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Amaba todo lo que tenía que ver con Luc. Pero él no la amaba a ella. Sabía que todo acabaría. Tarde o temprano. La historia de Bomboncito de Miel sólo había acelerado lo inevitable. Aunque nunca la hubiese enviado, aunque nunca la hubiese escrito, la relación entre ella y Luc no habría funcionado, a pesar de sus esperanzas. Ken siempre acababa junto a Barbie. Mick tenía citas con supermodelos, y Brad se casaba con Jennifer. Así era la vida. Que hubiesen roto no era culpa suya. Él la habría dejado. Seguramente, lo mejor era que la hubiese dejado en aquel momento, se dijo, en lugar de permitir que pasasen unos cuantos meses, dándole tiempo a Jane de descubrir y confirmar que aún estaba más enamorada de él. El dolor habría sido mayor. Aunque no podía imaginar nada más doloroso. Sentía como si una parte de sí misma hubiese muerto.

Dejó el detergente en la encimera y miró hacia el otro extremo del piso, donde había dejado el maletín sobre la mesilla de café.

«En la mierda de historia de Bomboncito de Miel, hay ciertas cosas que están demasiado cerca de la realidad para ser una coincidencia», había dicho Luc.

Ella siempre había supuesto que él se reconocería en la historia, pero no había imaginado que la reconocería a ella. Fue hasta el sofá y se sentó. «Cosas que describen lo que tú y yo hicimos.» Sacó su ordenador portátil y lo puso en marcha. Abrió su carpeta «Bomboncito de miel» y pulsó el clic en el archivo Marzo. Hasta aquel momento se había negado a leerlo. Temía que fuese horrible y no halagador, no tan bueno como originalmente pensó que era. Mientras lo leía, le chocó lo obvio que era todo. Lo realmente sorprendente habría sido que no sospechase nada. Cuanto más leía, más se preguntaba si había dejado todas aquellas pistas a propósito. Parecía como si hubiese ido saltando de un lado a otro de las páginas agitando las manos y gritando: «Soy yo, Luc. Soy Jane. Yo he escrito esta historia.»

¿Había querido darle a entender que ella era la autora de esa historia? No. Por supuesto que no. Eso habría sido una estupidez. Habría significado que perjudicaba adrede su relación.

Apoyó la espalda en el sofá y miró hacia la repisa que había sobre la chimenea. La foto en que estaba con Caroline. El tiburón de cristal que Luc le había regalado. ¿Cuándo se había enamorado de él? ¿Fue en la noche del banquete? ¿La primera noche que le besó? ¿O el día que le regaló el libro de hockey atado con una cinta rosa? Quizá fue enamorándose un poco de él en cada una de esas ocasiones.

Se dijo que el tiempo no tenía más importancia que la gran pregunta. ¿Qué era lo que siempre decía Caroline acerca de la verdad? ¿No le había dicho que iniciaba las relaciones con un pie en la puerta? ¿Con un ojo fijo en el cartel de la salida? ¿Había escrito aquella historia con tantas referencias obvias para acabar con la relación antes de estar demasiado enamorada de Luc? En caso de ser así, la había escrito demasiado tarde. Se había enamorado con más fuerza y profundidad que nunca antes. Ni siquiera podría haber imaginado que fuera posible llegar a enamorarse así.

Sonó el timbre de la puerta y ella se puso de pie. Eran las dos de la mañana, y no podía imaginar quién estaría al otro lado de la puerta. El corazón le dio un brinco, a pesar de decirse que no podía ser Luc; no habría recorrido el país de una punta a la otra como Dustin Hoffman en «El graduado».

Era Caroline.

– He telefoneado a todos los hospitales -le dijo su amiga mientras abrazaba con fuerza a Jane-. Nadie me ha querido informar.

– ¿De qué? -Jane se liberó de los brazos de Caroline y dio un paso atrás.

– Tu padre. -Caroline miró a Jane a los ojos-. El ataque cardiaco.

Jane meneó la cabeza.

– Mi padre no ha sufrido ningún ataque -dijo.

– ¡Darby me ha llamado para decírmelo!

Oh, no.

– Eso es lo que he explicado en el periódico, pero sólo quería venir a casa y necesitaba una buena excusa.

– ¿El señor Alcott no se está muriendo?

– NO.

– Me alegra oírlo, te lo aseguro. -Caroline se dejó caer en el sofá-. Pero he encargado flores.

Jane se sentó a su lado.

– Lo siento. ¿Puedes cancelar el pedido?

– No lo sé. -Caroline se volvió hacia ella-. ¿Y por qué has tenido que mentir? ¿Por qué has vuelto a casa? ¿Por qué has estado llorando?

– ¿Has leído la historia de Bomboncito de Miel de este mes?

Caroline solía leer todo lo que Jane escribía.

– Por supuesto.

– Era Luc.

– Lo imaginaba. ¿No se sintió halagado?

– Para nada -respondió Jane, y entonces le explicó por qué.

Sin dejar de llorar, le contó todo a su amiga. Cuando acabó, Caroline frunció el entrecejo.

– Ya sabes lo que voy a decir.

Sí, Jane lo sabía. Y una vez pensó que su amiga tenía razón. Jane siempre había sido la inteligente. Caroline la guapa. Esa noche, Caroline era la guapa y la inteligente.

– ¿Puedes arreglarlo? -preguntó Caroline.

Jane recordó la mirada de Luc cuando le dijo que se apartase de él y de Marie. Lo había dejado bien claro.

– No. No querrá escucharme. -Se recostó en el sofá y miró hacia el techo-. Los hombres son unos capullos. -Sacudió la cabeza y miró a su amiga-. Hagamos un pacto para pasar de ellos por un tiempo.

Caroline se mordió el labio inferior.

– No puedo -dijo-. Estoy saliendo con Darby, más o menos.

Jane se incorporó.

– ¿En serio? No sabía que la cosa fuese en serio.

– Bueno, él no es el tipo de hombre que suele interesarme. Pero es amable y me agrada. Me gusta hablar con él y también el modo en que me mira. Y bueno, la cuestión es que me necesita.

Sí, la necesitaba. Jane había imaginado que Darby probablemente abrumaría a Caroline con una vida de necesidad.

A la mañana siguiente, Jane recibió un ramo de flores de la organización de los Chinooks expresando sus condolencias. A mediodía, llegaron las flores del Times y, por su parte, Darby envió otro ramo. A las tres, llegaron las que Caroline había encargado. Todos los ramos eran preciosos y la hicieron sentir culpable. Le prometió a Dios que si hacía que dejasen de llegar ramos de flores nunca volvería a mentir.

Por la noche, vio por la televisión el partido de los Chinooks contra los Coyotes. A través de su protector facial, los ojos azules de Luc la miraron con tanta dureza y frialdad como el hielo sobre el que estaban jugando. Cuando jugaban cerca de su portería, podía apreciarse la apretada línea que formaban sus labios.

Miró a la cámara y ésta captó toda la rabia que había en su mirada. No parecía concentrado. Su vida personal lo estaba afectando en el juego, y si Jane había abrigado alguna esperanza respecto a arreglar su relación, la esperanza murió en ese instante.

Todo se había acabado.

Luc cometió tres faltas movido por la rabia que sentía.

– ¿Qué te pasa, Martineau? -le preguntó uno de los jugadores del equipo contrario tras la primera falta-. ¿Tienes la regla?

– Que te den por el culo -le respondió, trabándole los patines con el stick y haciéndolo caer.

– Eres un gilipollas, Martineau -dijo el tipo mientras lo miraba desde el suelo. Se montó una tángana y enviaron a Bruce Fish al banquillo de castigo en lugar de Luc.

Luc agarró la botella de agua y se mojó la cara. Mark Bressler se le acercó.

– ¿Tienes problemas para contener tu rabia? -le preguntó el capitán.

– ¿Tú qué coño crees? -El agua corrió por su cara y por el protector facial. Jane no estaba en la cabina de prensa. Ni siquiera estaba en el mismo estadio, pero no conseguía sacársela de la cabeza.