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De día, el estacionamiento parecía otro lugar. Había gente yendo de los autos a los negocios y viceversa. Al igual que el café, el estacionamiento estaba lleno de trabajadores, la mayoría en jeans, algunos en traje. Cargaban bolsas con la cena de la noche o leche o pan comprado de camino a casa. Nadie nos prestó atención cuando pasamos rumbo a un lugar cerca de la verja posterior. El lugar estaba vacío, quedaba demasiado lejos del negocio como para que lo usaran, salvo en los días en que había más clientes.

Me quedé del lado derecho, donde había estado la puerta del acompañante del Explorer. Cerré los ojos e inhalé. El olor de Logan me inundó el cerebro. Sentí que se me aflojaban las rodillas. Clay me tomó del codo. Me afirmé, luego volví a aspirar, tratando de bloquear el olor de Logan. No funcionó. Su rastro desplazaba todos los olores menos familiares. Con los ojos cerrados podía imaginármelo parado delante de mí, lo suficientemente cerca para tocarlo. Abrí los ojos. La luz del día hizo retroceder la fantasía hacia las sombras de mi mente.

– Yo… -traté de hablar-. Tengo problemas.

– Está aquí -dijo Clay-. Muy leve, pero registro algo. Espera un segundo y veré si puedo pescarlo.

Fue a la izquierda, se detuvo, sacudió la cabeza, luego volvió y se dirigió en otra dirección. En su segunda ronda de los cuatro puntos cardinales, volvió a mí.

– Lo tengo -dijo. -El rastro viene del este, pero el callejero salió por aquí

No había nada en un rastro que pudiera decirle siquiera al mejor rastreador si alguien venía o se iba. Clay sabia porque el rastro de acercamiento también traería el olor de Logan, aunque no lo dijo.

– Ven aquí e inténtalo -dijo.

Al alejarme del lugar comencé a tranquilizarme. Clay estaba parado cerca de una minivan. Fui junto a él y olfateé. Sí, aquí estaba el rastro. Un licántropo desconocido. El rastro me condujo a través del estacionamiento, alejándome del almacén hacia el negocio de artículos de caza y ferretería. De allí iba al Oeste por la vereda, luego volvía hacia la calle principal, donde lo seguimos hasta el centro. Si eso suena increíblemente rápido y fácil, no fue así. Caminando directo del punto A al B, hubiéramos tardado quince minutos. Pero nos llevó más de una hora, perdíamos a cada momento el rastro, retrocedíamos para descubrir dónde había doblado el callejero y vuelta a empezar. Una o dos veces perdí el rastro por completo. El rastreo como humana hacía el asunto aún más difícil, no sólo porque tenía menos olfato, sino porque no pedía poner la nariz contra el suelo para oler. Bueno, podía, pero la sociedad educada por lo general rechaza tales acciones y normalmente conducen a una visita al psiquiatra más cercano. Alguien que olfatea o anda en círculos ya provoca sorpresa. Así que debía ser discreta. Aunque pudiera convencer a Clay de esperar hasta medianoche, no podríamos Cambiarnos a lobos. Después de todo lo que había sucedido en Bear Valley, eso no sería un riesgo, sería suicida.

El centro de Bear Valley cerraba a las cinco, permitiéndoles a los empleados llegar a sus casas a tiempo para cenar e ignorando el hecho de que todos trabajaban hasta las cinco y necesitaban ir de compras después. Semejante descuido pedía ser la explicación de la cantidad de locales vacíos en el centro, lo que afectaba a un negocio, luego al siguiente y al siguiente, hasta que la cuadra entera se veía como un aviso gigante de la Inmobiliaria de Bear Valley. Para cuando llegamos allí, ya eran más de las siete y hasta el más dedicado de los clientes se había ido. Las calles estaban vacías. Todo el pueblo parecía haber cerrado. Pude disimular menos con el rastreo y avanzamos otros ochocientos metros en veinte minutos. El rastro llegaba a un Burger King que había sido separado de sus similares en el lado este del pueblo. Aparentemente el callejero se había detenido aquí para cargar combustible. Pasados otros veinte minutos de dar vueltas y avances y retrocesos volví a encontrar el rastro. Diez minutos más tarde estábamos parados en el estacionamiento del Big Bear Motor Lodge.

– Esto sí que no fue ninguna genialidad -murmuré mientras estudiábamos la colección de pick Up. y autos de cuatro puertas-. Hay dos hoteles. No era muy difícil encontrarlo.

– Tú fuiste la que insistió en que empezáramos por el estacionamiento del almacén.

– No te oí proponer otra cosa.

– Eso se llama instinto de supervivencia, cariño. Sé cuando cerrar la boca.

– ¿Desde cuándo…? -me detuve, advirtiendo la presencia de una mujer junto a su puerta que no intentaba ocultar que escuchaba nuestra conversación. Siempre es lindo saber que se puede ofrecer entretenimiento cuando se terminan los teleteatros de la tarde.

Di la vuelta a una pick up y miré el edificio de dos plantas.

– ¿Cuántos cuartos hay?

– Treinta y ocho – dijo Clay sin un segundo de dilación-. Diecinueve en cada piso. Una puerta principal abajo. En la planta alta una entrada principal y una de emergencia.

– Si fuera yo, me conseguiría un cuarto en la planta baja -dije-. Acceso directo. Más fácil entrar y salir a cualquier hora.

– Pero el segundo piso tiene balcones, cariño. Y una gran vista.

Miré al otro lado del camino, a un lote vacío tapado de yuyos, bloques de cemento derruidos y suficiente basura como para tener a un grupo de niños exploradores ocupados todo un día.

– Planta baja -Dije- Yo empiezo. Ve a esconderte.

– -Si. Ya jugamos este juego. Yo me oculto. Tú nunca buscas. Soy lento pero empiezo a ver tu juego.

– Ve.

Clay sonrió, me tomó de la cintura y me besó, luego se escapó antes de que pudiera castigarlo. Si bien era bueno ver que estaba de mejor ánimo, sería aún mejor que no fuera la perspectiva de un asesinato lo que le produjera tal cosa. Yo también estaba de mejor ánimo. En las últimas dos horas de rastreo había olvidado el resentimiento que había salido a la superficie en el café. Eso pedía ser señal de que le escapaba al asunto o una disminución de la capacidad mental, pero en realidad era una técnica de supervivencia. Si me concentraba en mi ira contra Clay cada segundo que me veía obligada a pasar con él, me habría convertido en una bruja amargada muchos años atrás. Algunos por supuesto podrían sostener que había cruzado esa puerta hacía mucho tiempo, pero ésa no es la cuestión.

Mientras Clay iba en busca de un lugar adecuado para esperar, yo miré para ver si podía encontrar algo que justificara mi presencia Cerca de un Impala oxidado vi una hoja de papel. Era un recibo por un nuevo autoestéreo, que esperé que no se hubiera incorporado al Impala, porque si era así, el dueño había gastado más en el sistema de audio que en el auto. Quité una hoja mojada de la boleta, la alisé, luego la doblé por la mitad y me dirigí a la vereda a la que daban los pisos de la planta principal. Empecé desde la salida de emergencia y lentamente fui por la vereda, haciendo de cuenta que estudiaba la boleta y permitiéndome detenerme en forma prolongada delante de cada puerta a olfatear. La mujer chismosa había vuelto a su cuarto. Dos personas salieron de una pieza cerca del fondo, pero ignoraron a la joven que tenía tal dificultad para encontrar el número del cuarto escrito en su papel. La gente considera que las rubias tienen menos capacidad mental.

Cuando llegué al final, encontré el rastro del licántropo, que se dirigía a la recepción. Aquí el olor era fuerte, lo que indicaba que había pasado varias veces por este lugar. Un cuarto de la planta alta al que sólo se podía acceder por esta entrada. Quizá le gustara ver el amanecer sobre un lote vacío. Atravesé la playa de estacionamiento. Clay salió de atrás del edificio antes de que pudiera buscarlo.