amor que su madre nunca había encontrado y que su padre jamás había buscado. Sólo sabía que quería estar con ella, y que cuando no estaban juntos no podía sacársela de la cabeza. Confiaba en Jane lo suficiente para haberla dejado entrar en su vida y en la de su hermana. Deseaba con todas sus fuerzas que ella no traicionase su confianza.
Le gustaba observarla, hablar con ella y estar con ella. Le gustaban los vaivenes de su mente, y le gustaba el hecho de que podía ser él mismo a su lado. Le gustaba su sentido del humor y le gustaba hacer el amor con ella. No, adoraba hacer el amor con ella. Le encantaba besarla, tocarla y estar dentro de ella, mirando su cara arrebolada. Cuando estaba en su interior, no dejaba de imaginar posibles maneras de volver a entrar. Era la única mujer con la que había sentido algo así.
Le encantaba oír sus gemidos, y le encantaba el modo en que ella lo tocaba. Le encantaba cuando ella se hacía con el control de la situación y él estaba a su servicio. Jane sabía qué hacer con sus manos y su boca, y le encantaba cómo lo hacía.
Pero ¿la amaba? Tal vez, y le sorprendió el que ello no le asustase.
– ¿Luc?
Apartó la mirada de la entrada y la dirigió a sus compañeros de equipo. La mayoría de ellos estaban detrás de Stromster, mirando la revista abierta que había sobre la mesa.
– ¿Qué pasa?
Daniel alzó el ejemplar de Him. Estaba estudiando inglés otra vez…
– ¿Has visto esto? -le preguntó Grizzell.
– No.
Daniel le pasó la revista, abierta por la sección «educativa» favorita del sueco.
– Lee -dijo.
Se concentró en la lectura.
LA VIDA DE BOMBONCITO DE MIEL
Uno de mis lugares favoritos en el mundo es el mirador del Space Needle de Seattle, cuando ya es de noche. Y cualquiera que me conozca sabe que me gusta de verdad. Acababa de cenar en el restaurante que hay debajo del mirador, dejando a mi cita de esa noche, un auténtico pusilánime, sentado en la mesa esperando a que regresara del lavabo. Llevaba mi pequeño vestido rojo sin espalda ni mangas, con el broche dorado en la nuca y la fina cadena de oro colgando en la mitad de mi espalda. Llevaba los zapatos de tacón de ocho centímetros, y me apetecía algo más que pez espada del Pacífico. Mi compañero era guapo, como todos los hombres. Pero no le gustaba juguetear por debajo de la mesa, así que estaba empezando a aburrirme. Todo un peligro para los hombres de Seattle.
Luc dejó de leer y miró hacia la puerta justo en el momento en que entraban dos mujeres. No necesitó más que una rápida mirada para saber que se trataba de un par de busconas. Hizo caso omiso de ellas y reanudó la lectura.
La puerta del ascensor que estaba a mi izquierda se abrió, y un hombre vestido con un esmoquin negro salió de él. Recorrí con la mirada los cuatro botones de su chaqueta hasta llegar a sus ojos azules. Su mirada se posó en mis pechos perfectos, apenas cubiertos por el vestido rojo. Esbozó una sonrisa de aprobación y, de repente, mi velada se hizo mucho más interesante.
Lo reconocí de inmediato. Jugaba a hockey. Era un portero de rápidas manos, célebre por su mente lasciva. Me gustaba aquel hombre. Un millón de mujeres en todo el país fantaseaban con él. Yo también, en un par de ocasiones.
– Hola -dijo-. Bonita noche para mirar las estrellas.
– Mirar es una de mis actividades favoritas. -Su nombre era Lucky, que yo encontré apropiado, si podía fiarme de su sonrisa, porque me pareció que acababa de tener un golpe de suerte.
Luc se detuvo y miró a sus compañeros.
– Cristo bendito -dijo-. No puedo ser yo. -Pero tenía el mal presentimiento de que sí lo era.
Me incliné hacia delante. La parte de atrás de mi vestido se alzó mostrando mis largas y torneadas piernas, tan cercanas a la idea del paraíso. Le miré de reojo y sonreí. Su mirada se había clavado en mi escote, e intenté sentirme culpable por lo que iba a hacer con él. Pero la culpa y yo dejamos de relacionarnos hace ya unos veinte años, y todo lo que sentía era el palpitar que crecía en mi pecho y entre mis piernas.
– ¿Y a ti? ¿Te gusta mirar?
– Soy más bien de los que actúan. -Se acercó a mí y me apartó un mechón de la cara-. Me parece más interesante.
– Me gustan los tipos activos. De hecho me gusta hacerlo en un montón de posturas diferentes. -Lamí mis rojos labios-. ¿Te interesa?
Sus ojos azules tenían un brillo ensoñador cuando posó su mano en mi espalda y me acarició con los dedos, haciendo que mi piel ardiese.
– ¿Cómo te llamas?
– Bomboncito de Miel.
– Me gusta -dijo mientras se colocaba detrás de mí. Deslizó las manos por mi vientre y me susurró al oído-: ¿Te gustan las experiencias diferentes, Bomboncito de Miel?
Me eché hacia atrás y presioné mi trasero contra lo que parecía un buen stick de veinte centímetros. Con sus talentosas manos me acarició los pechos a través de la tela del vestido y consiguió que me excitara.
Cerré los ojos y arqueé la espalda. Él no lo sabía, pero estaba perdido.
– El último hombre con el que estuve no logró recuperarse. De eso hacía un par de días, y Lou seguía en coma después de dejarlo tirado en el ascensor de servicio del Four Seasons.
– ¿Qué le hiciste?
– Le saqué todo el jugo del cuerpo…
Mis pezones se endurecieron contra las cálidas palmas de sus manos, y me puse como una moto. Nadie iba a impedir que hiciera lo que iba a hacer con aquel grandullón jugador de hockey y su poderoso stick.
– Me estás volviendo loco con esos labios rojos y tu pequeño vestido. -Me mordió en el cuello, y susurró en mi oído-: ¿Tienes frío o estás excitada?