– ¿Qué demonios es esto? -dijo Luc, perplejo.
Estaba verdaderamente cachonda.
– Haces que me den ganas de chuparte, más que de besarte.
– ¿El qué? -le pregunté cogiendo su mano y llevándola a mi entrepierna-. ¿Esto?
Hice que me acariciara por encima del vestido y de mi tanga rojo de encaje.
Conmocionado, Luc dejó la revista y se echó hacia atrás en la silla. Sintió como si un disco hubiese impactado contra su cabeza a toda velocidad. No podía creer lo que acababa de leer. Era completamente imposible. Estaba imaginando cosas que, en realidad, no existían.
– ¿Conoces a Bomboncito de Miel? -preguntó Bressler.
– No -respondió Luc, pero había algo familiar en ella.
– Ahora eres famoso -bromeó el capitán del equipo-. Sigue leyendo. Bomboncito de Miel te ha dejado en estado de coma.
El resto de los chicos rieron, pero Luc no le veía la gracia al comentario. No, lo encontraba molesto.
– ¿Por qué te habrá elegido a ti? -quiso saber Fish-. Te habrá visto jugar y habrá querido echarle un vistazo de cerca a tu stick.
Luc sintió que la rabia crecía en su pecho, pero se contuvo y dijo:
– Puedo garantizaros que no ha visto nada.
La rabia sólo le haría sentir peor. Lo sabía por propia experiencia. Necesitaba aclarar sus pensamientos. Se sentía como si estuviese observando uno de esos puzzles que forman una enorme fotografía -una imagen su vida-, pero en el que todas las piezas estuviesen mezcladas. Si lograba ponerlas en orden, todo volvería a adquirir claridad.
– Creo que me gustaría que Bomboncito de Miel me dejara en estado de coma -dijo alguien
– No es real -comentó Lynch.
– Tiene que ser real -argumentó Scott Manchester-. Alguien escribe esas historias.
La conversación pasó rápidamente a centrarse en las conjeturas acerca de dónde podía haber visto Bomboncito de Miel a Luc. Todos coincidieron en que debía de vivir en Seattle, pero no se ponían de acuerdo respecto a su sexo. Se preguntaban si Bomboncito de Miel habría conocido ya a Luc, y si en realidad se trataría de un hombre. El consenso general dictaba que si no era un hombre, pensaba como si lo fuese.
A Luc le importaba bien poco si Bomboncito de Miel era en realidad un hombre o una mujer. Se había pasado los dos últimos años intentando librarse de esa clase de mierda, y ahí estaba de nuevo, avivando el fuego que él había tratado de extinguir. Sólo que en esta ocasión era peor que antes.
– Es una invención -dijo alguien. Pero a Luc no se lo parecía. Le resultaba tan familiar que se le erizó el vello de la nuca. El vestido rojo. La parte en que hablaba de los pezones erectos. Lo de tener frío o estar excitada. Las bragas rojas. La referencia al chupar más que besar.
Una de las piezas del puzzle se colocó en su lugar. Tenía que ser Jane. Alguien les había estado espiando, pero no parecía posible. «Haces, que me den ganas de chuparte, más que de besarte…» Luc recordaba haber pronunciado esas palabras, u otras muy parecidas, cuando tocó su suave piel. La noche que llevaba el vestido rojo, quería dejarle una marca, un chupetón. ¿Acaso les habían seguido? Movió unas cuantas piezas más del puzzle, pero seguía sin aparecer la imagen.
– Eh, chicos. ¿Qué estáis haciendo?
Luc alzó la vista de las páginas de la revista y se fijó en los ojos verdes de Jane. Tenía que decírselo. Iba a subirse por las paredes.
– Eh, Tiburoncito -dijeron los muchachos.
Jane vio a Luc y sonrió. Después reparó en la revista y su sonrisa se congeló.
– ¿Has oído hablar de «La vida de Bomboncito de Miel»? -le preguntó Sutter.
Jane fijó los ojos en Luc.
– Sí. He oído hablar.
– Bomboncito de Miel ha escrito sobre Luc.
Jane palideció.
– ¿Estáis seguros?
– Absolutamente.
– Lo siento, Luc.
Luc se puso en pie. Ella entendía qué significaba eso para él. Entendía lo que sus compañeros no podían entender. Una vez que se había escrito aquello acerca de él, citarían la historia de Bomboncito de Miel y la usarían como excusa para diseccionar su vida privada. Para escarbar en asuntos que ni les iban ni les venían. Caminó hasta ella y le miró a los ojos.
– ¿Te encuentras bien?
Ella asintió y después sacudió la cabeza.
Sin pensárselo siquiera, Luc la cogió del brazo y salieron del bar. Cruzaron el vestíbulo y subieron en el ascensor.
– Lo lamento, Luc -dijo casi en un susurro.
– No es culpa tuya, Jane.
Apretó el botón de la planta de Jane, después la miró. Ella se había situado en un rincón del ascensor. Tenía los ojos húmedos y, de repente parecían muy pequeños. Cuando llegaron a su habitación, las lágrimas rodaban por sus mejillas. Ni siquiera le había hablado de sus extrañas suposiciones y ella ya estaba llorando.
– Jane -dijo él en cuanto cerraron la puerta-, sé que esto te sonara muy raro… -Hizo una pausa para ordenar sus pensamientos-. En esa mierda de historia de Bomboncito de Miel, hay ciertas cosas que están demasiado cerca de la realidad para ser una coincidencia. Cosas que describen lo que tú y yo hicimos. No sé cómo puede saber tanto. Es como si alguien nos hubiese estado observando y hubiera tomado notas.
Ella se sentó en el borde de la cama y colocó las manos entre las rodillas. Permaneció callada y él continuó.
– Tu vestido rojo, por ejemplo. Describe tu vestido rojo con la cadena dorada en la espalda.
– Oh, Dios…
El se sentó junto a ella y le pasó un brazo por los hombros. Las cosas que sabía la persona que había escrito la historia le inquietaban. Jane también parecía contrariada, por lo que no entró en detalles ya que temía asustarla más de lo necesario.
– No puedo creer que haya vuelto a empezar. He tenido cuidado de mantenerme alejado de esa clase de basura. -Las ideas se acumulaban en su cerebro, pero no tenían sentido-. Estoy fuera de mis casillas. Paranoico. Tal vez contrate a un investigador privado para que llegue al fondo de todo esto.
Ella se puso de pie de un salto y fue hasta la silla que había junto a la ventana. Se mordió el labio inferior y miró un punto por encima de la cabeza de Luc.
– ¿No te sientes halagado? -preguntó.
– ¡Maldita sea, no! -respondió él-. Me siento como si me hubiesen estado espiando. A los dos.
– Si alguien nos hubiese seguido nos habríamos dado cuenta.
– Seguramente tienes razón, pero no sé cómo explicar lo de la revista. Sé que parece una locura. -Y lo cierto era que lo parecía, incluso para él-. Tal vez uno de los chicos… -Meneó la cabeza y prosiguió-: No quiero pensar que uno de los chicos tenga algo que ver con esto, pero ¿quién podría ser? -Se encogió de hombros-. Tal vez me he vuelto loco.
Jane lo miró largamente y finalmente dijo:
– Lo escribí yo.
– ¿El qué?
– Soy la autora de la serie «Bomboncito de Miel».
– ¿Cómo?
Jane respiró hondo y dijo:
– Yo soy Bomboncito de Miel.
– Vale.
– Lo soy -repitió ella entre lágrimas.
– ¿Por qué dices eso?
– ¡Maldita sea! No puedo creer que tenga que demostrártelo. Nunca he querido que lo supieses. -Jane se enjugó las mejillas y se cruzó de brazos-. ¿Quién más podría saber que tú me preguntaste si tenía frío o estaba excitada? Estábamos solos en el apartamento.
Y entonces, una a una, las piezas del puzzle fueron encajando. Las cosas que sólo él y Jane sabían. La nota enganchada en su agenda recordándole algo acerca de «Bomboncito de Miel»… Jane era Bomboncito de Miel. Pero no podía ser.
– No.
– Sí.
Luc se puso en pie y miró a Jane, al otro lado de la habitación. Observó sus rizos oscuros, que tanto le gustaba tocar, su suave y pálida piel y aquella boca rosada que adoraba besar. Esa mujer se parecía a Jane, pero si realmente era Bomboncito de Miel, no era la mujer que él creía conocer.